El ojo del mundo
- Автор: Джордан Роберт
- Серия: La Rueda del Tiempo #1
- Год: 2004
- Язык: испанский
- Переводчик: Maria Dolors Gallart
- Жанр: Эпическое фэнтези
Электронная книга - «El ojo del mundo». Краткое содержание книги:
La huida sólo será el comienzo de sus problemas, ya que Moraine, miembro de la antiquísima orden de las Aes Sedai, cree que Rand Al’Thor está destinado a desempeñar un papel protagonista en los acontecimientos que se avecinan y de los que dependerá la supervivencia del mundo.
—Se han extendido para que nos precipitemos hacia ellos —informó Lan y hay comitivas de exploración delante de los principales batallones.
—¿Que nos precipitemos hacia qué? —musitó Moraine.
Como en respuesta a su pregunta, un cuerno sonó en la lejanía de poniente, con un largo quejido que recibió su eco esta vez delante de ellos. Moraine refrenó a Aldieb; salvo Lan, los demás siguieron su ejemplo con ademanes temerosos. Los cuernos atronaban delante de ellos y detrás. Rand creyó percibir en ellos una nota triunfal.
—¿Y ahora qué hacemos? —preguntó, encolerizada, Nynaeve—. ¿Adónde vamos?
—Sólo podemos tomar rumbo norte o sur —dijo Moraine, expresando más bien un pensamiento en voz alta que una contestación a la pregunta de la Zahorí—. Al mediodía, están las Colinas de Absher, inhóspitas y peladas, y el Taren, sin posibilidades de cruzarlo ni tráfico fluvial. En dirección norte, quizá llegaríamos al Arinelle antes de que caiga la noche, de manera que cabría la posibilidad de encontrar el barco de algún comerciante. Si el hielo se ha fundido en Maradon.
—Hay un lugar adonde no irán los trollocs —apuntó Lan.
Moraine, sin embargo, sacudió la cabeza con resolución.
—¡No! —Hizo un gesto al Guardián y éste pegó la cabeza a la suya de manera que los demás no pudieran oírlos.
Los cuernos bramaron y el caballo de Rand caracoleó nervioso.
—Tratan de amedrentarnos —gruñó Thom mientras procuraba controlar su montura. Su voz denotaba enfado y algo del miedo que, según él, trataban de infligirles los trollocs—. Están intentando asustarnos hasta que el pánico nos haga huir en desbandada. Llegado ese punto, estaríamos completamente inermes.
Egwene giraba la cabeza a cada toque de los cuernos, mirando primero hacia adelante y luego hacia atrás, como si esperara ver aparecer al primer trolloc. Rand sentía el mismo impulso, pero cuidaba de ocultarlo. Se acercó a ella.
—Iremos hacia el norte —anunció Moraine.
Los cuernos resonaron penetrantes mientras abandonaban el camino en dirección a las colinas contiguas.
Éstas eran bajas, pero había que franquearlas con continuos ascensos y descensos, sin un trecho de terreno llano, y pasar por debajo de las desnudas ramas de los árboles hollando la maleza seca. Los caballos subían trabajosamente una ladera para bajar a medio galope la loma. Lan estableció una dura marcha, mucho más rápida que la utilizada en el camino.
Las ramas arañaban la cara y el pecho de Rand y las plantas trepadoras y los zarcillos se le agarraban del brazo y, en ocasiones, hacían saltar su pie del estribo. El sonido agudo de los cuernos se oía cada vez más próximo y su frecuencia iba en aumento.
A pesar del fatigoso galope, apenas cubrían terreno. Por cada paso hacia adelante, había uno de ascenso y otro de descenso y cada pisada representaba un esfuerzo por mantener el equilibrio. Y, lo que era peor, los cuernos se acercaban. «Dos kilómetros», pensó. «Tal vez menos».
A poco, Lan comenzó a otear de un lado a otro, con el semblante más próximo a la preocupación que Rand había tenido ocasión de observar en él. En una ocasión el Guardián se enderezó y, apoyado en los estribos, escrutó el terreno a sus espaldas. Todo cuanto Rand alcanzaba a ver eran árboles. Lan volvió a sentarse en la silla y apartó inconscientemente a un lado la capa para despejar el puño de la espada mientras continuaba su escrutinio de la fronda.
Rand percibió la mirada inquisitiva de Mat tras señalar la espalda del Guardián y encogerse de hombros con impotencia.
Lan habló entonces, sin volverse.
—Hay trollocs en las cercanías. Remontaron un altozano y empezaron a bajar por la otra ladera. Algunos componentes de la avanzadilla de exploradores, probablemente. Si topamos con ellos, no os apartéis de mí bajo ningún concepto y haced lo que yo haga. Debemos proseguir en la misma dirección que hemos tomado.
—¡Rayos y truenos! —murmuró Thom.
Nynaeve indicó por señas a Egwene que se acercara más.
Algunos bosquecillos de ejemplares de hoja perenne suministraban, de trecho en trecho, las únicas oportunidades de cabalgar bajo cubierto, pero Rand trataba de mirar simultáneamente en todas direcciones, a la vez que su imaginación transformaba en trollocs los grisáceos troncos de los árboles que advertía con el rabillo del ojo. Los cuernos sonaban cerca, directamente detrás de ellos. Estaba seguro. Cada vez más próximos.
Ascendieron otra colina.
Debajo, emprendiendo la subida de la ladera, marchaban los trollocs, que empuñaban barras rematadas con grandes bucles de cuerda o largos ganchos. Incontables trollocs, cuyas columnas se extendían a lo ancho, sin que la vista pudiera abarcar sus extremos, pero en el centro, justo frente a Lan, cabalgaba un Fado.
El Myrddraal pareció vacilar cuando los humanos coronaron la colina, pero, un instante después, levantó una espada con la misma hoja negra que Rand recordaba con tanta repugnancia y la agitó por encima de su cabeza. La hilera de trollocs se precipitó hacia adelante.
Aun antes de que reaccionara el Myrddraal, Lan tenía ya la espada en la mano.
—¡Permaneced a mi lado! —gritó. Al punto, Mandarb descendió impetuosamente la ladera al encuentro de los trollocs—. ¡Por las Siete Torres! —tronó.
Rand respiró hondo y espoleó al rucio; todos los componentes del grupo galoparon en pos del Guardián. Le sorprendió advertir que empuñaba la espada de Tam. Animado por el grito de batalla de Lan, lo secundó con uno de propia cosecha:
—¡Manetheren! ¡Manetheren!
—¡Manetheren! ¡Manetheren! —gritó a su vez Perrin.
Mat eligió, sin embargo, nuevas palabras emblemáticas.
—¡Carai an Caldazar! ¡Carai an Ellisande! ¡Al Ellisande!
El Fado volvió la cabeza hacia los jinetes que cargaban contra él. La espada negra quedó paralizada arriba y la obertura de su capucha giró, escrutando a los humanos que se acercaban.
Después Lan se abalanzó sobre el Myrddraal, al tiempo que todos los humanos arremetían contra las filas de trollocs. La hoja del Guardián chocó con el acero negro elaborado en las forjas de Thakan’dar, provocando la misma resonancia que una campana, cuyo tañido resonó en el valle, mientras un rayo de luz azulada llenaba el aire con la misma potencia de un relámpago.
Las humanoides criaturas con hocicos de bestia se arremolinaban en torno a cada uno de ellos, blandiendo barras y ganchos. Únicamente evitaban a Lan y al Myrddraal. Éstos peleaban dentro de un círculo definido, acompasaban las pisadas de sus caballos negros, paraban y asestaban simétricas estocadas. El aire vibraba con haces de luz y estruendos.
Nube, relinchando con ojos desorbitados, descargaba las patas encabritado sobre la maraña de rostros de afilados dientes que lo circundaban. Los fornidos cuerpos se arremolinaban a su alrededor. Hincando los talones en sus flancos, Rand presionaba al caballo y blandía entre tanto la espada como si partiera leña, sin el arte de esgrima que le había enseñado Lan. «¡Egwene!» La buscó con desesperación al tiempo que espoleaba al rucio y se abría camino a mandobles entre los peludos seres, como si cortara la maleza a golpes de machete.
La yegua blanca de Moraine se abalanzó con ímpetu a un suave tirón de la Aes Sedai en las riendas. Su semblante tenía la misma dureza que el de Lan cuando comenzó a descargar el poder de su vara. Las llamas envolvieron a los trollocs y luego estallaron con una detonación que dejó masas deformes inmovilizadas en el suelo. Nynaeve y Egwene cabalgaban pegadas a la Aes Sedai con frenética urgencia; con cuchillos en la mano, enseñaban los dientes casi con igual fiereza que los trollocs. De poco servirían armas tan cortas si habían de enfrentarse de cerca a un trolloc. Rand trató de guiar a Nube hacia ellas, pero no había modo de dominar al rucio. Relinchaba y daba coces mientras seguía adelante por más que Rand tirara de las riendas.