Zapatos de caramelo
- Автор: Харрис Джоанн
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Zapatos de caramelo». Краткое содержание книги:
Su vida en París es monótona y convencional, tanto como su novio Thierry, y cree que casándose con él aportará estabilidad y normalidad a su vida, a la de su hija Annie, que ahora tiene 10 años, y a la de la pequeña Rosette.
Yanne, sola en la gran ciudad, encuentra en la joven Zozie una buena amiga hasta que se ve obligada a despertar sus poderes dormidos en la víspera de su boda, momento en que su viejo amor Roux reaparece en su vida.
Todo lo cual me retrotrae a Vianne Rocher.
Esa sí que es una adversaria digna de mí: ni más ni menos que una bruja y, pese a sus absurdos escrúpulos y a su sentimiento de culpa, poderosa. Tal vez es la única contrincante de las que hasta ahora he encontrado que merece la pena. Aquí está, me aguarda con esa serena certeza en la mirada, y sé que por fin me ve claramente, se percata de mis verdaderos colores, y no existe sensación más agradable que la del primer instante de verdadera intimidad…
– Hola, Vianne.
– Hola, Zozie.
Me siento frente a ella. Da la impresión de que tiene frío, se arropa con el jersey oscuro e informe y los labios le han quedado blancos de tanto apretarlos con palabras sin pronunciar. Sonrío y sus colores se iluminan; me sorprende el afecto que siento ahora que, finalmente, hemos desenfundado las espadas.
En la calle el viento arrecia. Se trata de un viento asesino, cargado de nieve. Esta noche morirán los que duermen en los portales. Los perros aullarán y las puertas se cerrarán de golpe. Los enamorados se mirarán a los ojos y, por primera vez, pondrán mudamente en cuestión sus promesas. La eternidad es mucho tiempo… y aquí, en el callejón sin salida del año, súbitamente parece que la Muerte está muy próxima.
¿No es en eso en lo que consiste la fiesta de las luces invernales, el discreto desafío a la oscuridad? Llamadlo Navidad si queréis, pero todos sabemos que es más antiguo y que debajo de los oropeles, los villancicos, las buenas nuevas y los regalos yace una verdad más lóbrega y visceral.
Se trata de una época de pérdidas esenciales, del sacrificio de los inocentes, de miedo, oscuridad, esterilidad y muerte. Tanto los aztecas como los mayas sabían que, lejos de querer salvar el mundo, sus dioses estaban empeñados en su destrucción y que solo el sacrificio sanguinario los aplacaba durante una temporada…
Permanecimos en silencio, como viejas amigas. Acaricié los dijes de mi pulsera y Vianne clavó la mirada en la taza de chocolate. Finalmente me miró y preguntó:
– Zozie, ¿qué haces aquí?
No fue muy original, pero…, pero para empezar no estuvo mal.
Sonreí y repuse:
– Soy…, soy coleccionista.
– ¿Así lo llamas?
– A falta de un nombre mejor.
– ¿Qué coleccionas?
– Deudas pendientes y promesas debidas.
Tal como imaginaba, se sobresaltó al oír esa respuesta.
– ¿Qué te debo?
– Veamos… -Sonreí-. Por diversas invocaciones, encantos, dijes, trucos, protección, convertir la paja en oro, evitar la mala suerte, llevarme las ratas de Hamelín y, en un sentido amplio, devolverte a tu vida… -Noté que intentaba protestar, pero seguí hablando-. Creo que acordamos que me pagarías en especie.
– ¿En especie? -repitió-. No te entiendo.
Me había entendido perfectamente. Se trata de un asunto muy antiguo y lo conoce bien: el precio del deseo de tu corazón es tu corazón, una vida por otra, el mundo en equilibrio. Si estiras mucho una goma, al final recupera la forma y te golpea la cara.
Podemos llamarlo karma, física o teoría del caos, pero la cuestión es que, si no existe, los postes se inclinan, el suelo tiembla, los pájaros caen del cielo, los mares se convierten en sangre y, sin que te des cuenta, el mundo se acaba.
Como ya sabéis, tengo derecho a cobrarme su vida, pero hoy estoy generosa. Vianne Rocher posee dos vidas y yo solo necesito una. Las existencias son intercambiables y, en este mundo, las identidades pasan de mano en mano como la baraja; las cartas se mezclan, se vuelven a mezclar y se reparten nuevamente. Es lo único que pido: el juego que te ha tocado. Tienes una deuda conmigo. Tú misma lo dijiste.
– Dime, ¿cuál es tu nombre? -preguntó Vianne Rocher.
¿Mi verdadero nombre?
Así es, dioses, ha pasado tanto tiempo que casi lo he olvidado. ¿Qué contiene un nombre? Se usa como una chaqueta. Le das la vuelta, lo quemas, lo tiras y robas otro. El nombre no tiene importancia, lo único que cuenta es la deuda y quiero cobrarla aquí y ahora.
Solo queda un pequeño obstáculo, que responde al nombre de Françoise Lavery. Está claro que cometí un error de cálculo; en la limpieza a fondo se me escapó algo, ya que ese fantasma sigue sin dejarme en paz. Aparece cada semana en los periódicos; afortunadamente, no figura en primera plana, aunque prescindiría encantada de tanta publicidad; esta semana, por primera vez, el artículo no solo habla de fraude, sino de juego sucio. En las vallas y los postes de las farolas de la ciudad han colgado carteles con su foto. Es evidente que, actualmente, no me parezco en nada a ella, pero la combinación de las filmaciones del banco con las de las cámaras de vigilancia podrían acercarlos demasiado y entonces bastaría con incorporar a la mezcla un elemento azaroso para que mis rebuscados planes se fuesen al garete.
Tengo que esfumarme muy pronto y la mejor manera consiste en irme para siempre de París. Vianne, aquí es donde intervienes.
El problema radica en mi desaparición. Verás, Vianne, me gusta estar aquí. Jamás imaginé que me divertiría tanto y obtendría tanto beneficio de una modesta chocolatería. Me gusta en qué se ha convertido este local y le veo un potencial en el que tú nunca creíste.
Tú lo consideraste un escondite y yo lo veo como el ojo de la tormenta. Desde aquí podemos ser el Huracán: podemos causar estragos, moldear vidas y ostentar el poder (que, si lo piensas a fondo, es el verdadero nombre del juego de pelota), para no hablar de ganar dinero, que siempre es un aliciente en el mundo venal de nuestros días.
Cuando hablo de nosotros, obviamente me refiero a mí.
– ¿Por qué Anouk? -preguntó Vianne con tono tajante-. ¿Por qué has incluido a mi hija en esto?
– Porque me gusta.
Al oír esas palabras adoptó expresión desdeñosa.
– ¿Te gusta? La has usado, la has corrompido, le hiciste pensar que eres su amiga…
– Al menos siempre he sido sincera con ella.
– ¿Estás diciendo que yo no lo he sido? Soy su madre.
– Tú eliges a tu familia. -Sonreí-. Más te vale tener cuidado, no sea que me elija.
Vianne pensó unos segundos. Parecía estar tranquila, pero detecté turbulencia en sus colores; vi angustia, confusión y algo más, una suerte de conocimiento que no me gustó nada.
Finalmente Vianne declaró:
– Podría pedirte que te fueras.
Volví a sonreír.
– ¿Por qué no lo intentas? También puedes llamar a la policía o, mejor aún, a los servicios sociales. Estoy segura de que te prestarán todo tipo de apoyo. Probablemente conservan el expediente de tu estancia en Rennes…, ¿o fue en Les Laveuses?
Me cortó de plano:
– ¿Qué es exactamente lo que quieres?
Solo le dije lo que era necesario que supiese. Dispongo de poco tiempo, pero no tiene por qué enterarse. Es imposible que sepa algo de la pobre Françoise, que no tardará en reaparecer convertida en otra. De todos modos, ahora sabe que soy el enemigo. Su mirada fue fría e intensa, estaba pendiente de todo y rió con desdén, aunque un tanto histérica, cuando lancé mi ultimátum.
– ¿Estás diciendo que soy yo la que debe irse? -preguntó.
– Veamos, ¿crees que Montmartre es lo bastante grande como para acoger a dos brujas? -inquirí con gran sensatez.
Su risa sonó a cristal roto y en la calle la voz del viento entonó sus sobrecogedoras armonías.
– Te llevarás un chasco si crees que prepararé el equipaje y huiré solo porque has llevado a cabo unas cuantas invocaciones furtivas a mis espaldas. Debes saber que no eres la primera que lo intenta. Hubo un sacerdote…
– Lo sé.
– ¿Y qué?
Así me gusta. Me agrada ese desafío. Es lo que esperaba. Es tan fácil apoderarse de identidades. En mi época me he apropiado de unas cuantas, si bien la oportunidad de enfrentarme a otra bruja en su terreno, con armas escogidas, y coleccionar su vida, añadirla a mi pulsera con los dijes del ataúd negro y los zapatos de plata…