Los Chicos Que Cayeron En La Trampa
- Автор: Adler-Olsen Jussi
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «Los Chicos Que Cayeron En La Trampa». Краткое содержание книги:
Su jefe negó con la cabeza. Y una leche, no pensaba darle la oportunidad de que se esfumara como Ditlev Pram.
En efecto, Torsten Florin había cercado su propiedad a conciencia. «Dueholt» ponía con enormes letras de latón sobre un bloque de granito que había junto al portón de hierro forjado que asomaba por encima del seto.
Carl se inclinó sobre un interfono que había sobre un poste a la altura de la ventanilla.
– Soy el subcomisario Carl Mørck -anunció-. Ayer hablé con el abogado Bent Krum. Nos gustaría hacerle unas preguntas a Torsten Florin. Solo será un momento.
El portón tardó al menos dos minutos en abrirse.
Al otro lado del seto, el paisaje era más abierto. Lagos y colinas a la derecha en una pradera asombrosamente lozana para la época del año en la que se encontraban; más abajo, una serie de arboledas que acababan convirtiéndose en un auténtico bosque y, como telón de fondo, la inmensa columnata de robles centenarios de Gribskov con sus copas casi desnudas.
Un buen montón de fanegas de tierra, se dijo Carl. Tal y como andaban los precios del suelo por la zona, la finca debía de costar varias docenas de millones.
Al girar hacia la casa, que estaba situada junto al bosque, la sensación de riqueza se multiplicó. El edificio de la granja Dueholt era una delicia de cornisas cuidadosamente restauradas y tejas vidriadas en negro. Contaba con varios salones acristalados, probablemente orientados hacia los cuatro puntos cardinales, y el jardín y el patio de la granja estaban tan bien cuidados que harían quitarse el sombrero al mismísimo equipo de jardineros de la reina.
Detrás de la vivienda principal había un edificio de madera pintado de rojo que debía de estar protegido. Al menos, con los casi doscientos años que tenía a sus espaldas, desentonaba del resto. Un contraste innegable con la enorme construcción de acero que asomaba por detrás. Enorme y hermosa. De cristal y metal reluciente, como el Palacio de Cristal de Madrid, que había visto en un póster en el aeropuerto.
El Crystal Palace a lo Ejlstrup.
También había unas cuantas casitas que se arracimaban en la linde del bosque como una aldea, con sus pequeños jardines y sus porches, rodeadas de terrenos roturados donde, al parecer, se cultivaban verduras. Por lo menos quedaban grandes sembrados de puerros y coles.
Joder, esto es inmenso, pensó Carl.
– ¡Huy, qué bonito! -exclamó Assad.
No vieron a nadie hasta que llamaron a la puerta y salió a abrirles nada menos que Torsten Florin en persona.
El subcomisario le tendió la mano y se presentó, pero Florin, que solo tenía ojos para Assad, permaneció como un bloque de granito impidiéndoles la entrada.
A su espalda, una escalinata serpenteaba por el vestíbulo en una orgía de cuadros y arañas de cristal. Algo vulgar para un hombre que vivía del buen gusto.
– Nos gustaría hablar con usted de unos hechos con los que creemos que podría estar vinculada Kimmie Lassen. ¿Cree que podría ayudarnos?
– ¿Qué hechos? -preguntó secamente.
– El asesinato de Finn Aalbæk el pasado sábado por la noche. Sabemos que hubo varias conversaciones entre Ditlev Pram y Aalbæk. Estaba buscando a Kimmie, eso también lo sabemos. ¿Se lo había encargado alguno de ustedes? Y, en ese caso, ¿por qué?
– He oído ese nombre un par de veces estos días, pero eso es todo lo que sé de Finn Aalbæk. Si Ditlev mantenía conversaciones con ese hombre, deberían hablar con él, no conmigo. Adiós, señores.
Carl metió un pie antes de que pudiera cerrar la puerta.
– Disculpe un momentito. También tenemos una agresión en Langeland y otra en Bellahøj que podrían estar relacionadas con Kimmie Lassen. Tres presuntos asesinatos, de hecho.
Torsten Florin pestañeó varias veces, pero su semblante era pétreo.
– No puedo ayudarlos. Si quieren hablar con alguien, hablen con Kimmie Lassen.
– ¿No sabrá usted, por casualidad, dónde está?
Hizo un gesto negativo con una expresión extraña. Carl había visto muchas expresiones extrañas en su vida, pero esa no la entendía.
– ¿Está seguro? -insistió.
– Completamente. No veo a Kirsten-Marie desde 1996.
– Tenemos una serie de pruebas que la relacionan con esos hechos.
– Sí, ya me lo ha comentado mi abogado, y ni él ni yo sabemos nada de esos casos. Les ruego que se vayan, me espera un día muy ocupado. Y si vuelven a pasar por aquí en algún otro momento, no se olviden de la orden judicial.
Su sonrisa era tan provocadora que Carl decidió presionarlo un poco más con un par de preguntas, pero Florin se hizo a un lado y aparecieron tres individuos oscuros que debían de estar esperando detrás de la puerta.
Al cabo de dos minutos volvían a estar en el coche. Amenazados con la hoguera, la prensa, el fiscal general y quién sabe cuántas cosas más.
Si antes pensaba que Torsten Florin era débil, ya no tenía ningún inconveniente en reconsiderar su antiguo punto de vista.
38
La mañana del día en que iba tener lugar la caza del zorro, Torsten Florin, fiel a su costumbre, se despertó al compás de la música clásica y del sonido de unos pasitos breves y ligeros, y al abrir los ojos se encontró con una joven negra con el torso desnudo y los brazos extendidos. En sus manos sostenía, como siempre, una bandeja de plata. Su sonrisa carecía de vida, era forzada, pero eso a él le traía sin cuidado. No necesitaba su afecto ni su entrega, solamente un poco de orden en su existencia, y orden quería decir cumplir con el ritual al pie de la letra. Así era todo desde hacía diez años y así pretendía que siguiera siendo. Algunas personas con dinero recurrían a esas cosas en sus campañas de marketing personal. Torsten lo hacía para sobrevivir a la rutina.
Levantó la servilleta, aspiró su aroma, se la colocó en el pecho y cogió el plato con cuatro corazones de pollo que le tendía la joven con el convencimiento de que sin aquellos órganos recién extraídos de los animales su vida se consumiría.
Se comió el primero de un bocado y a continuación rezó su plegaria para favorecer la caza. Luego dio cuenta de los otros tres corazones y se dejó limpiar el rostro y las manos con un paño con aroma de alcanfor que la muchacha manejaba con destreza.
Después les indicó con una seña a ella y a su marido, que había montado guardia durante toda la noche, que abandonaran la estancia y se dispuso a saborear el espectáculo de los débiles rayos luminosos del día que alboreaba atravesando el bosque. En unas horas se desencadenaría todo. A las nueve estaría listo el grupo de cazadores. Esta vez no buscarían a su presa a la débil luz del alba, iban a vérselas con un animal demasiado astuto y enloquecido. Tendrían que hacerlo a plena luz del día.
Imaginó al zorro azuzado por la rabia y el instinto de supervivencia cuando lo soltaran, con qué facilidad se aplastaría contra el suelo a la espera del momento justo cuando se aproximaran los ojeadores. Una sola dentellada en la ingle de cualquiera de ellos y se acabó.
Pero Torsten conocía a sus somalíes, no permitirían que el zorro se les acercase tanto. Le preocupaban más los cazadores. Bueno, preocupar no era quizá la palabra apropiada porque la mayoría era gente hábil que se había unido a sus juegos muchas veces y suspiraba por vivir su vida al límite. Hombres influyentes que movían los hilos del país. Individuos de miras más altas que las de la gente de a pie. Por eso se encontraban allí. Estaban hechos de otra pasta. No, no se sentía preocupado, sino devorado por una inquietud excitante.
De no haber sido por Kimmie y ese puto policía que había ido a hablar con Krum, y porque casos que hacía mucho que deberían haber caído en el olvido, como los de Langeland, Kyle Basset y Kåre Bruno, volvían a salir a la luz, el día habría sido perfecto.