Ígur Neblí
- Автор: Palol Miquel de
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Ígur Neblí». Краткое содержание книги:
Para quienes siempre pensaron que la literatura es un juego con la literatura, para quienes no se conforman con la lectura de la historia y quieren tomar parte de ella y para quienes gustan de los libros que jamбs se acaban con su ъltima pбgina, Igur Nebli resultara una lectura extremadamente gratificante.
La calidad indiscutible que llevу al exito a El Jardin de los Siete Crepъsculos alcanza con Igur Nebli una envidiable madurez.
`Un texto donde Palol lleva hasta sus ъltimas consecuencias el objetivo de convertir la literatura en el medio mбs oportuno para disfrazarse de dios y jugar a la construcciуn de un mundo`. Javier Aparicio, El Pais.
`La particular `locura` narrativa de Palol es saludable para todo el conjunto de la narrativa catalana`. Marc Soler, El Temps.
– ¿Vendréis al funeral por Lamborga? -preguntó Ígur.
– Como Magisterpraedi estoy dispensado -miró a lo lejos-; el Áurea Milénica me sabrá perdonar. ¡He visto tantos entierros!
– Lo comprendo -dijo Ígur por cortesía, pensando hasta qué punto le habría gustado librarse él también.
– Por cierto, mañana por la noche nos han preparado una fiesta de despedida en el Palacio Conti.
– Creo que el luto por un padrinazgo me dispensa de ir -dijo Ígur, y Arktofilax sonrió.
– Tienes un excelente sentido del humor. En combinación con unos buenos nervios te convertirá en un adversario temible. -Cambió de tono-. La fiesta empieza a las nueve. Creo que hay un apartado especialmente dedicado a ti.
– Muy bien.
Pasaron revista a las últimas cuestiones prácticas; las más difíciles, los presupuestos, estaban listos.
– ¿Crees que podrás resistir hasta pasado mañana sin tiraros de los pelos tú y Milana? -le preguntó finalmente. Ígur comprendió que vista desde fuera su ira resultaba más bien ridícula.
– Lo procuraré -dijo, fingiendo susceptibilidad herida.
El funeral por los Caballeros muertos en el Acceso a la Capilla seguía una ceremonia prácticamente idéntica a la de los Caballeros de Capilla con todos los derechos, con las únicas diferencias en alguna fórmula ritual de las actas y en el archivo del sello. El Cementerio de la Capilla estaba a poniente de la Falera, en el interior de un edificio no especialmente significativo. A través de un pasillo iluminado por una línea de antorchas próxima al techo, de tres metros de ancho, nueve de alto y veintisiete de largo, un marco sin puerta daba paso a un espacio cuadrado de tres por tres, flanqueado por dos escaleras idénticas enfrentadas a cada lado de la entrada, que de forma perfectamente simétrica ocupaban todo el ancho de los tres metros del recinto y llevaban, a veinticuatro metros de altura, a sendos rellanos de medio metro de ancho, por cuyos lados se accedía a un triforio que transitaba el entrepaño de muro correspondiente a la entrada, en toda la extensión del cual se alojaban los nichos y las cavidades con las urnas de los Caballeros. El otro entrepaño de muro, el de delante, era completamente liso hasta la altura correspondiente al triforio, donde había una hilera horizontal de pequeños ventanales, única, y escasísima, iluminación horizontal del recinto. En el punto central de ese muro, a dieciocho metros de altura de la entrada, en una repisa volada semihexagonal, se encontraba la urna destinada a las cenizas en tránsito, y más arriba de los ventanales, el sistema de brazos mecánicos y los antiguos aparatos de poleas para transportarlas. La distancia máxima transversal era de sesenta metros, correspondientes a tres de la plataforma baja, veintiocho de las escaleras, y medio de cada rellano. El techo eran dos planos inclinados simétricos, a partir de un voladizo a seis metros de altura sobre los dos rellanos laterales, correspondientes a la parte superior de la línea del triforio y los ventanales, justo hasta la vertical de la plataforma de la entrada. La altura máxima era de cincuenta y cuatro metros, de manera que la composición era también simétrica en sección, a partir del punto medio del triforio y los ventanales; de la altura máxima, correspondiente por tanto a una plataforma de tres por tres, colgaba un incensario en forma de prisma hexagonal, de dos metros diez de alto por cero setenta de diámetro de la base, y de altura y posición regulables. El conjunto, todo en mármol oscuro de tonos ocres grisáceos, resultaba de una severidad opresora y áspera, siniestra y vertiginosa hasta extremos inusuales.
Allí se reunieron unos cincuenta individuos de sexo masculino exclusivamente, la mayoría Caballeros de Capilla, de Preludio y de Cámara, jerárquicamente distribuidos por las escalinatas. Presidía el Decano Vega, y el lugar de honor, en la abertura central del triforio, lo ocupaban el Secretario, el Agon de los Meditadores, el Parapótropo de la Hegemonía y los representantes de los Príncipes, entre los que ocupaba un lugar destacado el Barón Uranisor como delegado de Bruijma.
Vega ofreció a Ígur el sitio del comitente, que él aceptó con orgullo. El oficiante se situó a la cabeza del ataúd, en el centro de la plataforma de abajo, Ígur a su derecha. Desde allí pudo comprobar que Milana no se encontraba entre los asistentes, y eso lo tranquilizó; después se olvidó del público.
El oficiante cubrió el féretro con una red y encima colocó unas tijeras abiertas, un puñado de arena y la semimáscara que había utilizado Lamborga; entonces le llevaron una balanza, y en un plato el oficiante puso un vaso de jade verde, y en el otro plato una pluma, y en medio la efigie vigilante de Amit, medio cocodrilo medio león, hasta que la balanza se inclinó hacia el plato de la pluma; después, con una antorcha de metro y medio de larga, encendió la pira de ramas negras y resina olorosa especial y con las poleas abrió los ventanales para que la corriente de aire del pasillo de entrada avivase el fuego; mientras, Ígur se cortó el pelo y lo echó a la hoguera, y se juró a sí mismo la muerte de Milana, proyectando la crueldad de su diálogo interior hacia un interlocutor que, por encima del escepticismo, la melancolía quería identificar con Lamborga. Tres largos minutos habían golpeado las llamas el reflejo encendido de su agitación feroz en las caras severas cuando, bastante avanzada la combustión y habiendo ordenado cerrar el oficiante la puerta anterior al pasillo para que la ceniza no se aventase, la plenitud reposada del fuego dejó la serenidad definitiva de luz constante primero, después constantemente menguante hasta las brasas, y entonces el oficiante las apagó con vino rojo, y todo se tornó gris y negro con agónicas explosiones de ceniza; finalmente, recogió los restos en un cofre de oro, al que después de estamparle el sello de Lamborga cubrió con un velo púrpura, y dos asistentes, con la ayuda de los mecanismos, situaron en el lugar correspondiente. La ceremonia no contemplaba discursos ni invocaciones, muy en la línea astrea de la Capilla, pensó Ígur, y acabada la incineración todos salieron en silencio.
En la puerta, aunque hizo lo imposible para evitarlo, Ígur se topó con Per Allenair, y lo saludó deprisa esperando que no hubiera más dilación, pero el otro lo detuvo.
– Caballero Neblí, me han explicado la penosa escena que protagonizasteis en la enfermería -Ígur vio detrás de él a Berkin y al Padrino de Milana, por lo que era inútil intentar eludir responsabilidades-. No sé las iniciativas que se reserva el Fidai Decano, pero quiero que sepáis que en la primera conferencia de la Capilla tengo intención de solicitar formalmente vuestra expulsión irrevocable.
Y se fue sin darle ocasión de réplica. Ígur saludó a Mongrius y evitó al Agon de los Meditadores y al Decano Vega, y cuando ya se iba, lo sorprendió Cuimógino, a quien no ubicaba de día y en sitio abierto.
– Caballero, hace dos días que os busco y no consigo contactar con vos. Suponía que estaríais aquí, y por suerte os he encontrado, porque es imprescindible que hable con vos antes de que intentéis entrar en el Laberinto.
– ¿Os parece bien que vayamos a mi casa? -dijo Ígur, y tomaron un transporte.
En la salita, Ígur ofreció una copa al visitante.
– En primer lugar -dijo Cuimógino-, permitid que me excuse por la manera tan poco ortodoxa y hasta ordinaria en que me he presentado delante vuestro -Ígur insinuó una inclinación-; como os he dicho, tengo una deuda de agradecimiento con vos, y aunque nunca os la podré pagar en su totalidad, qué poco imaginaba que tan pronto tendría ocasión de hacerlo en una parte pequeña pero, creo yo, bastante sustanciosa.
– Vos diréis.
– El caso es que estoy encargado de realizar una investigación de la que, lamentablemente, no me está permitido comentaros en extensión ni concretar los detalles principales, pero sí os puedo participar lo que os afecta personalmente, que no es poco ni fútil. Se trata, en primer lugar, de vuestras amigas.