Ígur Neblí
- Автор: Palol Miquel de
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Ígur Neblí». Краткое содержание книги:
Para quienes siempre pensaron que la literatura es un juego con la literatura, para quienes no se conforman con la lectura de la historia y quieren tomar parte de ella y para quienes gustan de los libros que jamбs se acaban con su ъltima pбgina, Igur Nebli resultara una lectura extremadamente gratificante.
La calidad indiscutible que llevу al exito a El Jardin de los Siete Crepъsculos alcanza con Igur Nebli una envidiable madurez.
`Un texto donde Palol lleva hasta sus ъltimas consecuencias el objetivo de convertir la literatura en el medio mбs oportuno para disfrazarse de dios y jugar a la construcciуn de un mundo`. Javier Aparicio, El Pais.
`La particular `locura` narrativa de Palol es saludable para todo el conjunto de la narrativa catalana`. Marc Soler, El Temps.
– ¿El Príncipe está dispuesto a recibirnos? -dijo el Magisterpraedi, con las cejas levantadas y mirando hacia adelante.
El Secretario se volvió hacia Ígur.
– Nunca os dirigiréis al Príncipe sin que él os haya preguntado previamente. No os acercaréis a su persona a menos de tres metros, ni os alejaréis más de ocho; en realidad, es preferible que no os mováis ni un palmo del lugar que os será asignado. Nunca le daréis la espalda ni le perderéis la cara en un ángulo superior a los treinta grados de la perpendicular de vuestras miradas, sesenta de margen, por lo tanto, en total. Nunca le miraréis directamente a la cara, sino que, con vuestra cabeza en inclinación directa natural, dirigiréis los ojos al punto del suelo situado un metro delante de los pies del Príncipe. No responderéis con monosílabos, pero tampoco daréis respuestas exageradamente largas ni arbitrariamente convencionales o pomposas. Trataréis al Príncipe de «Vuestra Excelencia», y cuando os refiráis a vos mismo no diréis «Yo», sino «Éste vuestro humilde servidor». Haréis tres inclinaciones al entrar, tres al salir y una cada vez que habléis. No os dirigiréis a nadie más de los presentes bajo ningún concepto, ni en voz alta, ni mucho menos en voz baja, si no es que lo comporta la mecánica de la conversación directamente impelida por Su Excelencia.
Ígur se volvió a Arktofilax, y el Magisterpraedi, sin devolverle la mirada, esbozó una sonrisa irónica; Ígur sintió que Francis lo utilizaba de cabeza de turco porque no podía plantarle cara a Arktofilax, pero también se extrañó de que no hubiera indicaciones sobre el guión de la conversación; porque en una audiencia, la única manera posible de que un Príncipe pueda dialogar con ciudadanos no afectados de nobleza es que a unos y a otros les sean transferidos roles de personajes diferentes, para que a través de ellos hablen los individuos reales. Y aun tal observancia resulta insuficiente en algunos casos especialmente delicados, y hay que buscar posiciones metapersonales de excepción, que no traduzcan la situación ficticia y, al resolverla, la vuelvan inútil (el problema se produce entonces para los oficiales de protocolo de una y otra parte, que tienen que dedicar horas, y a menudo días, y hasta semanas, a descifrar la conversación, y es habitual que se necesiten nuevas reuniones subsidiarias para establecer el resultado, sobre el que se abate irresolublemente el peso de las interpretaciones). No era el caso, y seguidos por centenares de cámaras y sensores, Ígur y Arktofilax transitaron salones y galerías de tal altura que se podían construir edificios de pisos en ellos, y finalmente atravesaron una nueva habitación de protección con pantallas de registro, custodiada por un grupo selecto de especialistas que los hicieron pasar de nuevo por todas las incomodidades.
– ¿Era necesario todo eso? -dijo el Caballero al Magisterprasdi en un momento aparte-. Me refiero a tener que bailarle el agua al Príncipe.
– Por no querer bailarle el agua a nadie me he pasado veinte años sin ver a más de veinte personas, exactamente una por año, eres tú el que me fue a buscar -dijo Arktofilax con suavidad.
Los hicieron pasar al salón contiguo, una impresionante pieza porticada con una cúpula de tres lóbulos con sus correspondientes lucernarios, y el Jefe de Protocolo indicó la posición de cada uno: en fila ligeramente curvada Francis, Arktofilax y después Ígur. Cerraron todas las puertas y rogaron silencio. Solución de compromiso, pensó Ígur, leyes irgúlidas y pelaje astreo: el mármol oscuro, los terciopelos negros y lilas y las cenefas doradas conferían al ambiente una lóbrega suntuosidad, oscurecimiento y palidez a la vez. Se abrió otra puerta y entraron dos ujieres de gran estatura, que se quedaron uno a cada lado del linde; un tercero, de más edad y quizá aún más alto que los demás, entró con la cabeza exageradamente erguida y anunció:
– ¡Su Excelencia Imperial el Príncipe Bruijma!
Entre las inclinaciones de rigor, más acentuadas en unos que en otros, entró el personaje, alto y corpulento, talmente una fiera, con pinta de oso, mezcla de toro y tigre, con colores de lobo, inyecto y brillante de labios y ojos, despechugado, piloso, exuberante en humores, sanguinario, enciudo, dientes y mandíbulas, barba corta y entrecana, caliente y carnicero, fornido y poderoso. A Ígur, a quien le costaba ver en todo aquello el inicio de un Juego con posible resultado de muerte, miró a Arktofilax de reojo, y, tal como imaginaba, el Magisterpraedi miraba a Bruijma a la cara. Ígur había supuesto que un Príncipe considerado joven sería un joven, pero se encontró con un hombre de más de cincuenta años.
El Príncipe se situó ante los visitantes, y el Jefe de Protocolo los presentó, incluido a Francis, lo que a Ígur le pareció una payasada, porque era de suponer que Francis despachaba regularmente con él. Bruijma se dirigió a Arktofilax, con una voz de trueno cascada de acuerdo con la prestancia de bestialidad del conjunto.
– Volveros a ver nos agrada, Magisterpraedi, nos satisface que forméis parte de nuestra Entrada.
– Siempre a vuestro servicio. Excelencia -dijo Arktofilax sin ninguna afectación.
A Ígur se le ocurrió que quizá se consideraba que Bruijma, Hydene y Neblí eran los personajes de ficción a través de los cuales hablaban el Príncipe, el Magisterpraedi y el Caballero. Quizá el objeto de la transposición era absorber cualquier apreciación, por más velada que fuera, que pudiera aparecer sobre las prerrogativas que la población supone en un Príncipe: aprovecharse de todo sin pagar, etcétera.
– ¿Lo conseguiréis? -preguntó Bruijma.
– Así lo espero. Excelencia.
– Tenemos el mayor interés en que lo logréis, y confiamos plenamente en vos. -Ígur pensó en Debrel, no tan sólo porque le parecía justo hacer mención, sino sobre todo por la posibilidad de interceder por él; pero quién sabe los turbios designios que lo habían condenado, y además ¡qué podía hacer un oscuro Caballero al que un noble no tenía que recatarse en atribuir, si le venía en gana, el negro cometido de la exaltación de los instintos primarios de la ciudadanía, como tantas veces así había sido! Bruijma se dirigió a él-: ¿Y vos, joven Caballero, tenéis buen espíritu? ¿Creéis que lo conseguiréis?
Ígur no pudo contenerse de mirarle los ojos, que tenía grises y envenenados de un aire hipnotizador, e intentó tranquilizarse: la situación tenía cualquier significado, o no tenía ninguno.
– No tengo la menor duda. Excelencia -dijo.
Apreció cómo, sin duda, Ígur Neblí era el rol de Ígur, personaje ficticio de un joven de Cruiaña; ciertamente, el director de escena lo tenía todo previsto, no era necesario inventar ninguna realidad, porque la conversación era la invención que ocultaba al verdadero sujeto, quién sabe en qué medida distante la letra de las palabras, quién sabe si un mundo que él nunca habría ni sospechado, o bien tan sólo una sutileza, una coma; de repente se dio cuenta de que los demás lo miraban con preocupación perentoria. ¿En dónde había fallado? ¿Qué iba mal? Se fijó en lo que había dicho Bruijma. ¿Cuántas palabras había pronunciado? ¿Cuál era la sexta letra de la sexta palabra? Algo se le escapaba, y no sabía ni dónde buscar.
– Eso nos complace -dijo el Príncipe, sin ninguna inflexión de voz significativa-. Esperaremos con impaciencia vuestra salida del Laberinto. -Ígur pensó que quizá el Príncipe era un idiota, y lo que decía no contenía ninguna información de utilidad, o era un actor, y entonces las palabras que había que analizar eran las del Secretario, antes en la audiencia, que él había escuchado mirando a las musarañas-. En vosotros confío, no falléis.
Dio media vuelta y se fue.
– Su Excelencia -anunció el Jefe de Protocolo una vez que Bruijma hubo salido con los tres ujieres- os invita a una copa para conmemorar la visita.
– Aceptamos con mucho gusto -dijo Arktofilax adelantándose a la previsible tentación de Ígur de cuestionar la rectitud de un convite que el anfitrión no comparte.