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El ojo del mundo

Электронная книга - «El ojo del mundo». Краткое содержание книги:

Rand Al’Thor y sus amigos disfrutan de una apacible vida en Campo de Emond hasta que Moraine, una joven misteriosa capaz de encauzar el Poder Único, llega al pueblo y anuncia el despertar de una terrible amenaza. Esa misma noche, Campo de Emond se ve atacado por espantosos trollocs. Mientras los habitantes del pueblo repelen el ataque, Moraine y su guardián ayudan a Rand y a sus amigos a escapar.
La huida sólo será el comienzo de sus problemas, ya que Moraine, miembro de la antiquísima orden de las Aes Sedai, cree que Rand Al’Thor está destinado a desempeñar un papel protagonista en los acontecimientos que se avecinan y de los que dependerá la supervivencia del mundo.
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—¿Qué es esto? ¿No está ordenado que permanezcan cerradas estas puertas hasta el alba?

Cuatro hombres tapados con capas blancas avanzaron hacia la mancha de luz contigua a la casa de los guardas. Llevaban los cuellos alzados para ocultar el rostro, pero todos tenían una mano aferrada al puño de la espada y los soles que adornaban su pecho anunciaban claramente quiénes eran. Los vigilantes se inmovilizaron e intercambiaron miradas de inquietud.

—Esto no es algo que os concierna —espetó con beligerancia el primer vigilante. Al encararse hacia él cinco capuchas blancas, finalizó con tono más suave— los Hijos no ostentan ningún poder aquí. El gobernador…

—Los Hijos de la Luz —replicó el hombre de capa blanca que había hablado antes— ostentan poder en todo lugar donde los hombres sigan la senda de la Luz. Únicamente se les niegan estas prerrogativas en donde reina la Sombra del Oscuro. —Desvió los ojos hacia Lan y entonces clavó súbitamente una segunda mirada, más recelosa, en el Guardián.

El Guardián no se había movido; de hecho parecía completamente tranquilo. Sin embargo, pocas personas eran capaces de mirar con tanta naturalidad a los Hijos. El pétreo semblante de Lan habría sido el mismo si hubiera observado a un limpiabotas. Cuando el Capa Blanca habló de nuevo, su voz contenía un tono suspicaz.

—¿Qué tipo de gente quiere abandonar el abrigo de las murallas de noche en una época como ésta, con los lobos merodeando en la oscuridad y tras haberse contemplado una criatura del Oscuro que sobrevolaba la ciudad? —Observó la banda de cuero trenzado que cruzaba la frente de Lan, sujetando sus largos cabellos hacia atrás—. ¿Sois un norteño, eh?

Rand hundió la cabeza entre los hombros. Un Draghkar. Había de ser eso, a menos que aquel hombre considerase todo cuanto no alcanzaba a comprender como una criatura del Oscuro. Habiendo entrado un Fado en la posada, debiera haber sospechado la presencia de un Draghkar, pero en aquel momento su pensamiento se centraba en otra cuestión. Creyó reconocer la voz del Capa Blanca.

—Viajeros —repuso con calma Lan—, que no presentan ningún tipo de interés para vosotros.

—Todo el mundo excita el interés de los Hijos de la Luz. —Lan sacudió ligeramente la cabeza.

—¿Realmente os excita la perspectiva de crearos conflictos con el gobernador? Este ha limitado vuestro número en la ciudad e incluso os ha hecho seguir. ¿Qué hará cuando descubra que os dedicáis a provocar a honestos ciudadanos en sus puertas? —Se volvió hacia los vigilantes—. ¿Por qué habéis parado?

Los guardas vacilaron, volviendo a poner las manos en la manivela y titubearon nuevamente cuando el Capa Blanca tomó la palabra.

—El gobernador desconoce lo que ocurre delante de sus propias barbas. Hay una malevolencia que él no ve ni percibe. Pero los Hijos de la Luz mantienen los ojos bien abiertos. —Los vigilantes se miraron unos a otros, abriendo las manos como si echaran de menos las lanzas que habían dejado dentro de la casa—. Los Hijos de la Luz detectan el mal. —El Capa Blanca se giró hacia los que aguardaban montados—. Lo detectamos y lo arrancamos de cuajo, en todo lugar donde lo encontramos.

Rand trató de encogerse aún más, pero aquel movimiento llamó la atención del hombre.

—¿A quién tenemos aquí? ¿A alguien que no desea ser visto? ¿Qué…? ¡Ah! —El individuo se bajó la capucha de su blanca capa, mostrando una cara que Rand estaba ya seguro de haber identificado. Bornhald asintió con la cabeza con evidente satisfacción—. Sin duda, portero, os hemos evitado un gran desastre. Éstos son Amigos Siniestros a quienes ibais a ayudar a escapar de la Luz. Hubiéramos informado al gobernador para que os disciplinase o tal vez os hubiéramos puesto en manos de los interrogadores para descubrir las verdaderas intenciones de vuestro acto. —Abrió una pausa, para comprobar el temor en la expresión del hombre, lo cual no lo apiadó en lo más mínimo—. ¿No os gustaría eso, verdad? A cambio, me llevaré a estos rufianes a nuestro campamento para que puedan ser interrogados… en lugar de vos, ¿qué os parece?

—¿Vais a llevarme a vuestro campamento, Capa Blanca? —La voz de Moraine se alzó súbitamente procedente de todas direcciones. Al aproximarse los Hijos, se había retirado hacia la oscuridad, al abrigo de la sombra—. ¿Vais a interrogarme? —Las tinieblas la envolvieron al avanzar un paso, dándole la apariencia de una mayor estatura—. ¿Vais a cerrarme el paso?

Otro paso, y Rand abrió desencajadamente la boca. Era más alta, su cabeza estaba al mismo nivel que la de Rand, que estaba sentado sobre el lomo del rucio. Las sombras se prendían a su rostro como nubarrones tormentosos.

—¡Aes Sedai! —gritó Bornhald. Al punto cinco espadas abandonaron su vaina como impelidas por un resorte—. ¡Muere!

Sus cuatro compañeros dudaron, pero él la atacó con la espada siguiendo el mismo impulso con que la había desenfundado.

Rand emitió un grito al tiempo que Moraine alzaba su bastón para interceptar la hoja. Aquella madera tan finamente grabada no resistiría sin duda el impacto del acero. La espada chocó con la vara, las centellas saltaron como de un surtidor, y un rugido susurrante arrojó a Bornhald sobre sus amigos. Los cinco cayeron amontonados. De la espada de Bornhald brotaban espirales de humo y la hoja estaba doblada en ángulo recto en el punto en que casi se había fundido, a punto de partirse en dos.

—¡Osáis atacarme! —La voz de Moraine bramó como un torbellino.

La oscuridad la rodeaba, arropándola como una capa, mientras ella crecía hasta la altura de las murallas, desde donde bajó la mirada, como un gigante que observara una agrupación de insectos.

—¡Salid! —gritó Lan, el cual, en un abrir y cerrar de ojos, agarró las riendas de la yegua de Moraine y saltó sobre su propia silla—. ¡Rápido! —ordenó. Sus hombros rozaron las dos hojas de la puerta al cruzar de estampida su semental la angosta abertura.

Rand permaneció paralizado por un instante, observando. Ahora la cabeza y los hombros de Moraine sobrepasaban las almenas de la muralla. Los vigilantes y los Hijos se encogían ante ella, protegiendo sus espaldas contra las paredes de la caseta. La faz de la Aes Sedai se había perdido en la bóveda nocturna, pero sus ojos, tan grandes como dos lunas llenas, relampaguearon con impaciencia y furia al posarse sobre él. Tragando saliva, espoleó a Nube y partió al galope tras los demás.

A cincuenta pasos del muro, Lan los hizo parar, y Rand volvió la vista atrás. La sombra imprecisa y descomunal de Moraine se elevaba por encima de la larga empalizada, con la cabeza y la espalda fundidas en la oscuridad del cielo, rodeadas del halo plateado que despedía la luna oculta. Mientras miraba, boquiabierto, la Aes Sedai dio un paso por encima de la muralla. Las puertas comenzaron a cerrarse velozmente. Tan pronto como posó los pies en el otro lado, la mujer adoptó de nuevo su estatura habitual.

—¡Las puertas! —gritó una voz inquieta desde adentro, que Rand identificó como la de Bornhald—. ¡Debemos perseguirlos y darles caza!

Los vigilantes no aminoraron, no obstante, la frenética rapidez con que corrían las hojas. Éstas se cerraron con estruendo y momentos después la barra fue colocada en su lugar. «Tal vez algunos de los otros Capas Blancas no están tan ansiosos como Bornhald por enfrentarse con una Aes Sedai».

Moraine caminó apresuradamente hacia Aldieb y acarició el belfo de la blanca yegua antes de guardar su bastón bajo la cincha. Rand no precisó observarla aquella vez para tener la certeza de que no había quedado en la vara ni la más pequeña muesca.

—Erais mayor que un gigante —dijo sin aliento Egwene, revolviéndose sobre los lomos de Bela.

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