Nostromo
- Автор: Конрад Джозеф
- Год: 1904
- Язык: испанский
- Жанр: Классическая проза
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Encyclopædia Britannica
– ¡Cómo! ¿Le detiene a usted realmente Sotillo? -exclamó el ingeniero en jefe, cuyo monóculo brillaba a la luz de la hoguera.
Un oficial desde la parte superior de la escalera ordenó en voz alta con urgencia:
– Háganlos ustedes subir… a todos los tres.
Entre el clamor de voces y el crujir de armas, el capitán Mitchell se hizo oír confusamente:
– ¡Por el cielo! El prójimo me ha robado el reloj.
El ingeniero en jefe resistió al empuje que le obligaba a subir la escalera, lo bastante para exclamar:
– ¡Cómo! ¿Qué dice usted?
– ¡Mi cronómetro! -gritó el capitán Mitchell indignado en el momento preciso de ser arrojado de cabeza por una puertecilla al interior de una especie de celda, en completa oscuridad y tan estrecha, que chocó contra la pared.
La puerta se cerró al punto. Nuestro hombre conoció que le habían metido en la llamada cámara fuerte de la Aduana, de donde se había sacado la plata pocas horas antes. Era casi tan estrecha como un corredor, y tenía una pequeña abertura cuadrada, obstruida por sólidas barras de hierro en el extremo más distante. El capitán Mitchell dio algunos pasos vacilantes, y se sentó en el piso de tierra, de espaldas a la pared. Nada, ni siquiera la menor claridad, le impidió entregarse a la meditación. Reflexionó intensamente, pero moviéndose sus pensamientos en círculo muy reducido. No dominó en ellos la nota tétrica.
El viejo marino, a pesar de todas sus pequeñas debilidades y extravagancias, era por temperamento incapaz de alimentar por largo tiempo temor de su seguridad personal. Más que fortaleza, era falta de cierta clase de imaginación, la que, desenvuelta en grado extremo, hacía padecer tanto al señor Hirsch; esa clase de imaginación que añade el terror ciego de los padecimientos físicos y de la muerte, considerada como un accidente puramente corporal, a todas las demás aprensiones en que se funda nuestro sentido de la vida. Por desgracia el capitán Mitchell carecía de gran penetración; y por lo mismo, los pormenores de expresión, gesto o movimiento, reveladores y significativos de estados de ánimo, se le pasaban del todo inadvertidos. Tan pomposa e ingenuamente se hallaba poseído de sí mismo, que no le quedaba atención para observar el modo de ser de los demás. Por ejemplo, no le cabía en la cabeza que Sotillo hubiera tenido en realidad miedo de él; y esto sencillamente porque nunca le hubiera ocurrido disparar un tiro a nadie, a no ser en un caso extremo de defensa propia. A la vista de todo el mundo estaba que él no era un asesino (pensaba con toda gravedad). Y entonces, ¿qué razón había para aquella acusación absurda e injuriosa?, se preguntó. Pero sus pensamientos giraban principalmente sobre la cuestión misteriosa e insoluble: ¿Cómo diablos había llegado el hombre a tener noticia del traslado de la plata en la gabarra? Evidentemente no la había capturado. Se confirmaba en esta conclusión guiándose equivocadamente por el estado del tiempo que había observado durante su prolongada vigilia en el muelle. Creía que aquella noche había hecho en el golfo más viento que de ordinario, cuando lo ocurrido era todo lo contrario. ¿Por qué incomprensibles medios había olfateado la cosa el condenado de Sotillo? Esta pregunta es la primera que se le ocurrió inmediatamente de sonar el ruido de abrir la puerta (que fue cerrada de nuevo sin darle apenas tiempo a levantar la cabeza). A la claridad que penetró por la entrada había divisado que tenía un compañero de prisión. La voz del doctor Monygham interrumpió la serie de maldiciones que estaba mascullando en inglés y en español.
– ¿Es usted, Mitchell? -preguntó en tono agrio. -He dado con la cabeza en el maldito muro un golpe capaz de derribar a un toro. ¿Dónde está usted?
El capitán Mitchell, acostumbrado a la oscuridad, pudo describir al doctor, que alargaba las manos a ciegas.
– Estoy sentado aquí en el suelo. No caiga usted sobre mis piernas -avisó Mitchell con tono grave.
El doctor, al ser rogado que no anduviera en las tinieblas, se sentó también en el suelo. Los dos prisioneros de Sotillo, con las cabezas casi tocándose, empezaron a comunicarse confidencias.
– "Pues sí, -refirió el doctor en voz baja al capitán Mitchell, que escuchaba con vehemente curiosidad:- nos han cazado en la vieja casa de Viola. Según parece, uno de los piquetes, mandado por un oficial, avanzó hasta la puerta de la ciudad. No tenían orden de penetrar en ella, sino de llevarse a toda alma viviente que encontraran en el llano.
"Nosotros habíamos estado hablando en el hotel con la puerta abierta, y sin duda vieron el resplandor de la luz. Debieron acercarse con gran lentitud. El ingeniero descansaba tendido en un banco junto al hogar, y yo subí al primer piso a echar un vistazo. Hacía mucho tiempo que no oía ruido alguno. El viejo Viola, tan luego como me vio llegar, levantó el brazo recomendándome silencio. Me acerqué de puntillas. Pardiez, la enferma estaba acostada y se había quedado dormida. Nada, que realmente había empezado a dormir.
– "Señor doctor -me dijo Viola en voz baja-, parece que se le alivia la opresión.
– "Sí -respondí muy sorprendido-, su esposa es una mujer admirable, Giorgio.
"En aquel mismo punto sonó en la cocina un tiro, que nos hizo dar un salto y temblar como si hubiera estallado un trueno sobre nuestras cabezas.
"Los soldados se habían aproximado furtivamente y deslizándose hasta la puerta. Uno de ellos miró al interior, creyó que no había nadie, y con el fusil preparado entró tranquilamente. El ingeniero jefe me contó después que acababa de cerrar los ojos un momento. Cuando los abrió, vio al hombre ya en medio del cuarto explorando los rincones oscuros.
Asustado el ingeniero, se levantó de un salto, sin pensar, saliendo del retiro que ocupaba a la derecha del hogar. El soldado, no menos sorprendido, enfila el fusil y dispara ensordeciendo al ingeniero y dejándole atontado, pero errándole a causa de su precipitación.
"Y ahora vea usted lo que resultó. Al ruido de la detonación, la enferma, que dormía, se incorporó como movida por un resorte, gritando: "¡Las niñas, Gian Battista! ¡Salva a las niñas!" Parece que estoy oyéndola. Fue el clamor más angustioso que he oído en mi vida. Me quedé paralizado, pero el marido corrió al lado de la cama con los brazos tendidos. Ella se asió a ellos; vi que sus ojos estaban vidriosos; el viejo la recostó en la almohada, y se volvió a mirarme. ¡Estaba muerta! Todo esto pasó en menos de cinco minutos, e inmediatamente bajé corriendo a ver lo que había sido. Era inútil pensar en resistencia de ningún género. Tampoco serviría de nada lo que el ingeniero y yo pudiéramos decir al oficial; así que me ofrecí voluntariamente a subir con un par de soldados y recoger al viejo Viola.
"Estaba sentado a los pies de la cama, mirando el rostro de su mujer, y no dio señales de entender lo que yo le decía; pero después de haber cubierto yo la cabeza de la difunta con la sábana, se levantó y nos siguió tranquilamente por las escaleras abajo, con aire de estar absorto en sus pensamientos. Nos condujeron por el camino, dejando la puerta abierta y la candela encendida. El ingeniero en jefe caminó sin proferir una palabra, pero yo volví la cabeza una o dos veces para mirar el débil resplandor de la puerta.