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Электронная книга - «Zapatos de caramelo». Краткое содержание книги:

Tras revolucionar un tradicional pueblo del sur desde el mostrador de su chocolatería, Vianne ha cambiado su nombre por el de Yanne y regenta una confitería en el barrio parisino de Montmatre, donde quiere pasar inadvertida.
Su vida en París es monótona y convencional, tanto como su novio Thierry, y cree que casándose con él aportará estabilidad y normalidad a su vida, a la de su hija Annie, que ahora tiene 10 años, y a la de la pequeña Rosette.
Yanne, sola en la gran ciudad, encuentra en la joven Zozie una buena amiga hasta que se ve obligada a despertar sus poderes dormidos en la víspera de su boda, momento en que su viejo amor Roux reaparece en su vida.
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La Muerte, el Colgado, la Torre.

Por eso en esta ocasión utilizo chocolate, técnica que hace años que no aplico. Necesito mantener las manos ocupadas y preparar trufas es tan sencillo que puedo hacerlas a ciegas, por el tacto, calculando la temperatura simplemente por el olor y el sonido del chocolate cobertura fundido.

A su manera es una especie de magia. Mi madre lo despreciaba por considerarlo trivial y una pérdida de tiempo, pero se trata de mi propia magia y mis instrumentos siempre me han dado mejores resultados que los suyos. Está claro que cualquier magia tiene consecuencias, pero me parece que hemos llegado demasiado lejos como para preocuparnos por esto. Me equivoqué al tratar de mentirle a Anouk… y mucho más al intentar engañarme a mí misma.

Trabajo muy despacio y con los ojos entrecerrados. Percibo el olor a cobre caliente; el agua bulle y transmite el aroma del paso del tiempo y del metal. Estos cazos me acompañan desde hace muchos años y conozco sus contornos, las abolladuras que han ganado con el curso de los años y los lugares donde muestran las huellas bruñidas de mis manos en comparación con la pátina más oscura.

Tengo la impresión de que a mi alrededor todo se vuelve más definido. Mi mente está libre, el viento arrecia y, afuera, a la luna del solsticio le faltan pocos días para llegar a llena y monta las nubes cual una boya en plena tormenta.

El agua burbujea, pero no debe hervir. Rallo el bloque de chocolate cobertura en el pequeño cuenco de cerámica. El olor asciende casi de inmediato: el aroma oscuro y arcilloso del chocolate amargo. A esta concentración tarda en fundirse; es un chocolate muy bajo en grasas y, con el propósito de que adquiera consistencia de trufa, a la mezcla tendré que añadir mantequilla y nata. Ahora huele a historia, a las montañas y los bosques de Latinoamericana madera talada, a savia derramada y a humo de la fogata del campamento. Huele a incienso y a pachulí, al oro negro de los mayas y al oro rojo de los aztecas; a piedra, a polvo y a una muchacha con flores en el pelo y un vaso de pulque en la mano.

Es embriagador; al fundirse el chocolate adquiere lustre; del cazo de cobre sube vapor y el aroma se densifica y florece con canela, pimienta de Jamaica y nuez moscada; oscuros matices de anís y café expreso y notas más sutiles de vainilla y jengibre. Está prácticamente fundido. Del cazo se eleva un delicado vapor. Estamos ante el verdadero Teobroma: el elixir de los dioses en forma volátil, en cuyo vapor casi veo…

Una niña baila con la luna y un conejo le pisa los talones. Tras ella se encuentra una mujer con la cabeza en sombras, por lo que durante unos segundos parece mirar en tres direcciones…

El vapor se ha vuelto demasiado espeso. El chocolate no debe superar los cuarenta y seis grados. Si se calienta demasiado, se quema y forma vetas. Si está demasiado frío, se blanquea y queda opaco. Después de tantos años no necesito el termómetro para el azúcar; por el aroma y el nivel de vapor sé que nos aproximamos al punto de peligro. Retiro del fuego el cazo de cobre y remojo el cuenco de cerámica con agua fría hasta que la temperatura desciende.

Al enfriarse despide un aroma floral, como de antiguos polvos para la cara a la violeta y a la lavanda. Huele como mi abuela, en el caso de que la tuviera; a trajes de novia cuidadosamente guardados en el desván y a ramos de flores colocados bajo cristal. Ahora prácticamente veo el cristal, una campana redonda bajo la cual se encuentra una muñeca, una muñeca de pelo negro y abrigo rojo rebordeado de piel que, por extraño que parezca, me recuerda a alguien que conozco…

Una mujer de rostro cansado contempla con ansia la muñeca de pelo negro. Me parece que alguna vez la he visto. Tras ella se encuentra otra fémina, con la cabeza casi oculta por el cristal curvo. Tengo la sensación de que la conozco, pero su rostro queda distorsionado por la campana de cristal, de modo que podría ser cualquiera…

Vuelvo a colocar el cuenco de cerámica sobre el agua que burbujea. Ahora debe llegar a los treinta y un grados. Es mi última oportunidad de dar sentido a lo que hago y me tiemblan las manos cuando contemplo el chocolate cobertura fundido. Huele a mis hijas: a Rosette con el pastel de cumpleaños y a Anouk, que a los seis años está sentada en la chocolatería, habla, ríe y organiza…, ¿qué organiza?

Una celebración, el Grand Festival du Chocolat, con huevos de Pascua, gallinas de chocolate y el Papa en chocolate blanco…

Es un recuerdo maravilloso. Aquel año le plantamos cara al Hombre Negro y ganamos…, cabalgamos con el viento, al menos durante una temporada…

No es momento para la nostalgia. Aparto el vapor de la superficie oscura y vuelvo a intentarlo.

Ahora nos encontramos en Le Rocher de Montmartre. La mesa está puesta y nuestros amigos se encuentran presentes. Se trata de otra clase de celebración. Veo a Roux a la mesa; sonríe y ríe con una corona de acebo sobre el cabello rojo, ha cogido a Rosette en brazos, bebe una copa de champán…

Por supuesto no es más que una expresión de deseos. A menudo solo vemos lo que queremos. Durante unos instantes quedo conmovida casi hasta las lágrimas…

Vuelvo a pasar la mano de un lado a otro del vapor.

La celebración ha cambiado. Suenan petardos y bandas que desfilan y todos van vestidos de esqueletos; es el Día de los Muertos, los niños bailan por las calles con farolillos de papel en los que han pintado rostros demoníacos, hay calaveras de azúcar sujetas a palotes y la Santa Muerte desfila con sus tres caras mirando en todas direcciones…

¿Qué tiene que ver conmigo? Aunque mi madre soñaba con ir, nunca llegamos a Latinoamérica, ni siquiera a Florida…

Extiendo la mano para dispersar el vapor y entonces la veo: una cría de ocho o nueve años, con el pelo pajizo, camina de la mano de su madre entre el gentío. Percibo que son distintas a los demás, hay algo en su piel y en sus cabellos, y lo miran todo con asombro casi olvidado: los bailarines, los diablos, las piñatas pintadas que cuelgan de palos largos y puntiagudos, de cuyas colas salen petardos…

Paso nuevamente la mano por encima de la superficie del chocolate. Ascienden zarcillos de vapor y huelo a pólvora; es un aroma peligroso, cargado de humo, fuego y turbulencias…

Veo otra vez a la cría, que juega con un grupo de niños en un callejón, frente a la fachada de una tienda a oscuras. De la puerta pende una piñata: un fabuloso tigre de rayas rojas, amarillas y negras. Los niños gritan que hay que golpearla y le dan con palos y piedras, pero la niña se contiene. Cree que dentro de la tienda hay algo, algo…, algo más atractivo.

¿Quién es la cría? Francamente, no lo sé, pero me apetece seguirla al interior de la tienda. Del marco de la puerta cuelga una cortina de tiras multicolores de plástico. La niña extiende la mano, en cuya muñeca luce una delgada pulsera de plata; vuelve la vista hacia el sitio donde los niños intentan romper la piñata del tigre, atraviesa la cortina y entra en la tienda.

«¿Te gusta mi piñata?» La voz procede de un rincón de la tienda. Pertenece a una anciana, a una abuela; no, a una bisabuela, a una mujer tan vieja que, para la pequeña, podría tener cien o mil años. Semeja una bruja de libro de cuentos a causa de las arrugas, la mirada y las manos nudosas. Sujeta un vaso y de su interior llega hasta la cría un olor extraño, fuerte y embriagador.

A su alrededor, en los estantes de la tienda hay frascos, botes, botellas y calabazas; del techo cuelgan raíces secas, que despiden olor a sótano, y por todas partes hay velas encendidas, de modo que las sombras hacen muecas y bailotean.

Desde un estante alto una calavera observa lo que tiene a sus pies.

Al principio la niña supone que se trata de una calavera de azúcar, como las demás, pero ya no está tan segura. Delante de ella, en el mostrador, hay un objeto negro de aproximadamente un metro de largo…, más o menos del tamaño del ataúd de un niño.

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