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Электронная книга - «Zapatos de caramelo». Краткое содержание книги:

Tras revolucionar un tradicional pueblo del sur desde el mostrador de su chocolatería, Vianne ha cambiado su nombre por el de Yanne y regenta una confitería en el barrio parisino de Montmatre, donde quiere pasar inadvertida.
Su vida en París es monótona y convencional, tanto como su novio Thierry, y cree que casándose con él aportará estabilidad y normalidad a su vida, a la de su hija Annie, que ahora tiene 10 años, y a la de la pequeña Rosette.
Yanne, sola en la gran ciudad, encuentra en la joven Zozie una buena amiga hasta que se ve obligada a despertar sus poderes dormidos en la víspera de su boda, momento en que su viejo amor Roux reaparece en su vida.
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Todos están tocados por ese brillo dorado…

Algo tan pequeño…

Algo tan descomunal.

Pienso que un juego no hace daño a nadie. Los juegos sirven para que los niños den sentido al mundo y los cuentos, incluso los más terroríficos, son los medios a través de los cuales aprenden a afrontar la pérdida, la crueldad, la muerte…

En este pequeño cuadro hay algo más: la familia y los amigos de la escena alrededor de la mesa, las velas, el árbol y el tronco de chocolate se encuentran en el interior de la casa. La escena del exterior es distinta. En el suelo y en los árboles se ha acumulado una tupida nevada con forma de azúcar en polvo. El lago de los patos está congelado, los ratones de azúcar con las partituras han desaparecido y de las ramas de los árboles cuelgan carámbanos largos y asesinos, realizados con azúcar y afilados como astillas de cristal.

Thierry está de pie bajo esas ramas y un muñeco de nieve de chocolate oscuro y grande como un oso lo observa amenazadoramente desde la cercana arboleda.

Estudio con más atención el pequeño muñeco de pinza. Por extraño que parezca, guarda una gran semejanza con Thierry: la ropa, el pelo, el móvil y hasta su expresión, representada por un trazo ambivalente y un par de puntos a modo de ojos.

También hay algo más: una espiral dibujada con la yema de un dedo pequeño en la nieve de azúcar. La he visto antes en la habitación de Anouk: trazada en su tablón, dibujada a lápiz en un cuaderno y reproducida cien veces con botones y piezas de rompecabezas en este suelo, ahora lustroso gracias a ese encanto innegable…

Comienzo a entender: las señales marcadas bajo el mostrador, las bolsitas medicinales colgadas sobre la puerta, la reciente afluencia de clientes, las amistades que hemos hecho, todos los cambios que se han producido durante las últimas semanas. Esto es mucho más que un juego infantil, se parece a una campaña secreta por un territorio que yo ni siquiera sabía que estaba en disputa.

¿Quién es el general que lidera esta campaña?

¿Hace falta que lo pregunte?

4

Viernes, 21 de diciembre.

Solsticio de invierno

El último día de clase siempre es una locura. En lugar de estudiar nos dedicamos a jugar y a poner orden; hay fiestas, pasteles y felicitaciones navideñas; los profesores que durante el curso no han sonreído recorren las aulas con pendientes navideños de fantasía y gorros de Papá Noel y a veces hasta reparten caramelos.

Chantal y compañía guardan las distancias. Desde su regreso, que se produjo la semana pasada, no han sido ni la mitad de populares que antes. Tal vez tiene que ver con la tiña. A Suze vuelve a crecerle el pelo, aunque todavía no se quita el gorro para nada. Supongo que Chantal está bien, pero Danielle, que soltó esos insultos sobre Rosette, ha perdido casi todo el pelo y también las cejas. Es imposible que sepan que fui yo pero, de todos modos, ni se me acercan, como las ovejas ante una valla electrificada. Se acabaron los juegos del «bicho feo», las trastadas, los chistes sobre mi melena y las visitas a la chocolatería. Mathilde oyó que Chantal le comentaba a Suze que soy «espeluznante». Jean-Loup y yo reímos mogollón: «espeluznante». Venga ya, ¿cuán imperfecta puedes ser?

Solo faltan tres días y aún no hay señales de Roux. Lo he buscado toda la semana, pero nadie lo ha visto. Hoy incluso fui a la pensión en la que se hospedaba y no hallé indicios de que hubiera nadie; la rue de Clichy no es un lugar en el que apetezca quedarse, sobre todo cuando oscurece y los enfermos acaban tirados en las aceras y los borrachos duermen en los portales cerrados con persianas metálicas.

Di por supuesto que anoche vendría, aunque solo fuese por el cumpleaños de Rosette, pero no ha sido así. Lo echo muchísimo de menos. No dejo de pensar que algo está mal. ¿Mintió cuando dijo que tenía un barco? ¿Falsificó el cheque? ¿Se ha ido para siempre? Thierry dice que más le vale largarse si sabe lo que le conviene. Zozie dice que tal vez sigue en París, escondido en algún lugar cercano. Mamá no dice nada.

Le conté a Jean-Loup todo el lío de Roux y Rosette. Le expliqué que Roux es mi mejor amigo y que tengo miedo de que se vaya para no volver, así que me besó y declaró que era mi amigo.

Solo fue un beso, nada del otro mundo, pero ahora estoy temblorosa y picajosa, como si alguien tocara el triángulo o algo por el estilo en mi estómago, y me parece que tal vez…

¡Anda ya, tío!

Jean-Loup dice que debería hablar con mamá y aclarar la situación, pero últimamente está muy ocupada, a veces durante la cena permanece muda y me mira con tristeza y desilusionada, como si yo hubiese tenido que hacer algo y lo cierto es que no sé cómo mejorar la situación…

Tal vez por eso hoy me escapé. Había pensado en Roux, en la fiesta y en si puedo confiar en que asista. Saltarse el cumpleaños de Rosette ya es bastante malo, pero si en Nochebuena no viene nada funcionará como lo planificamos, como si él fuera el ingrediente esencial y secreto de una receta que de otra forma es imposible preparar. Si las cosas no ocurren como deben, nada volverá a ser como antes y es necesario, es imprescindible que lo sean, sobre todo ahora…

Esta noche Zozie tuvo que salir y a mamá no le quedó más remedio que trabajar hasta tarde. Le han hecho tantos encargos que apenas puede con todo, así que para cenar calenté una lata de espaguetis y subí el plato a mi habitación para que mamá dispusiese del espacio para trabajar.

Eran las diez cuando me acosté, pero no podía dormir y bajé al obrador a beber un vaso de leche. Zozie no había vuelto y mamá preparaba trufas de chocolate. Todo olía a chocolate: el vestido de mamá, su pelo y hasta Rosette, que jugaba en el suelo de la cocina con un trozo de pasta y varios cortapastas.

Todo parecía muy seguro y archiconocido. Tendría que haber sabido que se trataba de un error. Tuve la sensación de que mamá estaba cansada y agobiada; golpeaba la pasta de las trufas como si fuera masa de pan y cuando bajé apenas me miró.

– Anouk, date prisa -aconsejó-. No quiero que estés despierta hasta tan tarde.

Me dije que Rosette solo tiene cuatro años y que a ella la deja quedarse hasta las tantas…

– Estamos en vacaciones -me defendí.

– No quiero que enfermes -precisó mamá.

Rosette tironeó de la pernera de mi pijama pues quería mostrarme las figuras de pasta.

– Rosette, han quedado muy bien. ¿Quieres que las cocinemos?

Rosette sonrió y con señas expresó que sí.

Pensé que podía considerarme afortunada de contar con Rosette, que siempre está feliz y sonriente, lo que la diferencia de los demás. Cuando crezca viviré con ella; podríamos alojarnos en una casa flotante, como Roux, comer salchichas directamente sacadas del envase, preparar hogueras a la vera del río y Jean-Loup viviría cerca…

Encendí el horno y cogí una asadera. Las figuras de Rosette estaban muy sobadas pero, una vez cocinadas, no tendría la menor importancia.

– Las asaremos dos veces, como los bizcochos -propuse-,y las colgaremos del árbol de Navidad.

Rosette rió, ululó a las figuras a través de la puerta de cristal del horno y les indicó por señas que se cocieran rápido. Esa actitud me hizo reír y durante un minuto pensé que estaba todo bien, como si una nube se hubiese deshecho. En ese instante mamá tomó la palabra y la nube se recompuso.

– He encontrado algo tuyo -afirmó sin dejar de aporrear la pasta para trufas.

Me pregunté qué había encontrado y dónde; seguramente fue en mi habitación y en mis bolsillos. A veces sospecho que me espía. Siempre sé si ha registrado mis cosas porque hay libros cambiados de sitio, papeles desplazados y juguetes guardados. No sé qué busca; de momento, no ha dado con mi escondite especial y secreto. Se trata de una caja de zapatos metida en el fondo del armario y contiene mi diario, varias fotos y otras cosillas que no quiero que nadie vea.

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