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El tercer gemelo

Электронная книга - «El tercer gemelo». Краткое содержание книги:

Ayer acabé otra novela de Ken Follet de las que tengo por casa pendientes.
El tercer gemelo habla sobre el tema de la clonación de seres humanos. Una empresa pionera en estas investigaciones decide, allá por los años setenta, lanzar sus pruebas a los seres humanos pero sin advertir a los afectados.
Veintitrés años después de que se llevaran a cabo algo hará que se descubra todo el pastel, gracias a una profesora que trabaja para esa empresa sin saber el fin real de sus estudios.
“Una joven científica está desarrollando una investigación sobre la formación de la personalidad y las diferencias de comportamiento entre gemelos. De pronto, cuando descubre dos gemelos absolutamente idénticos nacidos de madres distintas, se da cuenta de que alguien intenta frenar su investigación al precio que sea.
¿Es posible que se hayan hecho experimentos secretos de clonación en seres humanos sin ser ellos conscientes? ¿Y de qué forma puede estar involucrado un candidato a la presidencia de los Estados Unidos?”
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Agitó una mano para indicar la universidad.

– Jones Falls es importante para cuantos están aquí. La reputación de un académico puede aumentar o disminuir junto con la de la institución en la que trabaje. Les pido que piensen en el efecto que tendrá su veredicto sobre la reputación de la Universidad Jones Falls como institución académica libre e independiente. ¿Va a dejarse amedrentar la universidad por el ataque frívolo de un diario? ¿Va a cancelarse un programa de investigación científica a cambio de que se remate sin problemas la operación de compraventa de una empresa? Espero que no. Confío en que la comisión impulsará el buen nombre de la Universidad Jones Falls demostrando que lo que importa aquí es un valor sencillo: la verdad.

Contempló a los miembros de la comisión y dejó que sus palabras calasen. Le fue imposible pronosticar, por la expresión de sus rostros, si el discurso les había impresionado o no. Al cabo de un momento, se sentó.

– Gracias -dijo Jack Budgen-. ¿Tendrían la bondad todos ustedes, salvo los miembros de la comisión, de retirarse de la sala mientras deliberamos?

Steve sostuvo la puerta a Jeannie, mientras salía, y la siguió al pasillo. Abandonaron el edificio y se detuvieron a la sombra de un árbol. Jeannie estaba pálida a causa de la tensión.

– ¿Qué opinas? -preguntó.

– Hay que ganar -dijo él-. Tenemos razón.

– ¿Qué voy a hacer si perdemos? -aventuró Jeannie-. ¿Mudarme a Nebraska? ¿Buscarme un trabajo de maestra de escuela? ¿Hacerme azafata aérea, como Penny Watermeadow?

– ¿Quién es Penny Watermeadow?

Antes de que tuviera tiempo de contestar, Jeannie vio algo por encima del hombro de Steve que la hizo titubear. Steve volvió la cabeza. Henry Quinn estaba a su espalda, fumando un cigarrillo.

– Estuviste muy agudo e inteligente ahí dentro -dijo Quinn-. Espero que no pienses que soy arrogante si digo que he disfrutado una barbaridad intercambiando ingenio contigo.

Jeannie produjo un ruido de desagrado y se alejó.

Steve se mostró más objetivo. Se suponía que los abogados eran así, amistosos con sus oponentes, fuera de la sala del tribunal. Además, era posible que algún día llamase a la puerta de Quinn para solicitarle un empleo.

– Gracias -dijo cortésmente.

– Desde luego, presentaste el mejor de los argumentos -prosiguió Quinn, con una franqueza que sorprendió a Steve-. Por otra parte, en un caso como este, la gente vota en interés propio, y todos esos miembros de la comisión son profesores veteranos. Les resultará muy duro apoyar a una joven en contra de alguien de su propio grupo, al margen de los argumentos.

– Son todos intelectuales -alegó Steve-. Tienen un compromiso con la razón.

Quinn asintió.

– Puede que estés en lo cierto. -Dirigió a Steve una mirada especulativa y preguntó-: ¿Tienes idea de lo que realmente se debatía aquí?

– ¿Qué quiere decir? -preguntó Steve, cauto.

– Salta a la vista que hay algo que aterra a Berrington, y no es la publicidad negativa. Me preguntaba si la doctora Ferrami y tú sabríais de qué se trata.

– Creo que lo sabemos -repuso Steve-. Pero no podemos demostrarlo, aún.

– Sigue intentándolo -aconsejó Quinn. Dejó caer el cigarrillo y lo aplastó con la suela del zapato-. No permita Dios que Jim Proust sea presidente.

Se alejó.

Con que esas tenemos, pensó Steve; nos ha salido un progresista encubierto.

Apareció Jack Budgen en la entrada e hizo un gesto indicándoles que volvieran. Steve cogió a Jeannie del brazo y regresaron adentro.

Examinó los rostros de los miembros de la comisión. Jack Budgen sostuvo su mirada. Jane Edelsborough le dedicó una sonrisita.

Esa era una buena señal. Las esperanzas de Steve se remontaron hacia las alturas.

Todos se sentaron.

Jack Budgen revolvió sus papeles innecesariamente.

– Agradecemos a ambas partes las facilidades que han dado para que esta audiencia haya podido desarrollarse con dignidad. -Hizo una pausa solemne -Nuestra decisión es unánime. Recomendamos al consejo de esta universidad el despido de la doctora Jean Ferrami. Gracias.

Jeannie hundió la cabeza entre sus manos.

40

Cuando por último Jeannie estuvo sola, se arrojó encima de la cama y estalló en lágrimas.

Lloró durante largo rato. Golpeó las almohadas, gritó a la pared y pronunció las palabrotas más obscenas que conocía, después hundió la cara en la colcha y lloró todavía más. Las sábanas se humedecieron con las lágrimas y se llenaron de negros churretones de rimel.

Al cabo de un rato, se levantó, se lavó la cara y preparó café.

«No es como si te hubiesen detectado un cáncer -se dijo-. Vamos, compórtate.» Pero era muy duro. No iba a morirse, desde luego, pero había perdido todo por lo que consideraba que merecía la pena vivir.

Pensó en cómo era a los veintiuno. Aquel mismo año se había licenciado summa cum laude y había ganado el torneo del Mayfair Lites. Se vio en la pista, con la copa levantada en el tradicional gesto de triunfo. Tenía el mundo a sus pies. Al volver ahora la mirada hacia atrás tuvo la sensación de que era una persona distinta la que sostenía aquel trofeo.

Sentada en el sofá, bebió café. Su padre, el muy desgraciado, le había robado el televisor, así que ni siquiera podía ver los culebrones para distraerse y apartar su mente de la angustia que le abrumaba. Se hubiera atiborrado de bombones, de tener alguna caja por allí. Pensó en coger una buena borrachera, pero eso la deprimiría aún más. ¿Ir de compras? Probablemente se echaría a llorar en el probador y, de todas formas, estaba todavía más arruinada que antes.

El teléfono sonó hacia las dos. Jeannie no le hizo caso. Sin embargo, la persona que llamaba insistió de tal modo que, a final, Jeannie se harto de oír el timbre y acabo por descolgar.

Era Steve. Después de la audiencia había vuelto a Washington para reunirse con su abogado.

– Ahora estoy en su bufete -dijo-. Estamos hablando de emprender una acción legal contra la Jones Falls para recuperar tu lista del FBI. Mi familia correrá con los gastos. Creen que merece la pena apurar las posibilidades de dar con el tercer gemelo.

– Me importa una mierda el tercer gemelo -profirió Jeannie.

Sucedió una pausa, al cabo de la cual Steve dijo:

– Para mí es importante.

Jeannie suspiró. «Con todas las calamidades que me abruman, ¿se da por supuesto que debo preocuparme de Steve?» Luego se dominó. «El se preocupó por mí, ¿no?» Se sintió avergonzada.

– Perdóname, Steve -se excusó-. Me estoy compadeciendo a mí misma. Claro que voy a ayudarte. ¿Qué quieres que haga?

– Nada. El abogado planteará el caso ante el tribunal, siempre y cuando le des permiso.

Jeannie empezó de nuevo a pensar.

– ¿No es un poco arriesgado? Quiero decir que supongo que a la Universidad Jones Falls le notificarán nuestra petición. Y Berrington sabrá entonces dónde está la lista. Y se apoderará de ella antes de que nosotros podamos recuperarla.

– Tienes razón, maldita sea. Espera un momento, que se lo digo.

Al cabo de unos instantes sonó otra voz por el teléfono.

– Aquí Runciman Brewer, doctora Ferrami, en estos momentos estamos conferenciando con Steve. ¿Dónde se encuentran esos datos?

– En un cajón de mi mesa, grabados en un disquete con el rótulo de COMPRAS.LST.

– Podemos solicitar que se nos permita acceder a su despacho sin especificar qué estamos buscando.

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