El Primer Hombre De Roma
- Автор: Маккалоу Колин
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «El Primer Hombre De Roma». Краткое содержание книги:
"¡Pero existe una alternativa de reclutamiento, hay hombres dispuestos y con ganas de ser soldados voluntarios de Roma! ¡Me refiero a los proletarios, los ciudadanos de Roma o de Italia que son demasiado pobres para tener voto en las centurias, demasiado pobres para tener tierra o un negocio, demasiado pobres para adquirir el equipo de soldado! ¡Pero ya es hora, pueblo de Roma, de que esos miles y miles de hombres sean llamados a hacer algo más por Roma que formar cola siempre que se ofrece trigo barato o abrirse camino a codazos para acudir al circo para divertirse en las fiestas, y criar hijos e hijas a los que no pueden alimentar! ¡El que no tengan nada no significa que no valgan nada! ¡Y ni se me ocurre pensar que amen menos a Roma que cualquier hombre que se precie! ¡En realidad, creo que su amor por Roma es más, muchísimo más puro que el amor del que alardean la mayoría de los honorables miembros del Senado!
Mario se alzó sobre la punta de los pies en un arrebato de indignación y abrió los brazos como abrazando a toda Roma.
– ¡Tengo aquí a mis espaldas al colegio de tribunos que os va a solicitar un mandato, pueblo de Roma, que el Senado me niega! ¡Os solicito el derecho a recurrir a las posibilidades militares del proletariado! ¡Quiero que los proletarios, de seres inútiles e insignificantes, se conviertan en soldados de las legiones romanas! ¡Quiero ofrecer a los proletarios un empleo remunerado, una profesión más que un trato! ¡Un futuro para ellos y para sus hijos con honor, prestigio y posibilidades de mejora! ¡Quiero ofrecerles el sentido de dignidad y de valía, la oportunidad de desempeñar un importante papel en el progreso de la poderosa Roma!
Hizo una pausa, mientras los comicios le contemplaban en profundo silencio, sin quitar la vista de su fiero rostro, de sus ojos de fuego, de aquel tórax y aquel maxilar indomables.
– ¡Los padres conscriptos del Senado niegan esa oportunidad a esos miles de hombres! ¡Me niegan la oportunidad de requerir sus servicios, su lealtad, su amor a Roma! ¿Y por qué? ¿Porque los conscriptos padres del Senado aman a Roma más que yo? ¡No! ¡Porque se aman a sí mismos y a su clase más que a Roma y a nadie más! ¡Por eso he venido a vosotros, pueblo de Roma, a pediros que me deis, y deis a Roma, lo que el Senado le niega! ¡Dadme los capite censi, pueblo de Roma! ¡Dadme a los más humildes y necesitados! ¡Dadme la oportunidad de hacer de ellos unos ciudadanos de los que Roma pueda enorgullecerse, una clase de ciudadanos a los que Roma dé empleo en lugar de sustentarlos, una clase de ciudadanos equipados, entrenados y pagados por el Estado para servir al Estado como soldados con alma y corazón! ¿Me daréis lo que os pido? ¿Daréis a Roma lo que necesita?
La multitud rompió a gritar, aclamando y pateando con denuedo, dando rienda suelta a una tradición de diez siglos. Los nueve tribunos de la plebe se miraban unos a otros y convinieron sin decir palabra en no interponer un veto. Porque amaban la vida.
– ¡Cayo Mario es un lobo rapaz enloquecido! -exclamó Marco Emilio Escauro en el Senado una vez aprobada la lex Manlia, facultando a los cónsules a reclutar voluntarios entre los capite censi-. ¡Cayo Mario es una úlcera perniciosa en el cuerpo de esta cámara! ¡Cayo Mario es la única razón evidente por la que, padres conscriptos, cerremos filas contra esos hombres nuevos y jamás consintamos que se sienten en la parte de atrás de esta venerable institución! Yo os pregunto, ¿qué sabe un Cayo Mario de la naturaleza de Roma, de los imperecederos ideales de su tradicional gobierno?
"¡Soy princeps Senatus, portavoz de la cámara, y en todos los años que llevo con esta institución de hombres a quienes venero como manifestación que son del espíritu de Roma, nunca había visto un individuo tan peligroso y bandolero como Cayo Mario! ¡Dos veces en tres meses se ha apoderado de las sagradas prerrogativas del Senado pisoteándolas en el grosero altar del pueblo! ¡Primero anuló el edicto senatorial otorgando a Quinto Cecilio Metelo la prórroga del mando en Africa, y ahora, para complacer sus ambiciones, se aprovecha de la ignorancia del pueblo para atribuirse poderes de reclutamiento militar antinaturales, desmedidos, irrazonables e inaceptables!
La asistencia a la sesión era muy nutrida. De los trescientos senadores vivos, más de doscientos ochenta estaban presentes. Escauro y los otros jefes de fila los habían sacado de sus casas y hasta del lecho de dolor, y allí se hallaban en sus sillas plegables en las tres gradas superpuestas a ambos lados de la curia hostilia, como una apretada bandada de gallinas blancas dormitando en el palo, en la que sólo rompía la cegadora visión del blanco el bordado rojo de las togas de los magistrados mayores. Los diez tribunos de la plebe se encontraban sentados en su largo banco de madera a nivel del suelo, a un lado de los únicos magistrados con derecho a estar separados del cuerpo principaclass="underline" dos ediles curules, seis pretores y dos cónsules, acomodados en sus hermosas sillas de marfil labrado, realzadas sobre un estrado al fondo de la nave, al lado opuesto de las enormes puertas de bronce de la cámara.
En ese estrado se hallaba sentado Cayo Mario, junto y ligeramente detrás del primer cónsul Casio; distanciamiento puramente espiritual. Mario parecía tranquilo, contento y casi gatuno; escuchaba a Escauro sin inmutarse y sin rencor. Lo había conseguido. Tenía el mandato y podía permitirse el ser magnánimo.
– Esta cámara debe hacer cuanto esté en su mano para limitar el poder que Cayo Mario acaba de conceder a los plebeyos. Porque los plebeyos deben seguir siendo lo que siempre han sido, un conjunto de bocas hambrientas al que nosotros, que somos más privilegiados, debemos cuidar, alimentar y tolerar, sin pedirles a cambio ningún servicio. Puesto que no trabaja para nosOtros y es inútil, y no es más que un simple dependiente, la esposa de Roma que no trabaja, sin poder y sin voto, nada puede pedirnos que no queramos darle, porque nada hace: simplemente existe.
"Pero, gracias a Cayo Mario, ahora nos encontramos con todos los problémas y extravagancias de lo que debo calificar de ejército de soldados profesionales, hombres que no tienen otra fuente de ingresos ni otra forma de ganarse la vida, hombres que querrán estar en el ejército de una campaña a otra, hombres que costarán al Senado grandes sumas. Hombres que, además, padres conscriptos, pretenderán tener voz en los asuntos de Roma, pues hacen un servicio por Roma, trabajan para Roma. Habéis oído al pueblo. Nosotros, el Senado, que administramos el tesoro y distribuimos los fondos públicos de Roma, tenemos que rascar las arcas de Roma y acopiar el dinero para equipar al ejército de Cayo Mario con armas, armaduras y todos los pertrechos militares. Igualmente el pueblo nos encomienda pagar a esos soldados periódicamente en lugar de al final de la campaña, cuando se dispone del botín para sufragar el desembolso. El coste de los ejércitos de hombres insolventes quebrará las espaldas del Estado, qué duda cabe.
– ¡Tonterías, Marco Emilio! -le interpeló Mario-. ¡Hay tanto dinero en el tesoro de Roma que el Estado no sabe qué hacer con él, porque, padres conscriptos, nunca lo gastáis! ¡No hacéis más que atesorarlo!
Se oyeron murmullos y los rostros comenzaron a demudarse, pero Escauro alzó el brazo imponiendo silencio.
– Sí, el tesoro de Roma es cuantioso -dijo-, que es como debe ser un tesoro. Pese al coste de las obras públicas que realicé mientras fui censor, el tesoro sigue siendo cuantioso. Pero ha habido tiempos en que ha sido muy exiguo. Las tres guerras que sostuvimos contra Cartago nos dejaron al borde del desastre económico. Entonces yo os pregunto: ¿qué hay de malo en procurar que eso no vuelva a suceder? Mientras el tesoro sea cuantioso, Roma tendrá prosperidad.