Los Chicos Que Cayeron En La Trampa
- Автор: Adler-Olsen Jussi
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «Los Chicos Que Cayeron En La Trampa». Краткое содержание книги:
– Ahí también -susurró Assad señalando hacia el letrero de la siguiente casa-. ¿Tú crees que tienen esclavos?
Seguramente no, pero aquello tenía un curioso parecido con la esclavitud. Era como una aldea africana en medio de un parque, como las casuchas que se apiñaban al abrigo de las grandes mansiones sureñas antes de la Guerra de Secesión.
De repente oyeron ladrar a un perro no demasiado lejos.
– ¿Tendrá perros sueltos en la finca? -le preguntó Assad en un susurro preocupado, como si ya lo hubieran oído.
Carl miró a su compañero.
Tranquilo, le dijo sin necesidad de palabras. Si algo había aprendido en los campos de Vendsyssel era que, a menos que se enfrentara uno a diez mortíferos perros de presa, quien mandaba era el hombre. Un buen patadón en el momento justo solía poner las cosas en su sitio. Ojalá no armaran tanto escándalo.
Atravesaron a la carrera el tramo descubierto que había junto al patio y repararon en que había posibilidades de rodear la casa por ese lado.
Veinte segundos más tarde estaban con la cara pegada a unos cristales tras los que no ocurría absolutamente nada. Parecía un despacho clásico con muebles de caoba. Las paredes quedaban ocultas por hileras y más hileras de trofeos de caza. Aquello no los llevaba a ninguna parte.
Se dieron la vuelta. Si había algo fuera de lo normal en aquel sitio, tendrían que encontrarlo de inmediato.
– ¿Has visto eso? -susurró Assad señalando hacia un cilindro que asomaba por un extremo de la enorme nave acristalada como una prolongación y se adentraba en el bosque. Medía al menos cuarenta metros.
¿Qué coño será eso?, pensó Carl.
– Vamos -ordenó-, hay que comprobarlo.
La expresión de Assad al entrar en el recinto era digna de pasar a la posteridad. Sí, Carl sentía algo similar. Si Nautilus era un espectáculo impactante para los amantes de los animales, aquello era diez veces peor. Una jaula y otra y otra de animales aterrados. Pieles ensangrentadas de todos los tamaños colgadas a secar por las paredes. Había de todo, desde hámsteres hasta terneros. Feroces perros de presa ladrando; seguramente los que habían oído antes. Enormes monstruos con apariencia de saurios y visones que bufaban. Animales domésticos y exóticos en una mezcolanza insólita.
Sin embargo, nada más lejos del arca de Noé. Era todo lo contrario. De allí no saldría nada con vida, se intuía de inmediato.
Carl reconoció la jaula de Nautilus en el centro de la nave con una hiena gruñendo. De un rincón salían los chillidos de un simio grande, los gruñidos de un facóquero y los balidos de una oveja.
– ¿Tú crees que Kimmie puede estar aquí, entonces? – preguntó Assad mientras avanzaba unos pasos.
El subcomisario paseó la mirada por las jaulas. La mayoría de ellas eran demasiado pequeñas para una persona.
– ¿Y aquí, entonces? -sugirió su ayudante señalando hacia una columna de congeladores que ronroneaban en uno de los pasillos laterales. Una vez junto a ellos, abrió el primero.
– ¡Uf, qué asco! -gritó sacudido por un visible escalofrío de repugnancia.
Carl echó un vistazo al interior del congelador, desde donde varias pilas de animales despellejados lo observaron con sus ojos sin párpados.
– Lo mismo en estos.
Assad iba abriendo y cerrando un arcón detrás de otro.
– Yo diría que en su mayor parte los usan como pienso -apuntó el subcomisario con los ojos clavados en la hiena. En un lugar como ese, todo bicho viviente debía desaparecer entre las fauces de aquellas criaturas hambrientas a la velocidad del rayo. Una idea de lo más aterradora.
Les costó cinco minutos comprobar que no había ningún ser humano en el resto de las jaulas.
– Mira, Carl -exclamó Assad al descubrir el tubo que había visto desde fuera-. Es un campo de tiro.
Efectivamente. Si la policía tuviera un cacharro como aquel en Jefatura, no iba a faltarles movimiento. Un prodigio de última tecnología, con inyectores de aire, y todo.
– Creo que no deberías meterte ahí dentro -le advirtió Carl al verlo adentrarse en el tubo en dirección a las dianas-. Si viene alguien no tendrás dónde esconderte.
Pero Assad no lo oyó. Acababa de descubrir las enormes dianas.
– ¿Qué es esto entonces, Carl? -le gritó pegado a una de ellas.
Carl echó un vistazo hacia atrás. No vio nada alarmante, de modo que se reunió con él.
– ¿Es una flecha o qué? -insistió su compañero, que señalaba hacia una barra de metal que había perforado el centro del blanco.
– Sí, es un dardo de los que se usan para las ballestas.
Assad lo miró desconcertado.
– ¿Qué es eso que has dicho? ¿Para qué? ¿Para las bayetas?
El subcomisario suspiró.
– Una ballesta es un arco que se tensa de una manera especial. Dispara con mucha fuerza.
– Vale. Eso ya lo veo. Y con precisión, Carl.
– Sí, con mucha precisión.
Cuando se volvieron, comprendieron que habían caído en la trampa.
En el otro extremo estaba Torsten Florin con las piernas separadas y tras él asomaban Ulrik Dybbøl Jensen y Ditlev Pram, este último con una ballesta tensada que los apuntaba directamente.
Me cago en la leche puta, pensó Carl; luego gritó:
– Métete detrás de las dianas, Assad, ¡ahora!
Con gesto ágil, sacó la pistola de la funda que llevaba al hombro y apuntó hacia el grupo en el preciso instante en que Ditlev Pram disparaba.
Cuando oyó que Assad se lanzaba hacia el otro lado de la diana, la flecha le atravesó el hombro derecho y la pistola cayó al suelo.
No dejaba de ser curioso, pero no le dolía. Lo único que pudo hacer fue constatar que la flecha lo había desplazado medio metro y ahora tenía la punta clavada en la diana y la pluma sobresaliendo de la herida ensangrentada.
– Caballeros -dijo Florin-, ¿por qué nos ponen en esta situación? ¿Qué vamos a hacer con ustedes?
Carl trató de obligar a su corazón a latir a un ritmo más pausado. Le habían sacado la flecha y rociado la herida con un líquido que casi le hizo perder el sentido, pero había frenado bastante la hemorragia.
Era una situación deplorable. A los tres les costaba ocultar su furia.
Mientras tanto, Assad se resistía como un loco a que los sacaran del túnel y los obligaran a sentarse en el suelo con la espalda contra una de las jaulas.
– ¿Es que no sabéis lo que les pasa entonces a los que les hacen esto a policías en acción? -gritaba.
Carl le dio un empujoncito en el pie con disimulo y eso lo apaciguó un poco.
– La cosa es muy sencilla -dijo Carl; sentía cada palabra como un latigazo en todo el torso-. Ahora nos dejan irnos y ya veremos qué pasa después. No ganan nada con amenazarnos o retenernos.
– ¡Claro!
Era Ditlev Pram. Aún llevaba la ballesta lista para disparar. Ya podía apuntar hacia otro lado.
– No somos imbéciles. Sabemos que estamos bajo sospecha por asesinato. Habéis hecho referencia a varios episodios. Os habéis puesto en contacto con nuestro abogado. Habéis encontrado una conexión entre Aalbæk y yo. Pensáis que lo sabéis todo de nosotros y de repente os creéis en posesión de eso que vosotros llamáis la verdad.
Se acercó y puso sus botas de piel junto a los pies de Carl.
– Pero esa verdad no nos concierne solo a nosotros tres. Si tenéis la suerte de convencer a un montón de gente de eso que creéis saber, varios miles de personas se quedarán sin sustento. Las cosas no son tan sencillas, Carl Mørck.
Hizo un gesto hacia cuanto los rodeaba.
– Enormes fortunas quedarán bloqueadas, y eso es algo que no deseamos ni nosotros ni nadie. Así que estoy con Torsten: ¿qué vamos a hacer con vosotros?
– Hay que limpiar esto bien -intervino Ulrik Dybbøl Jensen, aquel hombretón de pupilas dilatadas y voz temblorosa. No cabía duda alguna de sus intenciones. Pero Florin titubeaba, Carl lo advirtió. Titubeaba y pensaba.