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Nostromo

Электронная книга - «Nostromo». Краткое содержание книги:

Nostromo (1904), a story of revolution, politics, and financial manipulation in a South American republic, centres, for all its close-packed incidents, upon one idea—the corruption of the characters by the ambitions that they set before themselves, ambitions concerned with silver, which forms the republic’s wealth and which is the central symbol around which the novel is organized. The ambitions range from simple greed to idealistic desires for reform and justice. All lead to moral disaster, and the nobler the ambition the greater its possessor’s self-disgust as he realizes his plight.
Encyclopædia Britannica
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– ¿Cuál es la casa Avellanos?

Un portero medroso contestó al fin "ésta", y desapareció en la sombra de la puerta. La carta, traída por el jinete, escrita en lápiz junto a la hoguera del campamento de Hernández, iba dirigida a don José, cuyo estado crítico no conocía el sacerdote. Antonia la leyó, y después de consultar a Carlos Gould, la envió a los señores que defendían el Club Amarillo para enterarles de los proyectos del padre. La joven había tomado su resolución: partiría a reunirse con su tío, y confiaría el último día -las últimas horas tal vez- de la vida de su padre al cuidado del bandido, cuya existencia era una protesta viva contra la tiranía irresponsable de todos los partidos por igual y contra la ausencia absoluta de moralidad en el país. Preferible era la selvatiquez sombría de los bosques de Los Hatos; una vida de azares y penalidades en pos de una tropa de bandidos le parecía menos degradante. Antonia se unía con toda su alma al reto obstinado que su tío lanzaba a la fortuna adversa; y para ello se fundaba en la confianza puesta en el hombre a quien amaba.

En su misiva el vicario general respondía con su cabeza de la fidelidad de Hernández, y en cuanto al poder de éste, cumplidamente lo demostraban los muchos años que había permanecido en lucha con las tropas del gobierno. Luego exponía la idea de Decoud de constituir un Estado Occidental, haciéndola pública por primera vez y utilizándola como argumento anticipado. (El florecimiento y estabilidad de ese nuevo Estado son generalmente conocidos hoy).

Hernández, ex bandido y último general de creación riverista, confiaba en que podía sostener bajo su dominio el trozo de país comprendido entre los bosques de Los Hatos y la sierra costera, hasta que el abnegado patriota don Martín Decoud lograba traer de nuevo a Sulaco al general Barrios para la reconquista de la ciudad.

"¡El Cielo lo quiere!!La Providencia está de nuestra parte!", escribía el padre Corbelán. No hubo tiempo de considerar y discutir tales afirmaciones; y, aunque las declaraciones favorables o adversas promovidas por la lectura de la carta en el Club Amarillo fueron violentas, el debate no se prolongó. En el estupor general causado por la caída del gobierno, unos acogieron el proyecto con regocijo y admiración, descubriendo en él con inesperada sorpresa el alborear de una nueva esperanza. A otros les fascinó la perspectiva de obtener por el momento la salvación personal de sus mujeres e hijos. La mayoría se asió a la idea, como el que se ahoga se agarra a un clavo ardiendo. El padre Corbelán les ofrecía de improviso un refugio contra las gentes de Pedrito Montero, aliadas con la chusma armada de los señores Fuentes y Camacho.

A hora avanzada de la tarde surgieron animadas discusiones en las salas espaciosas del Club Amarillo. Hasta los miembros, que estaban apostados a las ventanas con fusiles y carabinas para defender el extremo de la calle, en el caso de repetirse la ofensiva del populacho, expusieron a voces, volviendo la cabeza, sus opiniones y argumentos. Al oscurecer, don Justo López invitó a los caballeros que eran de sus ideas a retirarse al corredor, donde en una mesita a la luz de dos candelas se ocupó en componer una alocución, o mejor dicho, una declaración solemne, que debería ser presentada a Pedrito Montero por una diputación de los representantes provinciales, elegidos para permanecer en la ciudad. El fin era conciliarse la benevolencia del guerrillero, y ver de salvar la forma, al menos, de las instituciones parlamentarias. Sentado ante una blanca hoja de papel, con una pluma de ave en la mano, y rodeado por todas partes, se volvía cuándo a la derecha, cuándo a la izquierda, repitiendo con grave insistencia:

– ¡Caballeros, un momento de silencio! ¡Un momento de silencio! Es indispensable demostrar que nos inclinamos de buena fe ante los hechos consumados.

Estas palabras parecieron procurarle una satisfacción melancólica. La barahúnda de voces a su alrededor crecía en intensidad y estridencia. De repente sobrevenía un silencio, y las muecas producidas por la excitación en los semblantes se disipaban a la vez en la inmovilidad de un profundo abatimiento.

Entretanto había comenzado el éxodo. Carretas llenas de señoras y niños cruzaban con ruido la plaza, escoltadas por peones o jinetes; tras ellas iban grupos montados en mulas y caballos; los pobres partían a pie, hombres y mujeres, con bultos de enseres a la espalda, llevando en los brazos niños de pecho, tirando de los ancianos y los chicuelos.

Cuando Carlos Gould, después de dejar al doctor y al ingeniero en casa de Viola, penetró en la ciudad por la entrada del puerto, todos los que quisieron huir se habían ido, y los restantes se habían encerrado en sus casas, trancando las puertas. En toda la calle reinaba oscuridad, excepto solamente en un sitio donde se movían figuras entre luces oscilantes; y allí el señor administrador reconoció el carruaje de su mujer, que aguardaba a la puerta de la casa de los Avellanos. Llegó allí a caballo casi sin ser visto, y contempló silenciosamente a varios de sus criados, en el momento de salir por la puerta llevando a don José Avellanos, que con los ojos cerrados y las facciones inmóviles tenía todo el aspecto de un cadáver. Su esposa y Antonia iban a cada lado de la improvisada camilla, la cual fue puesta inmediatamente dentro del carruaje. Las dos mujeres se despidieron con un abrazo, mientras, del otro lado del landó, el emisario del padre Corbelán, con hirsuta barba veteada de gris, y bronceados pómulos salientes, las miraba de hito en hito, erguido en la silla de su cabalgadura. Entonces Antonia entró en el landó, con los ojos enjutos, se acomodó al lado de la camilla y, después de santiguarse rápidamente, echó sobre su rostro un velo tupido. Los criados y tres o cuatro vecinos que habían venido a ayudar se quedaron atrás, con las cabezas descubiertas. En el pescante Ignacio, resignado a guiar toda la noche (y a morir tal vez degollado antes de apuntar la aurora), echó por encima del hombro una mirada triste.

– ¡Guíe usted con cuidado! -recomendó la señora de Gould con voz trémula.

– Sí, niña, sí, con cuidado -masculló el cochero mordiéndose los labios y temblándole los redondos y coriáceos carrillos, mientras el landó empezaba a rodar lentamente saliendo del círculo de luz.

– Voy a acompañarlos hasta el vado -dijo Carlos Gould a su mujer, que de pie al borde de la acera cruzó las manos e hizo una inclinación a su esposo al marchar tras el carruaje.

Ahora las ventanas del Club Amarillo no tenían luz, y los últimos chispazos de la resistencia se habían extinguido. Al volver la cabeza en la esquina, Carlos Gould vio a su esposa cruzar la parte iluminada de la calle en dirección a casa. Uno de sus vecinos, comerciante muy conocido y propietario de la provincia, iba al lado de ella hablando con grandes gestos. En penetrando la señora de Gould en el portal, se apagaron las luces de la calle, que quedó oscura y desierta de un extremo a otro.

Las casas de la anchurosa plaza desaparecieron en las tinieblas. En lo alto, como una estrella, brillaba una pequeña luz en una de las torres de la catedral; y la estatua ecuestre resaltaba con su palidez sobre el negro fondo de los árboles de la Alameda, remedando un fantasma de la realeza, surgido entre las escenas de la revolución. Él carruaje siguió su camino, encontrando raros paseantes, que se apartaban a toda prisa pegándose a la pared. Pasadas las últimas casas, el landó empezó a rodar sin ruido sobre un blanco piso polvoriento, y al espesarse la oscuridad, una sensación de frescura parecía caer del follaje de los árboles que orlaban el camino de la campiña. El emisario del campamento de Hernández acercó su caballo al de Carlos Gould.

– Caballero -le dijo con acento de curiosidad-, ¿es usted el amo de la mina, a quien llaman el Rey de Sulaco?

– Sí, yo soy el amo de la mina -respondió Carlos Gould.

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