El tercer gemelo
- Автор: Фоллетт Кен
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El tercer gemelo». Краткое содержание книги:
El tercer gemelo habla sobre el tema de la clonación de seres humanos. Una empresa pionera en estas investigaciones decide, allá por los años setenta, lanzar sus pruebas a los seres humanos pero sin advertir a los afectados.
Veintitrés años después de que se llevaran a cabo algo hará que se descubra todo el pastel, gracias a una profesora que trabaja para esa empresa sin saber el fin real de sus estudios.
“Una joven científica está desarrollando una investigación sobre la formación de la personalidad y las diferencias de comportamiento entre gemelos. De pronto, cuando descubre dos gemelos absolutamente idénticos nacidos de madres distintas, se da cuenta de que alguien intenta frenar su investigación al precio que sea.
¿Es posible que se hayan hecho experimentos secretos de clonación en seres humanos sin ser ellos conscientes? ¿Y de qué forma puede estar involucrado un candidato a la presidencia de los Estados Unidos?”
Como coartada no podía ser más inexpugnable.
¿Cómo era posible?
– Bien, señor Stattner -dijo Mish-, no es preciso que le robemos más tiempo.
– ¿Qué pensaban que pude haber hecho?
– Investigamos una violación que tuvo lugar en Baltimore el domingo por la noche.
– Yo no estaba -dijo Wayne.
Mish miró la crucifixión y el muchacho siguió la dirección de sus ojos.
– Todas mis víctimas son voluntarias -declaró Wayne, y dedicó a Mish una larga y sugestiva mirada.
La detective se sonrojó y dio media vuelta.
Jeannie estaba desolada. Todas sus esperanzas se habían volatilizado. Pero su cerebro continuaba trabajando y cuando se disponían a salir, dijo:
– ¿Puedo preguntarle una cosa?
– Faltaría más -accedió Wayne, siempre atento.
– ¿Tiene hermanos o hermanas?
– Soy hijo único.
– En la época en que usted nació, su padre estaba en el ejército ¿me equivoco?
– No, era instructor de pilotos de helicóptero en Fort Bragg. ¿Cómo pudo adivinarlo?
– ¿Sabe usted si su madre tenía dificultades para concebir?
– Son preguntas muy extrañas para una agente de policía.
– La doctora Ferrami -explicó Mish- es una científica de la Universidad Jones Falls. Sus investigaciones están directamente relacionadas con el caso en que trabajo.
– ¿Le dijo alguna vez su madre -preguntó Jeannie- que recibiera tratamiento de fertilidad?
– A mí no.
– ¿Le importaría si se lo preguntara?
– Está muerta.
– Lo lamento. ¿Y su padre?
Wayne se encogió de hombros.
– Podría usted llamarle.
– Me gustaría.
– Reside en Miami. Le daré el número.
Jeannie le tendió una pluma. Wayne escribió un número en una página de la revista People y rasgó la esquina.
Fueron hacia la puerta.
– Gracias por su colaboración, señor Stattner -dijo Herb.
– A su disposición en todo momento.
Mientras bajaban en el ascensor, Jeannie dijo desconsolada:
– ¿Crees en su coartada?
– La comprobaré -repuso Mish-. Pero tiene todo el aspecto de ser sólida.
Jeannie sacudió la cabeza.
– No puedo creer que sea inocente.
– Es tan culpable como Satanás… pero no de esto.
44
Steve aguardaba junto al teléfono. Permanecía sentado en la amplia cocina de la casa de sus padres en Georgetown y, a la espera de la llamada de Jeannie, se dedicó a observar como preparaba su madre el rollo de carne picada. Steve se preguntó si Jeannie y la sargento Delaware encontrarían a Wayne Stattner en sus señas de Nueva York. Se preguntó también si el sospechoso confesaría haber violado a Lisa Hoxton.
La madre cortaba cebollas. Se había quedado aturdida y atónita cuando le dijeron por primera vez lo que le hicieron en la Clínica Aventina en diciembre de 1972. En realidad no acababa de creérselo, pero lo había aceptado provisionalmente, para no estropear el argumento, mientras hablaban con el abogado. La noche anterior, Steve estuvo hasta muy tarde sentado con sus padres, comentando la extraña historia. La madre se indignó; el que unos médicos experimentasen con pacientes sin permiso de éstos era algo que la ponía furiosa. Uno de los caballos de batalla de su columna, al que aludía con frecuencia, era el derecho de las mujeres a controlar su propio cuerpo.
Sorprendentemente, el padre se lo tomó con más calma. Steve hubiera esperado de él una reacción más enérgica ante el aspecto descabellado de todo aquel asunto. Pero el padre se manifestó infatigablemente racional, le dio vueltas y vueltas a la lógica de Jeannie, especuló con otras explicaciones posibles del fenómeno de los trillizos y al final llegó a la conclusión de que probablemente la muchacha estaría en lo cierto. No obstante, reaccionar con tranquilidad formaba parte del código del padre. No le indicaba a uno necesariamente lo que el hombre sentía o pensaba en su fuero interno. En aquel preciso instante, el hombre estaba en el jardín, regando apaciblemente un macizo de flores, pero por dentro podía estar a punto de estallar.
La madre empezó a freír las cebollas y a Steve se le hizo la boca agua al percibir el olor.
– Rollos de carne picada con puré de patatas y salsa de tomate -comentó-. Uno de mis platos favoritos.
La mujer sonrió.
– Cuando tenías cinco años me lo pedías a diario.
– Ya me acuerdo. En aquella pequeña cocina de Hoover Tower.
– ¿Te acuerdas de eso?
– Sí. Me acuerdo de la mudanza y de lo extraño que me resultó tener una casa en vez de un piso.
– Eso fue en cuanto empecé a ganar dinero con mi primer libro, Qué hacer cuando una no puede quedar embarazada. -Suspiró-. Si sale a la luz la verdad acerca de como quedé embarazada, ese libro va a parecer un camelo de pronóstico.
– Confío en que todas las personas que lo compraron no te exijan que les devuelvas el dinero.
La madre echó la carne picada en la sartén, junto con las cebollas, y se secó las manos.
– Me he pasado toda la noche pensando en todo este asunto y ¿sabes una cosa? Me alegro de que me hicieran lo que me hicieron en la Clínica Aventina.
– ¿Cómo es eso? Anoche estabas que te subías por las paredes.
– Y en cierto sentido aún me tiene furiosa el que me manipularan como a un chimpancé de laboratorio. Pero he comprendido algo sencillo. Si no hubiesen hecho experimentos conmigo, no te habría alumbrado. Aparte de eso, no importa ninguna otra cosa.
– ¿No te importa el que no sea realmente tuyo?
Ella le rodeó con los brazos.
– Eres mío, Steve. Eso nada puede cambiarlo.
Sonó el teléfono y Steve lo arrancó de la horquilla.
– ¡Dígame!
– Aquí, Jeannie.
– ¿Cómo ha ido todo? -preguntó Steve casi sin aliento-. ¿Estaba allí?
– Sí, y es tu doble, salvo que lleva el pelo teñido de negro.
– Dios mío… somos tres.
– Sí. La madre de Wayne ha muerto, pero acabo de hablar con el padre, que vive en Florida, y me confirmó que su mujer recibió tratamiento en la Clínica Aventina.
Era una buena noticia, pero la voz de Jeannie irradiaba desánimo y Steve controló su euforia.
– No pareces todo lo animada que deberías.
– Tiene una coartada para el domingo.
– ¡Mierda! -Las esperanzas de Steve naufragaron de nuevo-. ¿Cómo es posible? ¿Qué clase de coartada?
– A toda prueba. Estaba en la entrega de los Emmy en Los Ángeles. Hay fotografías.
– ¿Se dedica al cine?
– Es propietario de clubes nocturnos. Es una celebridad de segunda.
Steve comprendió por qué estaba Jeannie tan abatida. Su descubrimiento de Wayne había sido algo genial…, pero no les permitía avanzar un solo metro. Steve se sintió tan desconcertado como alicaído.
– ¿Quién violó a Lisa, pues?
– ¿Recuerdas lo que dice Sherlock Holmes? «Una vez has eliminado lo imposible, lo que queda, por improbable que resulte, tiene que ser la verdad.» ¿O quizás es Hércules Poirot quien lo dice?
A Steve, el corazón se le había congelado. ¿No creería Jeannie que fue él, Steve, quien violó a Lisa?
– ¿Y cuál es la verdad?
– Hay cuatro gemelos.
– ¿Cuatrillizos? Jeannie, esto es para volverse loco.
– Exactamente cuatrillizos, no. Me resulta imposible creer que este embrión se dividiera en cuatro por accidente. Tuvo que ser deliberado, parte del experimento.
– ¿Eso es posible?
– Lo es en la actualidad. Habrás oído hablar de la clonación. En el decenio de los setenta no pasaba de ser una idea. Pero parece que la Genético iba varios años por delante del resto de los que trabajaban en ese campo… tal vez porque actuaban en secreto y podían experimentar con seres humanos.