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Los Chicos Que Cayeron En La Trampa

Электронная книга - «Los Chicos Que Cayeron En La Trampa». Краткое содержание книги:

A finales de los años noventa, la policía encuentra, en una casa de veraneo en el norte de Dinamarca, a dos hermanos adolescentes brutalmente asesinados. Han sido golpeados, torturados y violados sin compasión. La investigación policial apunta a que los culpables pueden hallarse entre un grupo de jóvenes de buena familia, hijos de padres exitosos, ricos, cultos. Sin embargo, el caso se cierra muy pronto por falta de pruebas concluyentes hasta que, pocos años más tarde, uno de los sospechosos se entrega sin razón aparente y confiesa el crimen. Supuestamente, el misterio se ha resuelto. Pero entonces ¿por qué los archivos del caso aparecen veinte años después en el despacho del inspector Carl Mørck, jefe del Departamento Q? Al principio Mørck piensa que el caso está ahí por error, pero pronto se da cuenta de que en la investigación original se cometieron muchas irregularidades…
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Ya volvería a ocuparse de ese asunto en el plazo de unas horas.

¿Cómo coño podía aquel ser inferior, aquel policía que de pronto se le había plantado en la puerta, tener noticias de todo eso?

De pie en el recinto acristalado, en medio del griterío de los animales, observó al zorro mientras los somalíes sacaban la jaula de su rincón. Tenía una mirada salvaje y no dejaba de lanzarse contra los barrotes y morderlos como si fuesen tejidos vivos. Aquellos dientes llenos de bacterias letales que estaban acabando con la vida del animal hicieron que un cosquilleo le bajara por la espalda.

A la mierda la policía, a la mierda Kimmie y a la mierda todas las pequeñeces de este mundo. El paso hacia la antesala de la eternidad que suponía soltar a aquella bestia en medio de todos ellos estaba por encima de cualquier otra consideración.

– No tardaréis en enfrentaros a vuestro destino, Señor Zorro -dijo alargando un puño hacia la jaula.

Miró a su alrededor. Era una visión celestial. Más de cien jaulas con todo tipo de animales. Su última adquisición era la jaula de las fieras que acababan de traerle de Nautilus. La habían colocado en el suelo y en su interior había una hiena furiosa que le lanzaba miradas de reojo con el lomo arqueado. La pondrían en la esquina, en el sitio del zorro, con las demás piezas únicas. Ya estaban garantizadas las cacerías hasta Navidad. Lo tenía todo bajo control.

De pronto oyó los coches que entraban en el patio y se volvió sonriente hacia la entrada.

Ulrik y Ditlev llegaban puntuales, como siempre. Un elemento más que marcaba la diferencia.

Al cabo de diez minutos se hallaban en el túnel de tiro, con la ballesta y la mirada en estado de alerta. Ulrik tenía el día masoquista y se estremecía de gozo al hablar de Kimmie. De la incertidumbre sobre su paradero. Tal vez se hubiera excedido con las rayas blancas esa mañana. Ditlev, en cambio, tenía la mente despejada y un brillo especial en los ojos. En su brazo, la ballesta parecía una prolongación natural de su organismo.

– Sí, gracias; he dormido de maravilla. Que vengan Kimmie y todos los demás -dijo en respuesta a la pregunta de Torsten-. Estoy listo para lo que sea.

– Estupendo -contestó Torsten. No quería estropear el buen humor de sus compañeros de cacería con la visita del subcomisario Mørck y sus fisgoneos en el pasado. Eso podía esperar a que terminaran los ejercicios de tiro-. Bueno es saberlo, creo que te va a hacer falta.

39

Llevaban unos minutos metidos en el coche a un lado de la carretera, comentando el encuentro con Torsten Florin. Assad era de la opinión de que debían regresar y revelarle que tenían la caja de Kimmie. Creía que eso haría mella en su aplomo. Para Carl, sin embargo, no cabía la menor duda: antes de hablar de esa caja esperarían a tener una orden de detención.

Su ayudante empezó a refunfuñar. Por lo visto, en los desiertos por los que había desgastado las suelas de sus sandalias en sus años mozos, la paciencia no era un fenómeno tan extendido como creía la gente.

Al echar un vistazo hacia la carretera, el subcomisario descubrió los vehículos que se acercaban a una velocidad que excedía los límites permitidos. Eran dos todoterreno con los cristales tintados, de esos que los niños grandes tienen que conformarse con admirar en las revistas de coches a escondidas.

– ¡La madre que te parió! -exclamó al ver pasar el primero. Luego arrancó y salió detrás del segundo.

– Estoy seguro de haber visto de refilón a Ditlev Pram en el coche de delante. ¿Tú te has fijado en quién iba en el otro, Assad? -preguntó cuando ambos se desviaron por el camino de grava que conducía a la propiedad de Florin.

– No, pero he apuntado las dos matrículas. Voy a comprobarlas.

Carl se frotó la cara. ¿Y si en ese preciso instante estaban los tres reunidos en casa de Torsten Florin? Si de verdad eran ellos, ¿cuándo volvería a presentársele la oportunidad de tenerlos a los tres juntos?

Y, si se le presentaba, ¿qué obtendría con ello?

Al cabo de un momento, Assad ya había conseguido la información.

– El primer coche está registrado a nombre de una tal Thelma Pram -anunció.

Bingo.

– Y el otro es propiedad de Análisis Financieros UDJ.

Bingo otra vez.

– Así que hay reunión de la banda -dijo Carl consultando el reloj. No eran ni siquiera las ocho de la mañana. ¿En qué cojones andarían?

– Creo que no debemos perderlos de vista, Carl.

– ¿Qué quieres decir?

– Ya sabes, entrar y ver qué están haciendo, o sea.

El subcomisario sacudió la cabeza. Demasiado creativo algunas veces, el hombrecillo.

– Ya has oído lo que ha dicho Florin -le recordó mientras Assad, a su lado, asentía con los ojos muy abiertos-. Necesitamos una orden judicial, y en las actuales circunstancias no nos la van a dar.

– No, pero pueden darnos una si sabemos más, ¿no?

– Sí, claro. Pero no vamos a sacar nada colándonos ahí dentro. Sería completamente improcedente, Assad. No tenemos ningún derecho.

– ¿Y si son ellos los que han matado a Aalbæk para borrar sus huellas?

– ¿Qué huellas? No es ilegal pagar a un detective para que vigile a alguien.

– No, pero ¿y si Aalbæk encontró a Kimmie y están ahí dentro y la tienen prisionera? Es una posibilidad muy plausible, ¿no es una de esas palabras que te gustan? Ahora que Aalbæk está muerto, ellos son los únicos que lo saben si la tienen. Carl, es tu testigo más importante.

El subcomisario veía la que se le venía encima, sí.

– ¿Y si la están matando ahora mismo? Tenemos que entrar.

Ya estaba.

Resopló con fuerza. Demasiadas preguntas.

Tenía razón el tío, pero aun así…

Aparcaron en Ny Mårumvej, junto al apeadero de Duemose, y dejaron atrás la vía férrea para seguir los senderos que bordeaban el bosque de Gribskov hasta llegar al cortafuegos. Desde donde estaban veían directamente el pantano y parte del bosque de Torsten Florin. Era espeso y cerrado. Al fondo del todo, en lo alto de la colina, se adivinaba el portón de hierro; por ahí no podría ser. Ya habían reparado en la concentración de cámaras de vigilancia.

Más interesante era el patio central de la antigua granja, donde estaban aparcados los dos enormes todoterreno y desde donde había vía libre en todas direcciones.

– Creo que todo el cortafuegos está lleno de cámaras, Carl -le informó Assad-. Si queremos cruzarlo hay que ir por ahí.

Señalaba hacia la zona encharcada, donde el cercado estaba tan hundido que apenas era visible. Era el único punto por el que podían cruzar sin ser vistos.

No era muy alentador.

Después tuvieron que pasar media hora cuerpo a tierra y ojo avizor, con los pantalones empapados y llenos de porquería, hasta que vieron aparecer a los tres hombres en el patio. Tras ellos iban dos negros flaquísimos llevando lo que parecían ser unos arcos o algo por el estilo. Los ecos de su conversación llegaban hasta el seto donde se ocultaban, unas voces apagadas que se perdían en la distancia arrastradas por una ligera brisa fría que empezaba a envolverlos.

Luego, los tres desaparecieron en el interior de la casa y los negros pusieron rumbo a sus casitas rojas.

Transcurridos diez minutos, aparecieron varios negros más que volvieron a desaparecer en la inmensa nave. Al cabo de unos minutos volvieron a salir cargados con una jaula que subieron a una camioneta. Montaron en la cabina y en la plataforma, junto a la jaula, y el vehículo se perdió en el bosque.

– Si vamos a hacerlo, tiene que ser ahora -dijo Carl mientras arrastraba a un Assad algo reacio a lo largo del seto en dirección a las casitas. Oyeron que había gente en su interior. Un parloteo en una lengua extranjera. El llanto de un bebé y los gritos de unos niños algo mayores. Era una auténtica comunidad.

Al escabullirse por delante de la primera casa observaron un letrero lleno de nombres exóticos.

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