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El tercer gemelo

Электронная книга - «El tercer gemelo». Краткое содержание книги:

Ayer acabé otra novela de Ken Follet de las que tengo por casa pendientes.
El tercer gemelo habla sobre el tema de la clonación de seres humanos. Una empresa pionera en estas investigaciones decide, allá por los años setenta, lanzar sus pruebas a los seres humanos pero sin advertir a los afectados.
Veintitrés años después de que se llevaran a cabo algo hará que se descubra todo el pastel, gracias a una profesora que trabaja para esa empresa sin saber el fin real de sus estudios.
“Una joven científica está desarrollando una investigación sobre la formación de la personalidad y las diferencias de comportamiento entre gemelos. De pronto, cuando descubre dos gemelos absolutamente idénticos nacidos de madres distintas, se da cuenta de que alguien intenta frenar su investigación al precio que sea.
¿Es posible que se hayan hecho experimentos secretos de clonación en seres humanos sin ser ellos conscientes? ¿Y de qué forma puede estar involucrado un candidato a la presidencia de los Estados Unidos?”
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Indicó con la cabeza el Pabellón de Psicología Ruth W. Acorn.

– Es ahí -dijo-. Todo el mundo lo llama la Loquería.

– Sigue andando al mismo ritmo de marcha -aconsejó el hombre-. ¿Cómo se entra por la puerta frontal?

– Se abre con una tarjeta de plástico, lo mismo que la puerta de mi despacho. Puedo conseguir que alguien me preste una.

– No hace falta. Me molestan los cómplices. ¿Por dónde se va a la parte posterior?

– Te lo enseñaré.

Un sendero cruzaba el césped de la otra parte lateral de la Loquería, hacia la zona de aparcamiento destinada a los visitantes. Jeannie lo siguió, hasta desembocar en el patio pavimentado de la parte trasera del edificio. Su padre recorrió con mirada profesional la elevación que había detrás.

– ¿Qué es esa puerta? -señaló.

– Creo que es una salida de incendios.

El hombre asintió con la cabeza.

– Probablemente tendrá un travesaño al nivel de la cintura, la clase de barra que abre la puerta si uno la empuja.

– Creo que sí. ¿Vamos a entrar por ahí?

– Sí.

Jeannie recordó que por dentro había un letrero que decía: «PUERTA DOTADA DE SISTEMA DE ALARMA».

– Dispararás la alarma -advirtió.

– De eso, ni hablar -respondió su padre. El hombre miro en torno-. ¿Pasa mucha gente por aquí detrás?

– No. De noche, sobre todo, no suele venir nadie.

– Muy bien. Manos a la obra.

Depositó la cartera en el suelo, la abrió y extrajo de ella una cajita de plástico negro, con una esfera. Pulsó un botón y lo mantuvo apretado mientras recorría con la cajita el marco de la puerta, fija la mirada en la esfera. La aguja empezó a oscilar al llegar la cajita a la esquina superior derecha de la puerta. El padre de Jeannie emitió un gruñido de satisfacción.

Devolvió la cajita al interior de la cartera y sacó otro aparato similar, junto con un rollo de cinta aislante. Fijó el aparato a la esquina superior derecha de la puerta y accionó un interruptor. Empezó a oírse un leve zumbido sordo.

– Eso confundirá a la alarma antirrobo -dijo.

Tomó un largo trozo de alambre que tiempo atrás había sido un colgador de camisas de los que usan en las lavanderías. Lo dobló con cuidado hasta que adoptó la adecuada forma retorcida e insertó una punta en la rendija de la puerta. Movió el alambre durante unos segundos y luego dio un tirón.

La puerta se abrió.

No sonó la alarma.

Recogió la cartera y entró en el edificio.

– Espera -dijo Jeannie-. Esto no está bien. Cierra la puerta y volvamos a casa.

– Ea, vamos, no tengas miedo.

– No puedo hacerte esto. Si te cogen, vas a estar en la cárcel hasta los setenta años.

– Jeannie, quiero hacerlo. He sido para ti un padre pésimo durante demasiado tiempo. Es mi ocasión de ayudarte, para variar. Tiene mucha importancia para mí. Vamos, por favor.

Jeannie entró.

Su padre cerró la puerta.

– Indícame el camino.

Jeannie subió corriendo por la escalera de incendios hasta la segunda planta y luego recorrió el pasillo y llegó a su despacho. Señaló la puerta.

El padre sacó de la cartera otro instrumento electrónico. Este llevaba una placa metálica del tamaño de una tarjeta de cuenta, unida mediante cables. Introdujo la placa en el lector de instrumentos y accionó el interruptor del instrumento.

– Prueba toda posible combinación -explicó.

A Jeannie le maravilló lo fácilmente que su padre había entrado en un edificio que disponía de un sistema de seguridad con los últimos adelantos.

– ¿Quieres que te diga una cosa? -declaró el hombre-. ¡No tengo ni pizca de miedo!

– Cielo santo, pues yo sí -confesó Jeannie.

– No, en serio, he recuperado el valor, quizá porque tú vienes conmigo. -Sonrió-. Vaya, podríamos formar equipo.

Ella movió negativamente la cabeza.

– Olvídalo. No aguantaría la tensión.

Se le ocurrió que era posible que Berrington hubiese entrado allí y se hubiese llevado el ordenador y todos los disquetes. Habría sido espantoso que hubieran corrido aquel riesgo tan terrible para nada.

– ¿Cuánto tardarás? -preguntó, impaciente.

– Cuestión de un segundo.

Al cabo de un momento, la puerta giró suavemente sobre sus goznes.

– ¿No vas a pasar? -incitó el padre, orgulloso.

Jeannie entró y encendió la luz. Su computadora seguía encima de la mesa. Abrió el cajón de la mesa. Allí estaba su caja de disquetes de seguridad. La examinó a toda velocidad. El disquete de COMPRAS.LST se encontraba dentro. Lo cogió.

– Gracias a Dios.

Ahora que lo tenía en su poder no le era posible perder un segundo en leer la información que contenía. Aunque anhelaba desesperadamente verse fuera de la Loquería, le tentación de echar un vistazo al archivo en aquel preciso instante era muy fuerte. En casa no tenía ordenador; papá lo había vendido. Para leer el disco iba a tener que pedir prestado un ordenador. Lo que requeriría tiempo y explicaciones.

Decidió arriesgarse.

Encendió el ordenador de su escritorio y aguardó a que concluyera el proceso de arranque.

– ¿Qué estás haciendo? -le preguntó su padre.

– Quiero leer el archivo.

– ¿No puedes hacerlo en casa?

– En casa no tengo ordenador, papá. Lo robaron.

El hombre no captó la ironía.

– Date prisa, pues. -Se llegó a la ventana y miró afuera.

Parpadeó la pantalla y Jeannie pulsó el botón del ratón sobre el programa de WP. Deslizó el disquete en la disquetera y encendió la impresora.

Las alarmas se dispararon instantáneamente. Jeannie creyó que se le había paralizado el corazón. El ruido era ensordecedor.

– ¿Qué ha pasado? -gritó.

Su padre estaba blanco de pánico.

– Debe de haber fallado ese maldito emisor, o quizás alguien lo ha quitado de la puerta -voceó a su vez el hombre-. Estamos listos, Jeannie, ¡a correr!

Jeannie estaba loca por arrancar el disquete del ordenador y salir disparada, pero se obligó a pensar fríamente. Si ahora la cogían y le quitaban el disquete, lo habría perdido todo. Tenía que ver la lista mientras pudiera. Agarró a su padre del brazo.

– ¡Sólo unos segundos más!

El miró por la ventana.

– ¡Maldición, ese parece un guardia de seguridad!

– ¡Tengo que imprimir esto! ¡Espérame!

Su padre temblaba como una hoja.

– No puedo, Jeannie, no puedo, ¡perdóname!

Cogió su cartera y emprendió la huída a todo correr.

Jeannie sintió lástima por él, pero ahora no podía abandonar. Pasó al directorio A, puso en pantalla el archivo del FBI e hizo clic sobre la palabra «Imprimir». No sucedió nada.

La impresora todavía se estaba cargando. Soltó un taco.

Se acercó a la ventana. Dos guardias de seguridad entraban en el edificio por la puerta de la fachada.

Cerró la puerta del despacho.

Clavó la mirada en la impresora de chorro de tinta.

– Vamos, vamos, venga.

Por fin, la impresora emitió un chasquido, empezó a zumbar y succionó una hoja de papel de la bandeja.

Jeannie sacó el disquete de la disquetera y se lo guardó en el bolsillo de la chaqueta azul eléctrico.

La impresora expulsó cuatro hojas de papel y se detuvo.

Con el corazón saltándole demencialmente en el pecho, Jeannie arrebató las páginas a la bandeja y examinó las líneas impresas.

Había treinta o cuarenta parejas de nombres. La mayoría eran masculinos, pero eso no tenía nada de extraño: casi todos los crímenes los cometen hombres. En algunos casos, la dirección era una cárcel. La lista era exactamente lo que Jeannie había esperado. Buscó los nombres de «Steve Logan» o «Dennis Pinker». Ambos figuraban allí.

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