Nostromo
- Автор: Конрад Джозеф
- Год: 1904
- Язык: испанский
- Жанр: Классическая проза
Электронная книга - «Nostromo». Краткое содержание книги:
Encyclopædia Britannica
"El garibaldino, que a fuer de tal, y en su ignorancia supina de la religión, abominaba de los sacerdotes y de las ceremonias, después de haber recorrido un buen trecho, yendo a mi lado, dijo de pronto:
– "He enterrado a muchos hombres en los campos de batalla, en este continente. Los curas hablan de tierra sagrada. ¡Bah! Toda la tierra, hecha por Dios, es santa. Pero el mar, que no sabe nada de reyes, sacerdotes ni tiranos, es lo más santo de todo. Doctor, desearía sepultarla en el mar, sin mojigaterías de candelas, incienso, agua bendita, ni mosconeo de curas. El espíritu de libertad está sobre las aguas…
"¡Asombroso sectarismo exaltado el del viejo! Todo ello lo refunfuñó como hablando consigo."
– Sí, sí -interrumpió el capitán Mitchell impaciente-. ¡Pobre anciano infeliz! Pero ¿tiene usted alguna idea de la manera con que ese bandido de Sotillo ha obtenido sus noticias? Supongo que no habrá apresado a ninguno de los cargadores, elegidos por mí para trasladar la vagoneta. No, no es posible. Eran hombres de los de mayor confianza que hemos tenido al servicio de las lanchas en los últimos cinco años, y les pagué su trabajo de un modo especial, mandándoles no aparecer por el puerto en el espacio de veinticuatro horas al menos. Yo mismo los vi con mis propios ojos marchar con los italianos a los cercados del ferrocarril. El ingeniero que mandaba los obreros prometió darles raciones mientras necesitaran permanecer allí.
– Bien -aseguró con sosiego el doctor-. Ya puede usted despedirse para siempre de su mejor gabarra y del capataz de cargadores.
El capitán Mitchell, sobreexcitado por tan terrible anuncio, se puso de pie con increíble rapidez; y su compañero, sin darle tiempo a prorrumpir en exclamaciones de pena, le refirió en breves palabras la aventura de Hirsch durante la noche. El tratante en pieles aseguraba que la gabarra había sido echada a pique.
El superintendente del puerto lo oyó abatidísimo.
– ¡Ahogado! -musitaba en un cuchicheo de estupor y espanto-. ¡Ahogado!
Después calló, como si escuchara, pero en realidad estaba tan absorto en el pensamiento de la catástrofe, que no le era dable seguir con atención el relato del doctor. Éste se había mostrado del todo ignorante respecto a lo ocurrido con la plata, hasta que por fin Sotillo se decidió mandar que le llevaran a Hirsch. Hízole repetir toda la historia, que le fue arrancada con suma dificultad, porque a cada momento se interrumpía con lamentaciones. Por último retiraron a Hirsch, más muerto que vivo, y le encerraron en una de las habitaciones del piso alto, para tenerle a mano.
Entonces, haciendo resaltar la circunstancia de que a él no se le había admitido en las reuniones íntimas de Santo Tomé, expresó su opinión de que la historia de Hirsch parecía increíble. Por supuesto ignoraba la parte que en todo ello hubieran podido tener los europeos, porque había estado curando a los heridos sin abandonarlos y asistiendo a don José Avellanos.
Tal indiferencia e imparcialidad supo fingir, que Sotillo pareció convencido de su perfecta inocencia. Hasta entonces se habían practicado los interrogatorios, dándoles la apariencia de una indagatoria en regla: uno de los oficiales, sentado a la mesa, escribía las preguntas y las respuestas, mientras los demás, acomodados perezosamente en los sillones, sacaban bocanadas de humo de sus largos puros, escuchando atentamente con los ojos clavados en el doctor. Pero entonces Sotillo los mandó salir a todos menos a Monygham.
Capítulo III
En cuanto estuvieron solos, cambió el continente severo y oficial del coronel. Levantóse y, con los ojos brillando de codicia y esperanza, se acercó al doctor y le habló en tono confidencial. "La plata pudo muy bien haber sido cargada en la gabarra; pero no era creíble que se hubieran lanzado con ella a alta mar." El doctor, atento a todas las palabras de Sotillo, asentía con leves inclinaciones de cabeza, fumando con ostensible delectación el puro que aquél le había ofrecido en señal de sus amistosas intenciones. El frío despego que respecto a los demás europeos manifestaba el doctor animó a Sotillo a seguir franqueándose hasta que de conjetura en conjetura llegó a indicar que, a su juicio, todo ello era un arbitrio ideado por Carlos Gould para quedarse con el inmenso tesoro, todo para él. El doctor, que le oía atento y sosegado, musitó:
– Es muy capaz de ello.
A lo que el capitán Mitchell exclamó con asombro mezclado de ironía e indignación:
– ¿Eso ha dicho usted de Carlos Gould?
En el tono de esas palabras había un dejo de desprecio y desconfianza, porque para Mitchell como para los demás europeos la persona del doctor tenía algo de sospechosa.
– ¿Qué endemoniados motivos pudo usted tener para decir semejante cosa a ese canalla, ladrón de relojes? -interrogó-. ¿A qué fin levantar una calumnia tan infernal? El maldito timador tiene sobrada malicia para creer tamaña impostura.
El capitán Mitchell bufaba de indignación. Su compañero guardó silenció breves momentos, y luego dijo:
– Sí, eso es precisamente lo que respondí.
Un observador imparcial hubiera advertido que el silencio anterior era efecto de la reflexión, no de titubeo. Mitchell pensaba entre tanto no haber oído en su vida nada más desvergonzado e insolente.
– ¡Bien! ¡Bien! -refunfuñó para sí, no atreviéndose a manifestar lo que sentía.
Esta desazón fue reemplazada por una impresión de asombro y disgusto. Un poderoso sentimiento de pena y desmayo le abatió; representáronsele la pérdida de la plata y la muerte de Nostromo, que era para él una pérdida más sensible, porque había cobrado gran afecto a su capataz, como el que suele cobrarse a los inferiores muy capaces y de supuesta fidelidad por amor a la comodidad propia y también por cierta gratitud casi inconsciente. Y cuando pensó luego en que Decoud era otra víctima, sintió una pena abrumadora ante aquel fin tan desgraciado. ¡Qué desgracia tan terrible para la señorita Avellanos!
El capitán Mitchell no pertenecía a la clase de solterones adustos; al contrario, veía con gusto a los jóvenes galantear a sus novias; le parecía lo más natural y puesto en razón. Sobre todo, esto último. En cuanto a los marinos, la cuestión variaba. No les convenía casarse -sostenía- por razones de orden moral, porque, según explicaba, la vida a bordo no es para la mujer, y si se deja en tierra a la esposa, lo cual es por otra parte injusto, se corre el riesgo de hacerla sufrir o de que acabe quedándose indiferente: contingencias ambas detestables.
Le era imposible precisar cuál era lo que más le trastornaba: si la pérdida del inmenso tesoro de Carlos Gould, o la muerte de Nostromo, que representaba para él la seguridad y perfección en el desempeño de su cargo, o el duelo de una joven tan hermosa y cabal.
– Sí -recomenzó el doctor, que al parecer había seguido reflexionando-, me creyó sin dificultad, y hasta pensé que iba a darme un abrazo. "Sí, sí (dijo): escribirá a su socio, el rico americano de San Francisco, diciéndole que todo se ha perdido. ¿Cómo no? Así tendrá -plata en abundancia para repartir con mucha gente. "
– Pero ¡eso es perfectamente tonto! -exclamó el capitán Mitchell.
El otro advirtió que Sotillo lo era, pero con una tontería bastante lúcida para hacerle discurrir pistas falsas en que extraviarse. Por su parte, añadió el doctor que se había limitado a ayudarle un poco en sus desatinadas cavilaciones.
– Le hice notar -dijo el doctor-, como si la idea se me hubiera ocurrido en aquel momento, que los tesoros suelen guardarse, sepultándolos en tierra, antes que internándolos en el mar en una lancha; y a esto contestó Sotillo, golpeándose la frente: "Por Dios, que han debido enterrarlo en la arena del puerto, antes de zarpar la gabarra."
– ¡Cielos y tierra! -murmuró el capitán Mitchell-. Jamás he creído que pudiera haber nadie bastante bruto para… (Se interrumpió y luego dijo en tono apenado:) Pero ¿qué provecho se saca de todo eso? La mentira hubiera sido ingeniosa, si la gabarra estuviera todavía a flote con la plata, porque hubiera impedido que ese idiota inconcebible enviara el vapor a explorar el golfo. Ese era el peligro que me inquietó lo indecible antes de saber la desgracia -añadió el capitán Mitchell suspirando.