Zapatos de caramelo
- Автор: Харрис Джоанн
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Zapatos de caramelo». Краткое содержание книги:
Su vida en París es monótona y convencional, tanto como su novio Thierry, y cree que casándose con él aportará estabilidad y normalidad a su vida, a la de su hija Annie, que ahora tiene 10 años, y a la de la pequeña Rosette.
Yanne, sola en la gran ciudad, encuentra en la joven Zozie una buena amiga hasta que se ve obligada a despertar sus poderes dormidos en la víspera de su boda, momento en que su viejo amor Roux reaparece en su vida.
– Esto es tuyo, ¿no? -Abrió uno de los cajones del obrador y retiró el muñeco de pinza de Roux, que yo había olvidado en el bolsillo del tejano-. ¿Lo has hecho tú? -Asentí-. ¿Para qué?
Permanecí unos segundos en silencio. ¿Qué podía contestar? Por mucho que hubiese querido, no sé si habría sido capaz de explicarlo. Lo había hecho para que todo volviese a su sitio, para recuperar a Roux, mejor dicho, no solo a Roux…
– ¿Lo has visto? -quiso saber mamá. No respondí porque ella ya conocía la respuesta-. Anouk, ¿por qué no me lo dijiste?
– Veamos, ¿por qué no me dijiste que es el padre de Rosette?
Mamá quedó petrificada.
– ¿Quién te lo ha dicho?
– Nadie.
– ¿Fue Zozie? -Negué con la cabeza-. ¿Quién te lo ha contado?
– Lo deduje.
Mamá dejó la cuchara a un lado del cuenco y se sentó lentamente. Permaneció tanto rato en silencio que por el olor me di cuenta de que las figuras empezaban a quemarse en el horno. Rosette seguía jugando con los cortapastas y los apilaba. Son de plástico y en total hay seis, cada uno de un color: un gato morado, una estrella amarilla, un corazón rojo, una luna azul, un mono naranja y un diamante verde. De pequeña yo también jugaba con ellos, preparaba galletas de chocolate y figuras de pan de jengibre y las decoraba con azúcar blanco y amarillo, que espolvoreaba con ayuda de una manga.
– Mamá, ¿te pasa algo?
Permaneció en silencio unos segundos más, me miró con esos ojos oscuros como la eternidad y finalmente inquirió:
– ¿Se lo has dicho?
No respondí…, ni falta que hacía. Lo vio en mis colores tal como yo en los suyos. Quería decirle que se tranquilizase, que no era necesario que me mintiera, que ahora yo estaba al tanto de todo y podía ayudarla.
– Veamos, ahora al menos sabemos por qué se ha ido.
– ¿Supones que se ha ido? -pregunté, y mamá se limitó a encogerse de hombros-. ¡No es posible que se haya ido por eso!
Mamá esbozó una sonrisa cansina y levantó el muñeco de pinza, que resplandeció con la señal del Viento del Cambio.
– Mamá, solo es un muñeco.
– Nanou, di por hecho que confiabas en mí.
En ese momento vi sus colores: grises tristes y amarillos ansiosos, como los viejos periódicos que alguien amontona antes de tirarlos. También vi en qué pensaba mamá; mejor dicho, detecté ráfagas, como si hojeara un álbum de pensamientos: una foto mía a los seis años, sentada a su lado en una encimera de cromo, ambas sonriendo como locas y con un vaso alto de chocolate caliente y cremoso y dos cucharillas en el medio; un libro de cuentos ilustrados sobre una silla; un dibujo mío con dos personas de líneas inciertas que podríamos ser mamá y yo, ambas sonrientes de oreja a oreja, de pie bajo un árbol de caramelo rojo; yo pescando desde el barco de Roux; yo en el presente corriendo con Pantoufle, corriendo hacia algo que jamás alcanzaré…
Y algo, acaso una sombra, sobre nosotras.
Me aterrorizó verla tan asustada. Quise confiar en ella, decirle que no se preocupase, que en realidad nada se había perdido porque Zozie y yo lo recuperaríamos…
– ¿Qué recuperaréis?
– Mamá, no te preocupes. Sé lo que hago. Esta vez no se producirá un Accidente.
Aunque sus colores llamearon, mantuvo la expresión serena. Me sonrió y se dirigió a mí lenta y pacientemente, como si hablase con Rosette:
– Nanou, presta atención. Esto es muy importante. Tengo que saberlo todo.
Tuve mis dudas. Había prometido a Zozie que…
– Anouk, confía en mí, tengo que saberlo -insistió.
Intenté explicarle el sistema de Zozie, los colores, los nombres, los símbolos mexicanos, el Viento del Cambio, las lecciones en el cuarto de Zozie; la forma en la que yo había ayudado a Mathilde y a Claude y el modo en el que habíamos logrado que por fin la chocolatería saliese adelante; lo de Roux, los muñecos de pinza y lo que Zozie había dicho acerca de que los Accidentes no existen, que solo hay gente corriente y gente como nosotras.
– Dijiste que no era magia de verdad -añadí-, pero Zozie aseguró que debemos utilizar lo que tenemos. No podemos fingir que somos como las demás. Ya no tendremos que escondernos…
– A veces esconderse es la única salida.
– No, a veces puedes luchar.
– ¿Luchar? -preguntó mamá.
Le conté lo que había hecho en el liceo y lo que Zozie dijo sobre volar con el viento, aprovecharlo y no tener miedo. Finalmente le hablé de Rosette y de mí, de que habíamos invocado el Viento del Cambio a fin de recuperar a Roux y volver a ser una familia.
Al oír ese comentario mamá pegó un respingo, como si se hubiese quemado.
– ¿Y Thierry? -preguntó.
Bueno, había que prescindir de Thierry. Seguramente mamá lo sabía.
– ¿Ha pasado algo malo? -quise saber.
Me inquieté. Tal vez hice que ocurriera algo malo, pensé. Si Roux falsificó el famoso cheque, tal vez ese fue el Accidente. Quizá tiene que ver con lo que afirma mamá: todo tiene su precio y hasta la magia ha de poseer una reacción igual y opuesta, como explica monsieur Gestin en las clases de física…
Mamá se acercó a la cocina.
– Haré chocolate caliente. ¿Quieres?
Negué con la cabeza.
Preparó el chocolate: lo ralló sobre la leche caliente e incorporó nuez moscada, vainilla y una vaina de cardamomo. Era muy tarde, casi las once, y Rosette prácticamente se había quedado dormida en el suelo.
Pensé fugazmente que todo estaba resuelto y me alegré de haber aclarado las cosas con mamá porque detesto tener que ocultarle información. Pensé que ahora que sabía la verdad dejaría de tener miedo, podría volver a ser Vianne Rocher y solucionaría la situación para que todo saliese rodado…
Mamá se volvió y supe que me había equivocado.
– Nanou, por favor, acuesta a Rosette. Mañana nos ocuparemos de este asunto.
La miré y pregunté:
– ¿No estás enfadada?
Negó con la cabeza, pero me di cuenta de que lo estaba. Había palidecido, estaba muy quieta y vi sus colores: una mezcla de rojos, naranjas coléricos y aterrados zigzags en gris y negro.
– Zozie no tiene la culpa -añadí. Su expresión me demostró que no estaba de acuerdo-. No se lo dirás, ¿eh?
– Nou, vete a la cama.
Me acosté y permanecí despierta largo rato, atenta al viento y a la lluvia en los aleros; contemplé las nubes, las estrellas y las luces navideñas blancas mezcladas al otro lado del cristal empapado, por lo que, al cabo de un rato, fue imposible distinguir las estrellas verdaderas de las falsas.
5
Viernes, 21 de diciembre
Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que practiqué la adivinación. Valga con una vislumbre accidental o una chispa, como la descarga de electricidad estática al estrechar la mano de un desconocido, pero no hago nada deliberado. Solo veo sus preferidos, eso es todo. Sean cuales sean sus secretos, no quiero conocerlos.
Por otro lado, esta noche debo volver a intentarlo. Aunque incompleto, el relato de Anouk ha bastado para que me diese cuenta de que es necesario. Logré mantener la calma y la apariencia de que controlaba la situación hasta que se acostó, pero ahora oigo el viento de diciembre y las Benévolas están en la puerta…
La baraja del tarot no me sirve. Por mucho que la mezcle, muestra lo mismo, las mismas cartas en otro orden.
El Loco, los Enamorados, el Mago, la Rueda de la Fortuna.