El Club de París
- Автор: Берри Стив
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El Club de París». Краткое содержание книги:
– Señorita Dodd -dijo Lyon-. ¿Y ahora qué?
– No puedo pensar con esa pistola apuntándome -le espetó Caroline-. Así no hay manera. No me gustan las pistolas. No me gusta usted. No me gusta estar aquí.
Lyon entrecerró sus embrutecidos ojos.
– Si le sirve de ayuda -dijo mientras guardaba el arma bajo el abrigo y le enseñaba las manos enfundadas en unos guantes-. ¿Mejor?
Caroline trató de recobrar la compostura.
– Va a matarnos de todos modos. ¿Por qué debería decirle algo?
La simpatía se esfumó del rostro de Lyon.
– Una vez que hayamos encontrado lo que hay aquí, tal vez cambie de parecer. Además, lord Ashby está vigilando todos mis movimientos, esperando a que cometa un error. Entonces comprobaremos si es un hombre de verdad.
Ashby se aferró a los últimos resquicios de valor que le quedaban.
– Puede que tenga la oportunidad de hacerlo.
Lyon esbozó una sonrisa divertida.
– Eso espero. Y ahora, Miss Dodd, ¿adonde vamos?
Thorvaldsen escuchó desde la puerta entreabierta que Ashby había golpeado con la barra de hierro. Él y Meagan entraron detrás de Ashby, Caroline Dodd y el hombre del abrigo verde. Estaba razonablemente seguro de que el desconocido era el segundo hombre que había saltado del barco turístico con Ashby.
– ¿Qué hacemos? -le susurró Meagan al oído.
Thorvaldsen tenía que acabar con aquello. Con un gesto les indicó que se retiraran. Ambos se dirigieron hacia el pórtico, de nuevo bajo la lluvia, y ocuparon su posición bajo una pasarela cubierta. El danés vio unos lavabos y una oficina y supuso que era allí donde la gente compraba las entradas para visitar la basílica.
En ese momento agarró a Meagan del brazo.
– Quiero que salgas de aquí. Ahora mismo.
– No es usted tan duro, jefe. Puedo arreglármelas sola.
– No tienes por qué involucrarte.
– ¿Va a matar a la mujer y al otro hombre?
– Si es preciso, sí.
– Ha perdido el juicio.
– Sí, así es. Lárgate.
Seguía cayendo un aguacero que se precipitaba por los tejados y salpicaba el pavimento justo enfrente de ellos. Todo parecía desarrollarse en una hipnótica cámara lenta. Una vida guiada por la racionalidad estaba a punto de quedar borrada por una tristeza inconmensurable. Cuántos sustitutos de la felicidad había probado desde la muerte de Cai. ¿Trabajo? ¿Política? ¿Filantropía? ¿Almas perdidas como Cotton y Sam? Pero ninguno había aplacado la desesperación que parecía arder constantemente en su interior. Aquella era su misión. Nadie más debía participar.
– No quiero que me maten -le dijo al fin Meagan.
Sus palabras estaban teñidas de desprecio.
– Entonces márchate -Thorvaldsen le lanzó su teléfono móvil-. No lo necesito.
El danés se dio la vuelta.
– Viejo testarudo -dijo Meagan.
Thorvaldsen se detuvo sin mirarla.
– Cuídese -su voz, lenta y suave, dejaba entrever una preocupación real.
– Tú también -repuso él y se alejó bajo la lluvia.
LXIX
Malone franqueó una pesada puerta de roble y entró en la iglesia de St. André, una construcción típica de París, con un ábside con aguilones coronado por una galería y un muro alto que rodeaba el deambulatorio. Robustos contrafuertes sostenían los muros desde el exterior. Esplendor gótico en estado puro.
La gente ocupaba los bancos y se congregaba en los cruceros situados a ambos lados de una larga y estrecha nave. Aunque había calefacción, el aire era lo bastante frío para que se viesen abundantes abrigos. Muchos feligreses llevaban bolsas de la compra, mochilas y grandes bolsos, lo cual significaba que la búsqueda de una bomba o cualquier tipo de arma acababa de tornarse mil veces más difícil.
Malone caminó entre los presentes. El interior era un cuadro de nichos y sombras. Las altas columnas no solo aguantaban el techo, sino que brindaban todavía más cobertura a un atacante. Él iba armado y estaba preparado. Pero ¿para qué?
Su teléfono vibró. Se parapetó detrás de una de las columnas, en una capilla lateral vacía, y respondió en voz baja.
– Los oficios han terminado -dijo Stephanie-. La gente se va.
Malone tenía un presentimiento que le había asaltado en el preciso instante en que entró en aquel lugar.
– Ven aquí -susurró.
Ashby se encaminó hacia el gran altar. Habían accedido a la basílica por una entrada lateral situada cerca de una escalinata interior que conducía al presbiterio y de otra que descendía a una cripta. Desde el altar se sucedía una hilera tras otra de bancos de madera en dirección al crucero norte y las entradas principales, y la cara septentrional estaba perforada por un inmenso rosetón, oscurecido por las últimas luces del día. Los bancos y los cruceros estaban repletos de tumbas, en su mayoría adornadas con incrustaciones de mármol. Los monumentos se extendían de un extremo a otro de la nave, a lo largo de unos cien metros de espacio cerrado.
– Napoleón quería que su hijo tuviese el tesoro -dijo la atemorizada Caroline-. Ocultó sus riquezas con esmero, donde nadie pudiera encontrarlas, excepto quienes él quisiera.
– Como debería hacer cualquier persona con poder -observó Lyon.
La lluvia no cesaba y su constante repiqueteo sobre el techo de cobre resonaba por toda la nave.
– Después de cinco años en el exilio, se dio cuenta de que jamás regresaría a Francia. También sabía que se acercaba el final, así que intentó decirle a su hijo dónde estaba el tesoro.
– ¿El libro que le entregó la estadounidense en Londres es relevante? -le preguntó Lyon a Ashby.
Este asintió.
– ¿No dijiste que el libro te lo había dado Larocque? -preguntó Caroline.
– Mentía -aclaró Lyon-. Pero eso ya no importa. ¿Por qué es importante el libro?
– Porque esconde un mensaje -respondió Caroline.
Estaba revelando demasiado, y demasiado rápido, pero Ashby no tenía manera de decirle que echara el freno.
– Puede que haya descifrado el mensaje final de Napoleón -dijo ella.
– Cuénteme -respondió Lyon.
Sam vio que Thorvaldsen dejaba sola a Meagan y que esta volvía a sumergirse en la lluvia y corría hacia donde él se encontraba, junto a uno de los muchos salientes del muro exterior. Sam pegó la espalda a la fría y mojada piedra y esperó a que ella doblara la esquina. Debería estar congelado, pero tenía los nervios a flor de piel, y eso le entumecía los sentidos El clima era la última de sus preocupaciones. En ese momento apareció Meagan.
– ¿Adonde vas? -le preguntó en voz baja.
Ella se detuvo de golpe, claramente sorprendida.
– Maldita sea, Sam. Me has dado un susto de muerte.
– ¿Qué pasa?
– Tu amigo está a punto de cometer una estupidez.