Ígur Neblí
- Автор: Palol Miquel de
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Ígur Neblí». Краткое содержание книги:
Para quienes siempre pensaron que la literatura es un juego con la literatura, para quienes no se conforman con la lectura de la historia y quieren tomar parte de ella y para quienes gustan de los libros que jamбs se acaban con su ъltima pбgina, Igur Nebli resultara una lectura extremadamente gratificante.
La calidad indiscutible que llevу al exito a El Jardin de los Siete Crepъsculos alcanza con Igur Nebli una envidiable madurez.
`Un texto donde Palol lleva hasta sus ъltimas consecuencias el objetivo de convertir la literatura en el medio mбs oportuno para disfrazarse de dios y jugar a la construcciуn de un mundo`. Javier Aparicio, El Pais.
`La particular `locura` narrativa de Palol es saludable para todo el conjunto de la narrativa catalana`. Marc Soler, El Temps.
– ¿Has sabido algo de Kim y Guipria? -preguntó Ígur.
– No. ¿Y tú?
Como la claridad blanquecina que en la culminación del temporal toca de repente el centro del encapotamiento más tenebroso, llevada por el cruce de los más inciertos propósitos, Fei se acercó a la mesa de al lado. Los tres interlocutores, de edades comprendidas entre veinticinco y cuarenta años, la trataban con la distancia y la fachenda del que no quiere mostrar sentimientos en lugar público, y a la vez con la cortesía tendente a la brutalidad en la que se sobreentienden intimidades pasadas; ella navegaba triunfal las aguas que Ígur no podía evitar que tan secretamente lo atormentaran, sonreía aquí y allá con una mesuradísima mezcla de inteligencia serena y sensualidad desenvuelta, con tal dominio de sus gestos que no hubiera tenido que modificarlos ni para el esplendor de un trono ni para la presidencia de una orgía.
– ¿Estás bien aquí? -preguntó Ígur a Sadó.
– Sí, muy bien.
Ígur creía que ella era aún demasiado niña para apreciar el mundo; quizá sí fuera inconsciencia encontrar divertido el instante, pero ¿cuál era la verdadera dimensión de las cosas? Sadó estaba a su lado, más bella que nunca, y a cada momento los ojos se le iban hacia los demás, y Fei, que estaba en medio de una conversación a tres bandas, no le quitaba ojo de encima. Sadó le cogió la mano, e Ígur se dio cuenta de que el Palacio Conti había dejado de ser su refugio delicioso, el único reducto de paz y silencio de las amenazas; cuando Isabel y Arktofilax se levantaron, Ígur aprovechó para despedirse de Sadó y tocarle el codo a Hydene.
– Magister, yo me voy.
– ¿Cómo que te vas? -saltó Madame Conti, y se volvió hacia Arktofilax-. ¿Tú crees que es momento de que se vaya? De ninguna manera, joven campeón, no vale abandonar los fuegos que has encendido.
– Esta noche tengo que estar solo -insistió Ígur sin moverse, retenido más por el silencio del Magisterpraedi que por la intervención de ella.
– Al menos, si tienes que irte -miró en derredor-, ¿dónde está Sadó? -Sadó se había desplazado y charlaba muy animada con una pareja-; ¿de verdad tienes que marcharte? ¿Sí? ¿Y si…? En fin, es una lástima. ¿Y Fei? -Fei había desaparecido-. Daremos una fiesta uno de estos días, para los héroes del Laberinto -miró a Arktofilax embelesada-, y allí no se admitirán deserciones.
– No desertaré -dijo Ígur, y el Magisterprasdi y él se lanzaron una mirada divertida.
En su casa, en el portal estaba el augusto de siempre, tosiendo como un perro y más abrigado que nunca. Sus miradas se encontraron, Ígur sintió una conmoción. ¿Dónde estaba su compañero? Al día siguiente le esperaba una difícil gestión y le convenía estar despejado.
Al día siguiente a primera hora Ígur y Arktofilax se encontraron en la Recepción del Palacio Bruijma, un magnífico edificio al poniente de la Falera, totalmente autónomo de las dependencias que ocupaban Francis y los demás responsables políticos, un poco recargado de dorados y colores claros primarios para el gusto de Ígur -quizá, pensó, me he acostumbrado tanto a las negruras astreas, que me cuesta digerir las pastelitos irgúlidas-, pero perfectamente austero y sereno en la decoración y uso de los materiales. Allí, entre un pequeño ejército de Guardias, el Camarlengo de Recepción los hizo pasar a una sala y les hizo dejar las armas, después los guió por cámaras especiales de registro, con seis tipos diferentes de radiación, y finalmente los invitó a sentarse en un locutorio.
– Empezaremos por el Magisterpraedi Hydene -dijo, completamente neutro en su actitud-. Por favor, vuestro sello.
Arktofilax lo introdujo en el Cuantificador, y la pantalla se llenó de datos.
– Preparado -dijo, y tecleó su código.
– Sentimientos suicidas -leyó el Camarlengo de Recepción-; contrastar -ordenó por micro-; concretar y ampliar -en silencio, las luces teñían las caras de intermitencias de colores-; indiferencia al paso del tiempo; principal objeto de escepticismo: la felicidad; intolerancia reducida por la pasividad; suicida por inhibición de pasiones no especulativas. Peligro principaclass="underline" relativismo del instinto de conservación. Pretendida noticia y aceptación de su próximo final. Postración patológica sobre diversas cuestiones, algunas en fase avanzada. Voluntad exacerbada por la pretensión a ultranza de ser racional -Arktofilax escuchaba impasible, sin la menor señal de tensión o sorpresa, ni de aceptación o rechazo-; olvido de la infancia; odio al convencionalismo de los buenos sentimientos. Odio a los Príncipes. Desprecio a la muerte. Odio al amor.
La pantalla aceleró el paso de datos, y el Camarlengo de Recepción asintió.
– ¿Hemos terminado?
– Con vos hemos terminado -dijo el funcionario-, ahora el Caballero Neblí. Si tenéis la bondad… -Repitieron la operación con el otro sello-. Empecemos. -Se hizo el silencio-. Fuerza, equilibrio y coordinación motriz insuperables; así como elasticidad, velocidad, reflejos y capacidad de resistencia y recuperación. Pánicos diversos: a envejecer, sobre todo. Dudas en proceso de cicatrización; principalmente sobre la entidad individual. En general, y en primer lugar la propia. Tendencia al solipsismo, más en forma de asalto empalico compulsivo que como radiación de fondo. Un momento -se acercó a la pantalla-. Residuos de la Séptima Demeterina. -Se volvió-. Lo siento mucho, el Caballero Neblí no puede entrar.
– Tiene que entrar -dijo Arktofilax con correctísima firmeza.
– Lo siento, es el protocolo de Su Excelencia -dijo el otro en el mismo tono.
El Magisterpraedi le sorprendió levantando la voz con una ferocidad que incluso sobresaltó a Ígur.
– El protocolo de Su Excelencia no me interesa. Si no tenéis autoridad para resolver una contingencia de excepción, llamad ahora mismo a alguien que la tenga.
El Camarlengo de Recepción reapareció diez minutos más tarde con el Clavario de Circulación Interior del Palacio, y la discusión se reprodujo con parecidos argumentos.
– Lo único que puedo hacer -dijo el segundo funcionario, intimidado por la contundencia del Magisterpraedi- es transferir la decisión al convocante de la recepción, el Secretario de Relaciones Exteriores.
– Tecleó el Cuantificador.
Transcurrió un largo cuarto de hora en tensión y silencio, entre inmovilidades calculadas y procurando no cruzarse las miradas, hasta que compareció Francis vestido de gala.
– ¿Cuál es el problema? -preguntó con mal humor autoritario.
– El Caballero presenta residuos de la Séptima Demeterina -dijo el Clavario tan mansamente como si la culpa fuera suya.
A Ígur se le encendió la sangre imaginando cómo reaccionaría si el Secretario lo increpaba a saber bajo qué concepto, pero Francis ni lo miró.
– Uno coma sesenta y uno ochenta del tres por cuatro -le dijo al micro del Cuantificador, apretando fijamente tres teclas; la pantalla se mantenía negra-, superación del comitente. Afrodita más novecientos cincuenta y dos, partido por cien -esperó la señal-, confirmación en decimotercera. -Ígur miró a Arktofilax, que mantenía una expresión altiva-. Confirmar. Entrar. Expedir y archivar.
El Cuantificador expulsó lentamente el sello de Ígur, que cuando lo vio aparecer le pareció de regreso del más allá.
– Ya está -dijo el Camarlengo, aliviado-; podemos continuar la lectura del espectro.
Francis se dirigió a Arktofilax como si no hubiera nadie más presente.
– Magisterpraedi, excusad esta pequeña complicación técnica. Cada día aparecen incompatibilidades imprevistas entre las condiciones.
– Dicen que la eficacia de un mecanismo se mide por el volumen de dificultades que genera -dijo Arktofilax, imperturbable; quedaba claro que de la lectura del espectro de Ígur ya no se iba a hablar más.
– ¿Os han explicado el protocolo? -dijo Francis, y rápidamente precisó-: No lo digo por vos, ya sé que tenéis el hábito del trato, me refería al Caballero.