Ígur Neblí
- Автор: Palol Miquel de
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Ígur Neblí». Краткое содержание книги:
Para quienes siempre pensaron que la literatura es un juego con la literatura, para quienes no se conforman con la lectura de la historia y quieren tomar parte de ella y para quienes gustan de los libros que jamбs se acaban con su ъltima pбgina, Igur Nebli resultara una lectura extremadamente gratificante.
La calidad indiscutible que llevу al exito a El Jardin de los Siete Crepъsculos alcanza con Igur Nebli una envidiable madurez.
`Un texto donde Palol lleva hasta sus ъltimas consecuencias el objetivo de convertir la literatura en el medio mбs oportuno para disfrazarse de dios y jugar a la construcciуn de un mundo`. Javier Aparicio, El Pais.
`La particular `locura` narrativa de Palol es saludable para todo el conjunto de la narrativa catalana`. Marc Soler, El Temps.
– De ahí la insistencia de Debrel en que me familiarizara con ello. Pero no acabo de ver qué reglas de Juego podemos encontrar dentro del Laberinto.
Arktofilax esperaba la pregunta.
– Ahora es imposible saberlo. Pero de lo que sí te puedo hablar es de la base formal que los inspira a todos; la disciplina concreta es la que hoy conocemos como topografía de la cooperación, cuyos parámetros cualitativos son, como muy bien sabes, la conjetura, el ataque, la bondad y la penalización, todos ellos bajo la mesura de la transregla, que es el mapa epistemológico que rige todas las situaciones posibles provinentes de alteraciones de las reglas, con las correspondientes interacciones. De ahí deriva la matriz de estrategias y el metajuego, regido por el metadelito y el control secundario, a partir del que se edifica la pirámide de controles, o enesemitud de metacontroles. Cuantitativamente, todo ello se rige por la escala de seguimiento de reglas, que durante un tiempo, hasta que cayó en desgracia, como debes saber, se llamaba Escala de Debrel en honor a su inventor, ¿no te lo contó? No me extraña, no debe gustarle demasiado evocar aquella época. Debrel era el más grande de los topólogos de cooperación de la Apotropía de Juegos, a la vez que se ganaba la vida como Consultor del Anamnesor, y fue él quien estableció, entre muchas otras cosas, las leyes de acuerdo con las reglas, que van en escala del cero al doce, desde la cooperación total o vinculación de sustancia, correspondiente al doce, al triunfo con destrucción del enemigo, al que dio el factor cero coma uno después de demostrar que la figura cero no es posible. A partir, sin embargo, de cero coma uno, se asciende a la incompatibilidad, el enfrentamiento terciario, correspondiente al uno coma cinco, o triunfo sujeto a reglas con un cierto grado de transgresividad que lo llevan hasta el factor tres, a partir del cual se entra en el enfrentamiento con reglas para la conservación del adversario, a los factores del cuatro al cinco correspondientes a los diversos grados de recuperación de las partes derrotadas, mediatizados por las correspondientes posibles transgresiones de las reglas, hasta el factor seis, fluctuando entre la indiferencia y la evitación, a partir del cual los factores rigen la asociación más que el enfrentamiento, siempre con una consideración aparte por el interesantísimo fenómeno de la traición, metamediatizado a la vez por una segunda escala de factores correspondiente a la conciencia (otros prefieren llamarlo azar, otros voluntad; con una ligera corrección de escala, el resultado es el mismo). Hasta el factor ocho se llega a través de diversos grados de tolerancia, y a partir del ocho y medio encontramos la cooperación, de la que forman parte la participación en las ganancias y los reaseguros, tanto positivos como negativos (me han dicho que últimamente los negativos están en alza). Para acabar la escala, entramos en el diez, donde se trata de convertir al adversario en cliente, por ejemplo, y del once al doce navegamos por complicados problemas de identidad, de identificación y, finalmente, de desdoblamiento de personalidad; como ves, no todo se acaba en la vinculación total, y por eso Debrel, un humanista cínico que no quiso dar a los burócratas el gusto del factor cero, sí estableció en cambio el doce para burlarse de los que creen que pueden jugar ellos solos, por no decir contra ellos mismos. Eso generó una discusión conceptual sin fondo: ¿qué factor hay que atribuir a quien practica en solitario un Juego con posibilidades de autodestrucción? Hubo quien inventó una segunda escala negativa, otros una metaescala de N dimensiones, pero al final la más práctica, la que ha terminado por imponerse, ha sido la de Debrel.
– ¿Todo eso qué relación tiene con el Laberinto?
– La factorialidad es la base del Laberinto, el espíritu de su Ley. Por cierto, ¿la has leído?
– Claro que sí -dijo Ígur, deseando que no quisiera comprobarlo-. Me parece entender que la factorialidad exige un sistema cerrado. En el Laberinto parece posible, hasta cierto punto; pero ¿y en la realidad?
– La factorialidad es, justamente, una herramienta para entender el mundo. Los casos extremos, no de la Escala de Debrel, sino de su aplicación, pertenecen a la metafísica, o, si lo prefieres, a la conceptualización del lenguaje. Si el hecho de que nuestra visión de la realidad esté tamizada por el lenguaje y por lo tanto sea, en cierta manera, una forma de trascendencia, quiere decir que el lenguaje es, por contra, inmanente a la realidad, puede conciliar las escuelas, o por lo menos darles tema de discusión, pero no nos hace más asequibles los casos límite. ¿Cuáles son los extremos del Juego? Por abajo, aquel en el que la ley global, o la regla básica, sea una autorreferencia negativa: ése es el Juego imposible.
Por arriba, el Juego en el que no exista manera de hacer trampas, así como no hay quien pueda hacerle a la naturaleza nada que no sea natural. Los geómetras han construido diversos conjuntos de reglas que hacen posible esa condición, pero resultan Juegos excesivamente complejos, y tan desprovistos de alicientes emocionales vulgares que los vuelve inasequibles para la mayoría, y tan sólo interesantes para los teóricos y los fanáticos. Lo único que, formalmente, se puede factorializar en la escala de Debrel es lo que se llama el Juego Total, que, como puedes imaginar, es la ausencia de Juego, que incluye cualquier Juego parcial y coincide, por lo tanto, con el mundo perceptible.
Ígur creyó más conveniente no insistir con el Laberinto.
– La factorialidad es también la base de la justicia, si no me equivoco -dijo.
– Ésa es una vieja historia -dijo Arktofilax-. Hubo un momento en que no tan sólo la materia punible tipificada no se correspondía de forma biunívoca a la moralmente considerada indeseable con criterios, si se quiere, dudosamente objetivos, en cualquier caso lo más objetivos posibles, sino que la amplitud de los dos bloques de elementos y la sinuosidad y naturaleza maleable de la franja que queda en medio obligó a una reestructuración del sistema, y es ahí donde entran los Juegos, en concreto el concepto de factorialidad de colaboración. Por ejemplo, pongamos por caso que eres el encargado de resolver un determinado problema delictivo y has descubierto algunos culpables. Podrías detenerlos, pero tienes indicios de que no se trata de los principales responsables, y los dejas seguir sin perderlos de vista hasta que te conducen a los peces gordos. Hasta ahí, el procedimiento clásico. Imagina que llegas hasta arriba del todo, suponiendo que eso sea posible, que no lo es, por lo menos en un grado de exigencia moralmente aceptable. ¿Qué haces, los detienes? Imagina que tienes poder para hacerlo, que puedes darles un escarmiento público y convertirte en un héroe; ¿lo harás?
– Si eso se traduce en un bien público apreciable.
– Y, sin embargo, es muy posible que eso te llevara a uno de los errores más comunes. No sé si has pensado en la diferencia de modelos de cooperación que existe entre el de un sistema en el que, cuando preguntas, presupones que te dirán la verdad, y, por lo tanto, si te mienten lo aprecias como una peculiaridad, y el de otro en que estás obligado a suponer que no te la dirán, y, por lo tanto, que lo hagan o no lo aprecias en el marco de la mera factorialización de la certeza. Una vez más, la norma de comportamiento te la proporciona el Juego, que es una de las pocas disciplinas que te permite tratar un fenómeno como un conjunto verdaderamente cuantificable sin categorías de valor. Lo importante es la estrategia, no pensar en la obtención del factor puntualmente favorable, eso es lo que hace el burro que corre detrás de la zanahoria, sino en lo que tiene que conducirte al éxito final, prescindiendo de las bondades aparentes inmediatas, y con los sacrificios parciales que sean precisos. En algunos casos es fácil de distinguir, hasta es elemental, por ejemplo, apostar a la carta más alta, o en el póquer mismo, donde todo el mundo sabe que no gana quien tiene mejores cartas, sino quien mejor las juega, pero en otros, sobre todo cuando tú mismo eres una pieza del Juego, puede ser más complicado.