Los Chicos Que Cayeron En La Trampa
- Автор: Adler-Olsen Jussi
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «Los Chicos Que Cayeron En La Trampa». Краткое содержание книги:
– Os soltamos y os damos un millón a cada uno, así, sin más. Dejáis el caso y cogéis el dinero. ¿Qué decís?
Había que decir que sí, ¿qué si no? Desde luego, en la alternativa era mejor no pensar.
Miró a Assad. Asentía. Chico listo.
– ¿Y tú, Carl Mørck? ¿Eres igual de razonable que el amigo Mustafá? -preguntó Florin.
Carl lo miró con dureza y luego asintió también.
– Pero tengo la sensación de que no es suficiente, así que vamos a doblar la oferta. Dos millones para cada uno a cambio de vuestro silencio. Lo haremos con discreción, ¿estamos de acuerdo? -insistió Torsten Florin.
Asintieron los dos.
– Pero antes hay una cosa que necesito aclarar y quiero que contestéis con sinceridad. Si me mentís lo sabré, y adiós trato. ¿Entendido?
No esperó a que respondieran.
– ¿Por qué me habéis hablado de ese matrimonio de Langeland esta mañana? Lo de Kåre Bruno lo entiendo, pero ¿ese matrimonio? ¿Qué tiene que ver con nosotros?
– Una investigación minuciosa -contestó el subcomisario-. Tenemos un hombre en Jefatura que lleva años siguiendo ese tipo de casos.
– Pero si no tiene nada que ver con nosotros -insistió Florin.
– Querías una respuesta sincera y la respuesta es una investigación minuciosa -repitió-. La naturaleza del ataque, el lugar, el método, el momento. Todo encaja con vosotros.
Entonces, la banda decidió demostrar de lo que era capaz.
– ¡Contesta! -gritó Ditlev Pram golpeando a Carl en la herida con el mango de la ballesta.
Ni siquiera llegó a gritar, el dolor le hizo un nudo en la garganta. Y Pram golpeó otra vez. Y otra.
– ¡Que contestes! ¿Por qué nos relacionáis con ese matrimonio de Langeland? -gritaba.
Se disponía a darle con más fuerza cuando Assad lo detuvo.
– Kimmie tenía un pendiente -aulló-, la pareja del que encontraron en la playa. Lo guardaba en una caja con más pruebas de vuestras agresiones. Ya lo sabíais.
Si le hubiera quedado un ápice de energía en el cuerpo, Carl le habría hecho algún gesto contundente para que cerrara la boca.
Ahora era demasiado tarde.
Lo leyeron de inmediato en el rostro de Torsten Florin. Todo cuanto temían esos tres hombres acababa de hacerse realidad. Había pruebas en contra de ellos, y unas pruebas auténticas.
– Supongo que habrá alguien más en Jefatura que sepa de la existencia de esa caja. ¿Dónde está ahora mismo?
Carl no dijo nada, se limitó a mirar a su alrededor.
Desde el lugar donde se encontraban hasta la salida había diez metros, y desde allí hasta la linde del bosque, al menos otros cincuenta. Bosque a través sería un kilómetro y detrás se alzaba Gribskov. No había mejor escondite. El único problema era que estaba demasiado lejos y que no veía nada, absolutamente nada, que pudiera servirles como arma. Dos hombres armados con ballestas los apuntaban. ¿Qué podían hacer?
Absolutamente nada.
– Tenemos que hacerlo ahora y dejar esto bien limpio -dijo Ulrik Dybbøl Jensen con voz gangosa-. No hago más que repetíroslo. No podemos confiar en estos dos. No son como los demás que han aceptado el dinero.
Pram y Florin se volvieron lentamente hacia su amigo. Eso no ha sido muy inteligente por tu parte, se leía en sus rostros.
Mientras los tres decidían, Assad y Carl intercambiaron varias miradas. Assad le pidió disculpas y Carl le perdonó. ¿Qué coño importaba un tropezón cuando había tres hombres sin escrúpulos planeando su muerte?
– De acuerdo, lo haremos, pero no hay mucho tiempo. Los demás no tardarán ni cinco minutos -cedió Florin.
Y, sin mediar palabra, Dybbøl Jensen y Pram se abalanzaron sobre Carl mientras Torsten Florin los cubría a unos metros de distancia con la ballesta. Su eficacia lo tenía totalmente anonadado.
Le taparon la boca con cinta aislante y le ataron las manos a la espalda. Luego le echaron la cabeza hacia atrás y le pusieron más cinta aislante en los ojos. Cuando se revolvió un poco, la cinta se le pegó a los párpados y los levantó un milímetro. A través de esa ínfima rendija, un instante después pudo observar la terrible resistencia que oponía Assad, que repartía patadas y puñetazos y derribó a uno de ellos con un golpe sordo. Ulrik Dybbøl Jensen, al parecer. Estaba paralizado tras recibir un golpe en el cuello con el canto de la mano. Florin dejó la ballesta y acudió en ayuda de Pram. Mientras entre los dos intentaban reducir a Assad, Carl logró ponerse en pie y echó a correr hacia la luz que venía de la puerta.
En su situación, de poco iba a servirle a Assad en aquella contienda. Solo podría ayudarlo si escapaba.
Los oyó gritar que no llegaría muy lejos, que los chicos de la finca lo atraparían y lo traerían de vuelta. Su destino sería el mismo que el de Assad, la jaula de la hiena.
– ¡Qué bien lo vas a pasar con ella! -le gritaron.
Están perturbados, le cruzó por la mente mientras intentaba orientarse a través de aquellas diminutas rendijas.
Entonces oyó los coches en la entrada principal. Eran muchos.
Si la gente que llegaba en esos coches era como la que estaba en la nave, ya podía ir despidiéndose de la vida.
40
En cuanto el tren partió traqueteando y el sonido de las traviesas adquirió un ritmo sosegado, las voces arreciaron en la cabeza de Kimmie. No eran insistentes ni escandalosas, sino perseverantes y seguras de sí mismas. Había llegado a acostumbrarse.
Era un tren aerodinámico. Nada que ver con los viejos ferrobuses rojos de Gribskov que la habían llevado hasta allí con Bjarne la última vez muchos años atrás. Habían cambiado tantas cosas…
Aquellos fueron años locos. Habían estado bebiendo, esnifando y divirtiéndose todo el día, desde el momento en que el paisaje empezó a cambiar hasta que Torsten les mostró con orgullo su última adquisición. Bosque, pantano, lago y tierras de labor. El lugar perfecto para un cazador. Bastaba con preocuparse un poco de que las piezas heridas no acabaran en los bosques estatales y ya no se podía pedir más.
Bjarne y ella se burlaron de él. Nada más cómico que un hombre que andaba por ahí con toda seriedad con los pies metidos en unas botas de agua verdes de cordones. Pero él no se daba cuenta de nada. El bosque era suyo y allí era dueño y señor de todo animal de la fauna danesa que mereciera la pena ser cazado.
Pasaron varias horas matando venados y faisanes y al final, un mapache que ella misma le había conseguido en Nautilus, un gesto que Torsten supo apreciar. Después siguieron el ritual viendo La naranja mecánica en la sala de proyecciones de su anfitrión. Una jornada como otra cualquiera, del montón, en la que consumieron grandes cantidades de cocaína y sobre todo de alcohol que los dejaron embotados y desprovistos de la energía necesaria para salir en busca de nuevas víctimas.
Esa fue la primera y la última vez que estuvo allí. Lo recordaba como si acabara de ocurrir, de eso se encargaban las voces.
Hoy están los tres juntos, ¿te enteras, Kimmie? Ahí tienes tu oportunidad, ya está ahí, repetían una y otra vez.
Observó un instante a los demás pasajeros y luego metió una mano en su bolso de piel y palpó la granada, la pistola con silenciador, el bolso pequeño y su precioso fardito. Todo cuanto necesitaba estaba en ese bolso.
Una vez en el apeadero de Duemose esperó a que recogieran a los demás viajeros madrugadores o se fueran ellos mismos en las bicicletas que aguardaban aparcadas junto a la marquesina roja.
Un conductor se ofreció a llevarla, pero ella se limitó a sonreírle. También así podían usarse las sonrisas.
Cuando el andén se despejó y la carretera quedó igual de desierta que antes de su llegada, bajó de un salto a la vía y echó a andar por los raíles siguiendo la linde del bosque hasta que encontró un sitio donde dejar el bolso.