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El Club de París

Электронная книга - «El Club de París». Краткое содержание книги:

Cuando Napoleón Bonaparte murió en 1821, se llevó a la tumba un impactante secreto. Como emperador, había saqueado incalculables riquezas de palacios y tesoros nacionales, e incluso de los Caballeros de Malta y el Vaticano. En sus últimos días, sus captores británicos esperaban averiguar dónde se ocultaba el botín. Pero él nos les desveló nada. ¿O tal vez sí? Cotton Malone está a punto de averiguarlo cuando los problemas llaman a la puerta de su librería: un agente del servicio secreto estadounidense que terminara convirtiéndose en su aliado. Sólo igualando el ingenio de un terrorista a sueldo, frustrando un atentado catastrófico, y emprendiendo una desesperada búsqueda del legendario tesoro perdido de Napoleón, podrá Malone evitar la anarquía económica internacional. Desde Dinamarca, pasando por Inglaterra y terminando en las calles de París, Malone participa en un intenso juego de duplicidad y muerte, todo para conseguir un tesoro de valor incalculable. Pero, ¿a qué precio?.
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– Señorita Dodd -dijo Lyon-. ¿Y ahora qué?

– No puedo pensar con esa pistola apuntándome -le espetó Caroline-. Así no hay manera. No me gustan las pistolas. No me gusta usted. No me gusta estar aquí.

Lyon entrecerró sus embrutecidos ojos.

– Si le sirve de ayuda -dijo mientras guardaba el arma bajo el abrigo y le enseñaba las manos enfundadas en unos guantes-. ¿Mejor?

Caroline trató de recobrar la compostura.

– Va a matarnos de todos modos. ¿Por qué debería decirle algo?

La simpatía se esfumó del rostro de Lyon.

– Una vez que hayamos encontrado lo que hay aquí, tal vez cambie de parecer. Además, lord Ashby está vigilando todos mis movimientos, esperando a que cometa un error. Entonces comprobaremos si es un hombre de verdad.

Ashby se aferró a los últimos resquicios de valor que le quedaban.

– Puede que tenga la oportunidad de hacerlo.

Lyon esbozó una sonrisa divertida.

– Eso espero. Y ahora, Miss Dodd, ¿adonde vamos?

Thorvaldsen escuchó desde la puerta entreabierta que Ashby había golpeado con la barra de hierro. Él y Meagan entraron detrás de Ashby, Caroline Dodd y el hombre del abrigo verde. Estaba razonablemente seguro de que el desconocido era el segundo hombre que había saltado del barco turístico con Ashby.

– ¿Qué hacemos? -le susurró Meagan al oído.

Thorvaldsen tenía que acabar con aquello. Con un gesto les indicó que se retiraran. Ambos se dirigieron hacia el pórtico, de nuevo bajo la lluvia, y ocuparon su posición bajo una pasarela cubierta. El danés vio unos lavabos y una oficina y supuso que era allí donde la gente compraba las entradas para visitar la basílica.

En ese momento agarró a Meagan del brazo.

– Quiero que salgas de aquí. Ahora mismo.

– No es usted tan duro, jefe. Puedo arreglármelas sola.

– No tienes por qué involucrarte.

– ¿Va a matar a la mujer y al otro hombre?

– Si es preciso, sí.

– Ha perdido el juicio.

– Sí, así es. Lárgate.

Seguía cayendo un aguacero que se precipitaba por los tejados y salpicaba el pavimento justo enfrente de ellos. Todo parecía desarrollarse en una hipnótica cámara lenta. Una vida guiada por la racionalidad estaba a punto de quedar borrada por una tristeza inconmensurable. Cuántos sustitutos de la felicidad había probado desde la muerte de Cai. ¿Trabajo? ¿Política? ¿Filantropía? ¿Almas perdidas como Cotton y Sam? Pero ninguno había aplacado la desesperación que parecía arder constantemente en su interior. Aquella era su misión. Nadie más debía participar.

– No quiero que me maten -le dijo al fin Meagan.

Sus palabras estaban teñidas de desprecio.

– Entonces márchate -Thorvaldsen le lanzó su teléfono móvil-. No lo necesito.

El danés se dio la vuelta.

– Viejo testarudo -dijo Meagan.

Thorvaldsen se detuvo sin mirarla.

– Cuídese -su voz, lenta y suave, dejaba entrever una preocupación real.

– Tú también -repuso él y se alejó bajo la lluvia.

LXIX

Malone franqueó una pesada puerta de roble y entró en la iglesia de St. André, una construcción típica de París, con un ábside con aguilones coronado por una galería y un muro alto que rodeaba el deambulatorio. Robustos contrafuertes sostenían los muros desde el exterior. Esplendor gótico en estado puro.

La gente ocupaba los bancos y se congregaba en los cruceros situados a ambos lados de una larga y estrecha nave. Aunque había calefacción, el aire era lo bastante frío para que se viesen abundantes abrigos. Muchos feligreses llevaban bolsas de la compra, mochilas y grandes bolsos, lo cual significaba que la búsqueda de una bomba o cualquier tipo de arma acababa de tornarse mil veces más difícil.

Malone caminó entre los presentes. El interior era un cuadro de nichos y sombras. Las altas columnas no solo aguantaban el techo, sino que brindaban todavía más cobertura a un atacante. Él iba armado y estaba preparado. Pero ¿para qué?

Su teléfono vibró. Se parapetó detrás de una de las columnas, en una capilla lateral vacía, y respondió en voz baja.

– Los oficios han terminado -dijo Stephanie-. La gente se va.

Malone tenía un presentimiento que le había asaltado en el preciso instante en que entró en aquel lugar.

– Ven aquí -susurró.

Ashby se encaminó hacia el gran altar. Habían accedido a la basílica por una entrada lateral situada cerca de una escalinata interior que conducía al presbiterio y de otra que descendía a una cripta. Desde el altar se sucedía una hilera tras otra de bancos de madera en dirección al crucero norte y las entradas principales, y la cara septentrional estaba perforada por un inmenso rosetón, oscurecido por las últimas luces del día. Los bancos y los cruceros estaban repletos de tumbas, en su mayoría adornadas con incrustaciones de mármol. Los monumentos se extendían de un extremo a otro de la nave, a lo largo de unos cien metros de espacio cerrado.

– Napoleón quería que su hijo tuviese el tesoro -dijo la atemorizada Caroline-. Ocultó sus riquezas con esmero, donde nadie pudiera encontrarlas, excepto quienes él quisiera.

– Como debería hacer cualquier persona con poder -observó Lyon.

La lluvia no cesaba y su constante repiqueteo sobre el techo de cobre resonaba por toda la nave.

– Después de cinco años en el exilio, se dio cuenta de que jamás regresaría a Francia. También sabía que se acercaba el final, así que intentó decirle a su hijo dónde estaba el tesoro.

– ¿El libro que le entregó la estadounidense en Londres es relevante? -le preguntó Lyon a Ashby.

Este asintió.

– ¿No dijiste que el libro te lo había dado Larocque? -preguntó Caroline.

– Mentía -aclaró Lyon-. Pero eso ya no importa. ¿Por qué es importante el libro?

– Porque esconde un mensaje -respondió Caroline.

Estaba revelando demasiado, y demasiado rápido, pero Ashby no tenía manera de decirle que echara el freno.

– Puede que haya descifrado el mensaje final de Napoleón -dijo ella.

– Cuénteme -respondió Lyon.

Sam vio que Thorvaldsen dejaba sola a Meagan y que esta volvía a sumergirse en la lluvia y corría hacia donde él se encontraba, junto a uno de los muchos salientes del muro exterior. Sam pegó la espalda a la fría y mojada piedra y esperó a que ella doblara la esquina. Debería estar congelado, pero tenía los nervios a flor de piel, y eso le entumecía los sentidos El clima era la última de sus preocupaciones. En ese momento apareció Meagan.

– ¿Adonde vas? -le preguntó en voz baja.

Ella se detuvo de golpe, claramente sorprendida.

– Maldita sea, Sam. Me has dado un susto de muerte.

– ¿Qué pasa?

– Tu amigo está a punto de cometer una estupidez.

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