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El ojo del mundo

Электронная книга - «El ojo del mundo». Краткое содержание книги:

Rand Al’Thor y sus amigos disfrutan de una apacible vida en Campo de Emond hasta que Moraine, una joven misteriosa capaz de encauzar el Poder Único, llega al pueblo y anuncia el despertar de una terrible amenaza. Esa misma noche, Campo de Emond se ve atacado por espantosos trollocs. Mientras los habitantes del pueblo repelen el ataque, Moraine y su guardián ayudan a Rand y a sus amigos a escapar.
La huida sólo será el comienzo de sus problemas, ya que Moraine, miembro de la antiquísima orden de las Aes Sedai, cree que Rand Al’Thor está destinado a desempeñar un papel protagonista en los acontecimientos que se avecinan y de los que dependerá la supervivencia del mundo.
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—Ya te he dicho, hija, que las cosas no poseen ninguna clase de poder. El Poder Único procede de la Fuente Verdadera y únicamente puede controlarlo la mente de un ser vivo. Esto no es siquiera un angreal, sino una mera ayuda para la concentración. —Devolvió con gesto fatigado la vara a la correa de la cincha—. Lan…

—Seguidme y guardad silencio —indicó el Guardián—. Si los trollocs nos oyen, darían al traste con nuestros planes.

Tomó rumbo norte una vez más, aunque no al ritmo arrollador de antes sino al trote ligero con que habían viajado por el camino de Caemlyn. El terreno iba allanándose, pero la espesura era tan densa como la que habían dejado atrás.

Sus pasos no seguían ahora un itinerario tan recto como el anterior, puesto que Lan tomaba un derrotero plagado de pedregales y salientes, en el que ya no les permitía forzar a las cabalgaduras entre la maraña de maleza, tomándose, por el contrario, el tiempo suficiente para dar los rodeos necesarios. De vez en cuando se quedaba en retaguardia y escrutaba con detenimiento el rastro que dejaban. Si alguien osaba toser, recibía un reprobador gruñido del Guardián.

Nynaeve cabalgaba junto a la Aes Sedai, con un semblante en que la preocupación había sustituido a la aversión. Y también denotaba algo más, en opinión de Rand, como si la Zahorí vislumbrara una futura victoria. Moraine tenía los hombros abatidos y retenía las riendas con las dos manos, tambaleándose a cada paso que daba Aldieb. Era evidente que el hecho de haber dispuesto un rastro falso, por más insignificante que pudiera aparecer comparado con el terremoto y el muro de llamas, le había mermado una fortaleza ya un tanto precaria.

Rand casi deseó oír otra vez el toque de los cuernos, puesto que éste le indicaba al menos la posición de los trollocs. Y de los Fados.

Comoquiera que no dejaba de mirar atrás, no fue el primero en advertir lo que les aguardaba enfrente. Al verlo, se sumió en una contemplación perpleja: una gran masa irregular se extendía en todo el terreno que abarcaba la vista, en la mayoría de los puntos con una altura superior a la de los árboles que crecían junto a ella, con espirales aún más imponentes de vez en cuando. Las plantas trepadoras y los sarmientos, desprovistos de hojas, formaban un espeso manto que la cubría en su totalidad. ¿Un acantilado? «Los sarmientos facilitarán la escalada, pero no lograremos que los caballos suban por aquí».

De súbito, cuando se acercaban, divisó una torre. Era claramente una torre y no algún tipo de formación rocosa, con una extravagante cúpula por remate.

—¡Una ciudad! —exclamó.

Había también murallas y las espirales eran torreones de guardia diseminados en ella. La contempló con la mandíbula desencajada. Debía de ser por fuerza diez veces mayor que Baerlon, o cincuenta veces.

—Una ciudad —acordó Mat, asintiendo con la cabeza—. ¿Pero qué diablos hace una ciudad así en medio de un bosque como éste?

—Y sin habitantes —añadió Perrin señalando sus muros—. ¿Acaso dejaría la gente crecer las plantas hasta el punto de cubrirlo todo? Fijaos en los edificios derruidos.

Rand miró de nuevo la ciudadela, confirmando las observaciones de Perrin. Bajo cada uno de los tramos más bajos de la muralla había un montículo cubierto de maleza, que no era más que los escombros de la pared derrumbada. Ninguna de las torres de vigilancia tenía igual altura.

—¿Qué burgo debió de ser éste? —musitó Egwene—. ¿Qué debió de haber ocurrido aquí? No recuerdo que estuviera en el mapa de mi padre.

—En un tiempo se llamó Aridhol —informó Moraine—. En la época de las Guerras de los Trollocs, fue un aliado de Manetheren. —Con la vista perdida en los muros parecía no tener conciencia de la presencia de los demás, incluso de Nynaeve, que la sostenía sobre la silla con una mano en su brazo—. Después Aridhol falleció y este lugar recibió otro nombre.

—¿Cuál? —preguntó Mat.

—Por aquí —dijo Lan, y se detuvo delante de lo que antaño había sido una puerta capaz de dar entrada a cincuenta hombres a un tiempo cuyo único rastro eran los torreones rodeados de lianas—. Entremos por aquí. —Los cuernos de los trollocs bramaron en la lejanía. Lan miró hacia el lugar de donde provenían; después observó el curso del sol, que se abatía sobre las copas de los árboles de poniente—. Han descubierto que era un falso rastro. Venid, debemos refugiarnos antes del ocaso.

—¿Cuál era el nombre? —volvió a inquirir Mat.

—Shadar Logoth —repuso Moraine, mientras se adentraban en la ciudad—. Se llama Shadar Logoth.

19

Sombras en ciernes

El pavimento resquebrajado crujía bajo las herraduras de los caballos al penetrar en el recinto. Toda la ciudad estaba en ruinas y tan solitaria como había augurado Perrin. Ni una paloma aleteaba allí y las hierbas, muertas y resecas en su mayoría, brotaban de las hendiduras de las paredes y el empedrado. La mayor parte de los edificios había perdido la techumbre y las paredes derrumbadas esparcían abanicos de ladrillo y piedra en las calles. Las torres se erguían, abruptas y melladas, como estacas quebradas. Algunos irregulares promontorios de escombros en cuyas laderas crecían raquíticos árboles hubieran podido ser los restos de palacios o de todo un sector de la población.

Con todo, lo que permanecía en pie bastaba para cortar el aliento de Rand. Los más grandes edificios de Baerlon se habrían achicado a la sombra de casi todos los que se alzaban allí. Sus ojos encontraban en todas direcciones suntuosos palacios de pálido mármol coronados de enormes cúpulas. Todas las construcciones tenían, al parecer, una cúpula; algunas incluso poseían cuatro o cinco, cada uno de ellas elaborada con distintas formas. Largas avenidas flanqueadas de columnas cubrían trechos a cien pasos de torres que parecían rozar el cielo. En los cruces había, sin excepción, una fuente de bronce, la aguja de un monumento, una estatua o un pedestal. A pesar de que no manaba agua de las fuentes y de que muchas de las estatuas se hallaban rotas, los vestigios eran tan fastuosos que no podía evitar maravillarse ante ellos.

«Y yo que pensaba que Baerlon era una ciudad! ¡Qué me aspen si Thom no ha estado riéndose a costa mía! ¡Y también Moraine y Lan!»

Estaba tan absorto en su contemplación que lo tomó por sorpresa la parada realizada por Lan delante de un edificio de piedra blanca que en otro tiempo había sido dos veces mayor que la posada del Ciervo y el León de Baerlon. Ningún indicio apuntaba la función que debió de cumplir cuando la ciudad estaba habitada. De los pisos superiores sólo restaba un hueco cascarón, por cuyas ventanas, ahora carentes de cristal y de marco, se advertía el cielo de la tarde, pero la planta baja tenía un aspecto resistente.

Moraine, con las manos todavía en la perilla de la silla, examinó el caserón antes de asentir.

—Será adecuado —dictaminó.

Lan, desmontó de un salto y tomó en brazos a la Aes Sedai.

—Haced entrar los caballos —ordenó—. Buscad una habitación en la parte trasera para utilizar como establo. Moveos, campesinos. Esto no es el prado de vuestro pueblo. Desapareció en el interior, acarreando a la Aes Sedai.

Nynaeve bajó de su montura y se apresuró a caminar tras él, trasegando su bolsa de hierbas y ungüentos, seguida de Egwene. Ambas dejaron los caballos en la entrada.

—Haced entrar los caballos —murmuró agriamente Thom, ahuecándose los bigotes. Después puso rígida y lentamente los pies en tierra, se palpó la espalda, exhaló un largo suspiro y tomó a Aldieb de las riendas—. ¿Y bien? —inquirió, enarcando una ceja en dirección a Rand y sus amigos.

Desmontaron a toda prisa y reunieron los caballos restantes. El umbral, que no conservaba ni el más mínimo rastro de puerta, era lo bastante amplio para que lo traspusieran los animales, incluso por pares.

Dentro había una espaciosa estancia, de dimensiones tan enormes como el propio edificio, con un polvoriento suelo de arcilla y algunos tapices rasgados que colgaban, con descoloridos tonos parduscos, amenazando con hacerse trizas al mínimo contacto. No había nada más allí. Lan había improvisado un lecho para Moraine con su capa y la de ella. Nynaeve, que se quejaba acerca del polvo, se encontraba de rodillas junto a la Aes Sedai, revolviendo en su bolsa, que mantenía abierta Egwene.

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