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El ojo del mundo

Электронная книга - «El ojo del mundo». Краткое содержание книги:

Rand Al’Thor y sus amigos disfrutan de una apacible vida en Campo de Emond hasta que Moraine, una joven misteriosa capaz de encauzar el Poder Único, llega al pueblo y anuncia el despertar de una terrible amenaza. Esa misma noche, Campo de Emond se ve atacado por espantosos trollocs. Mientras los habitantes del pueblo repelen el ataque, Moraine y su guardián ayudan a Rand y a sus amigos a escapar.
La huida sólo será el comienzo de sus problemas, ya que Moraine, miembro de la antiquísima orden de las Aes Sedai, cree que Rand Al’Thor está destinado a desempeñar un papel protagonista en los acontecimientos que se avecinan y de los que dependerá la supervivencia del mundo.
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—Reconozco que no le profeso gran simpatía —decía Nynaeve al Guardián mientras Rand cruzaba la habitación, conduciendo a Bela y Nube—, pero yo asisto a todo aquel que precise mi ayuda, le tenga aprecio o no.

—No he expresado ninguna acusación, Zahorí. Sólo os he advertido que administréis con precaución vuestras hierbas.

La joven lo miró de soslayo.

—Lo cierto es que ella necesita mis hierbas, y vos también. —Su voz, exacerbada en un principio, fue adquiriendo un tono más cáustico— lo cierto es que ella tiene limitaciones en el uso del Poder Único y ya ha hecho prácticamente cuanto podía sin venirse abajo. E igualmente cierto es que vuestra espada no le sirve ahora de nada a ella, Señor de las Siete Torres, pero mis hierbas sí.

Moraine posó una mano en el brazo de Lan.

—Tranquilo, Lan. No me quiere ningún mal. Lo que ocurre es que ella no lo sabe.

El guardián resopló con aire burlón. Nynaeve dejó de escarbar en el zurrón y lo miró ceñuda, pero sus palabras iban dirigidas a Moraine.

—Existen muchas cosas que desconozco. ¿Cuál es ésta?

—En primer lugar —respondió Moraine—, lo que realmente necesito es reposo. Por otra parte, os concedo razón: vuestra sabiduría y capacidades serán más útiles de lo que pensaba. Y ahora, ¿tenéis algo que me ayude a dormir durante una hora sin dejarme embotada?

—Una infusión suave de cola de zorra, agripalma y…

Rand no oyó el resto al seguir a Thom hacia una estancia contigua, igual de espaciosa y desolada, donde se superponían las capas de polvo, intactas hasta su llegada. El suelo no tenía siquiera marcas de huellas de pájaros o animalillos.

Rand se dispuso a desensillar a Bela y Nube, Thom a Aldieb y su mulo y Perrin, su caballo y Mandarb. Todos se pusieron manos a la obra menos Mat, el cual dejó caer sus riendas en medio de la habitación. Había dos puertas más aparte de la que habían franqueado.

—Un callejón —anunció Mat tras asomar la cabeza por la primera. La segunda era sólo un rectángulo negro en la pared posterior. Mat lo atravesó lentamente y salió con mucha más premura, sacudiéndose vigorosamente las telarañas que se habían prendido en su pelo—. No hay nada ahí —informó, dando una nueva ojeada al pasadizo.

—¿Vas a ocuparte de tu caballo? —preguntó Perrin, que ya había concluido con el suyo y quitaba la silla de Mandarb. Curiosamente el altivo semental se limitó a mirarlo fijo, mas no se le resistió en ningún momento—. Nadie va a hacerlo por ti.

Mat miró por última vez la abertura y se encaminó hacia su caballo.

Cuando depositaba la silla de Bela en el suelo, Rand advirtió que Mat había adoptado un aire taciturno. Sus ojos parecían perdidos a kilómetros de distancia y sus movimientos eran maquinales.

—¿Te encuentras bien, Mat? —inquirió Rand. Mat levantó los arreos del caballo y permaneció inmóvil, asiéndolos—. ¡Mat!

Con un sobresalto, Mat dejó caer las correas.

—¿Qué? Oh, eh… sólo estaba pensando.

—¿Pensando? —se mofó Perrin—. Estabas dormido.

—Estaba reflexionando sobre… —refirió Mat, ceñudo—, sobre lo que ha ocurrido allí. Sobre aquellas palabras que yo… —Todos centraron la vista en él. Prosiguió con cierto embarazo— bueno, ya habéis oído lo que ha dicho Moraine. Es como si yo hubiera hablado por boca de algún difunto. No me gusta nada eso. —Su entrecejo se arrugó aún más al escuchar las risitas de Perrin.

—El grito de guerra de Aemon, ha dicho… ¿verdad? Quizá tú seas el nuevo Aemon reencarnado. De la manera como refieres lo aburrido que es el Campo de Emond, habría jurado que te complacería eso: ser un rey y un héroe renacido.

—¡No digas eso! —Thom respiró hondo, atrayendo todas las miradas sobre sí—. Ese modo de hablar es arriesgado, insensato. Los muertos pueden renacer u ocupar el cuerpo de alguien vivo y no es ésta una cuestión de la que se pueda bromear tontamente. —Volvió a inspirar para calmarse antes de continuar—. La vieja sangre, ha dicho ella. La sangre, no un difunto. He oído que ello puede suceder a veces. Lo he escuchado, aunque nunca pensé que… Estos son tus orígenes, muchacho. Una cadena que llega hasta ti de tu padre y tu abuelo, hasta remontarse al pueblo de Manetheren y tal vez aún más lejos. Bien, en todo caso ahora ya sabes que participas de un antiguo linaje, Deberías dejar las cosas en este punto y alegrarte de ello. La mayoría de la gente apenas si posee la noción de haber tenido un padre.

«Algunos no tenemos siquiera esta certeza», pensó con amargura Rand. «Tal vez fuera cierto lo que dijo la Zahorí. Oh, Luz, ojalá lo fuera».

Mat asintió a las palabras del juglar.

—Supongo que sí. Pero… ¿creéis que tiene algo que ver con lo que nos ha pasado? ¿Los trollocs y todo lo demás? Quiero decir… oh, no sé lo que quiero decir en realidad.

—En mi opinión deberías olvidarlo y concentrarte en salir sano y salvo de aquí. —Thom sacó su larga pipa de debajo de la capa—. Me parece que voy a fumar un poco. —Y, con un displicente gesto de saludo, desapareció por la puerta principal.

—Todos estamos involucrados en esto. No es uno solo de nosotros —dijo Rand a Mat.

Mat se estremeció y enseguida soltó una breve carcajada.

—Bueno, ya que hablamos de compartir las cosas, ¿por qué no vamos a ver la ciudad, ahora que hemos terminado con los caballos? Una urbe magnífica, donde no hay que abrirse paso entre la gente a codazos y sin nadie que pueda espiar lo que hacemos. Todavía quedan una o dos horas antes de que oscurezca.

—¿No estarás olvidándote de los trollocs? —objetó Perrin.

—Lan ha afirmado que aquí no habría ninguno, ¿no te acuerdas? —repuso desdeñoso Mat—. Tienes que prestar más atención a lo que dicen las personas.

—Lo recuerdo —replicó Perrin—. Y no creas que no escucho. Esta ciudad, ¿Aridhol?, estuvo aliada a Manetheren. ¿Ves como sí escucho?

—Aridhol debió de ser la mayor población en tiempos de las Guerras de los Trollocs apuntó Rand—, para inspirar todavía temor en ellos. En cambio el miedo no les impidió ir a Dos Ríos, y Moraine dijo que Manetheren era… ¿cómo lo expresó?…, ah, sí una espina clavada en el pie del Oscuro.

—No menciones al Pastor de la Noche, te lo ruego —pidió Perrin con las manos en alto.

—¿Qué decidís? —preguntó riendo Mat—. Vamos.

—Deberíamos pedir permiso a Moraine —arguyó Perrin.

—¿Pedir permiso a Moraine? —inquirió Mat—. ¿Acaso piensas que nos dejará apartarnos de ella? ¿Y qué me dices de Nynaeve? Rayos y truenos, Perrin, ¿y por qué no pedírselo también a la señora Luhhan, ya puestos a ello?

Al asentir de mala gana Perrin con la cabeza, Mat se volvió, sonriente, hacia Rand.

—¿Y tú qué opinas? ¡Una auténtica metrópoli, con palacios! —Soltó una carcajada maliciosa—. Y ningún Capa Blanca que vaya a meter las narices por ahí.

Rand vaciló sólo un minuto. Aquellos palacios parecían salidos del relato de un juglar.

—De acuerdo —accedió.

Caminando despacio para no hacer ningún ruido, salieron por el callejón, el cual siguieron por la parte trasera del edificio hasta desembocar en una calle. Aceleraron el paso y, cuando se encontraron a una manzana de distancia de la construcción de piedra blanca, Mat comenzó a brincar de improviso.

—Libres —se regocijó—. ¡Libres! —Apaciguó sus saltos y comenzó a girar sobre sí, contemplando risueño cuanto había a su alrededor. Las sombras de la tarde extendían sus filamentos y el sol que se ponía bañaba de oro la ciudad en ruinas—. ¿Habíais llegado a imaginar en sueños un lugar como éste?

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