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Nostromo

Электронная книга - «Nostromo». Краткое содержание книги:

Nostromo (1904), a story of revolution, politics, and financial manipulation in a South American republic, centres, for all its close-packed incidents, upon one idea—the corruption of the characters by the ambitions that they set before themselves, ambitions concerned with silver, which forms the republic’s wealth and which is the central symbol around which the novel is organized. The ambitions range from simple greed to idealistic desires for reform and justice. All lead to moral disaster, and the nobler the ambition the greater its possessor’s self-disgust as he realizes his plight.
Encyclopædia Britannica
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La evidente improbabilidad de este hecho hacía dudar de todo lo demás. O Hirsch estaba loco, o representaba una comedia fingiéndose trastornado por el miedo para ocultar la verdad. La codicia de Sotillo, elevado al grado máximo por la perspectiva de un inmenso botín, rechazaba aun el mero supuesto de verse defraudada. Pudiera ser que este judío estuviera aterrorizado por el accidente del naufragio, pero sin duda sabía donde se ocultaba el tesoro, y, con la astucia propia de su raza, había inventado aquel cuento para despistar a Sotillo.

El coronel había establecido su alojamiento en una vasta habitación del primer piso con gruesas vigas ennegrecidas, sin cielo raso, en la que la vista se perdía en la oscuridad bajo la arista interior del caballete del tejado. En una larga mesa podía verse un enorme tintero con varios portaplumas rotos, y dos grandes cajas de madera con enormes cantidades de arena. Hojas de papel oficial, basto, de color gris, aparecían esparcidas por el suelo. Presentaba indicios de haber sido el despacho de un oficial superior de aduanas, porque detrás de la mesa se erguía una gran poltrona de cuero, y repartidos en diversos lugares se veían otros asientos de alto respaldo. Un par de bujías sostenidas por altos candeleros de hierro brillaban con luz turbia y rojiza. Entre ellas descansaban el sombrero, la espada y el revólver del coronel; y dos oficiales de su especial intimidad se apoyaban sobre la mesa con expresión tétrica.

Sotillo se dejó caer en el sillón de brazos; y un negro alto y fornido, con galones de sargento en las mangas rotas de la chaqueta, se arrodilló delante de él para quitarle las botas. Los bigotes de ébano del coronel resaltaban violentamente sobre la lividez mate de su rostro. Un tinte sombrío velaba el brillo de los ojos, que parecían hundidos en el fondo de las cuencas. Tenía aspecto de hallarse agotado por sus perplejidades y abatido por el desencanto. Pero cuando un centinela que daba guardia en el descansillo asomó la cabeza para anunciar la llegada de un prisionero, se reanimó al instante.

– ¡Traédmele aquí!- vociferó con imperio.

Abrióse la puerta, y el capitán Mitchell, sin sombrero, con el chaleco desabrochado y el nudo de la corbata en una oreja, fue introducido a empujones en la habitación.

Sotillo le reconoció a la primera ojeada. No hubiera podido desear una captura más preciosa; allí tenía a un hombre que estaba en condiciones de informarle, si quería, sobre lo que necesitaba saber; e inmediatamente se le presentó el problema de cuál sería el mejor modo de hacerle hablar. La idea de provocar las reclamaciones de una nación extranjera no inspiraba ningún temor al coronel. Todo el poder de las marinas y ejércitos de Europa sería incapaz de proteger al capitán Mitchell contra los insultos y malos tratamientos. Pero, considerando que tenía delante a un inglés, y que, como tal, se pondría terco e indócil, sometiéndole a rudas vejaciones, desarrugó el ceño y exclamó con fingida contrariedad:

– ¡Cómo! ¡El excelente señor Mitchell!

La indignación aparente con que avanzó rápido hacia el prisionero y el enojo con que simuló ordenar: "¡Soltad inmediatamente a este caballero!" fueron de tal eficacia, que los soldados, temerosos, se retiraron sobresaltados, dejando libre al capitán Mitchell. Este, al quedar privado súbitamente del apoyo de sus guardianes, vaciló como para caer en tierra. Sotillo le tomó familiarmente del brazo, le condujo a una silla, y agitando la mano ordenó autoritariamente:

– ¡Retírense ustedes todos!

Cuando quedaron solos, el coronel permaneció de pie con los ojos bajos, irresoluto y silencioso, aguardando que el capitán Mitchell recobrara el habla.

Ante él y en su mano tenía Sotillo a uno de los hombres que habían intervenido en el traslado de la plata. El temperamento peculiar del coronel le sugería un vivo deseo de abofetear al supuesto cooperador de su fracaso; así como, cuando tropezaba con dificultades para obtener del desconfiado Anzani algún préstamo, sentía en sus dedos comezón de agarrar al tendero por el gaznate y estrangularle. En cuanto al capitán Mitchell, aquel contratiempo tan repentino, inesperado e inconcebible, le tenía enteramente trastornado. Además el hombre estaba físicamente sin aliento.

– Desde el muelle aquí me han hecho caer en tierra tres veces -dijo al fin acezando. -Alguno tiene que pagar este atropello.

Realmente le habían derribado con frecuencia, y llevádole a rastras un trecho antes de que pudiera ponerse de pie. Al recobrar el aliento, pareció volverse loco de indignación. Levantóse de pronto con el rostro encendido, el cabello blanco erizado, los ojos brillantes de ira, y sacudiendo con violencia las alas de su desgarrado chaleco ante el desconcertado Sotillo, rugió:

– ¡Vea usted! Esos ladrones con uniforme, que tiene usted abajo, me han robado el reloj.

El viejo marino presentaba un aspecto en extremo amenazador. Sotillo se vio separado de la mesa, donde tenía su sable y revólver.

– Exijo que se me restituya lo que es mío y se me dé una satisfacción -le increpó Mitchell con voz de trueno, enteramente fuera de sí. -¡Y lo exijo de usted! Sí, ¡de usted!

Por breves segundos el coronel permaneció hecho una estatua con rígido semblante; pero, cuando el capitán Mitchell alargó el brazo hacia la mesa, en ademán de arrebatar el revólver, Sotillo con un alarido de espanto se lanzó de un salto a la puerta y salió disparado por ella, cerrándola tras sí. La sorpresa calmó la furia del capitán Mitchell. Por la parte exterior de la puerta cerrada, el coronel dio voces desde el descansillo, a las que siguió un gran patuleo en los escalones de madera.

– ¡Desarmarle! ¡Atarle! -vociferó el jefe.

En el breve tiempo transcurrido hasta que la puerta volvió a abrirse y los soldados se arrojaron sobre Mitchell, éste apenas tuvo tiempo de echar una mirada a las ventanas, obstruidas cada una por tres barras perpendiculares y a una altura de veinte pies sobre el suelo. En un abrir y cerrar los ojos se vio atado al sillón de alto respaldo con una tira de cuero que le daba muchas vueltas, de modo que sólo le quedó libre la cabeza. Hasta entonces Sotillo, que aguardaba apoyado en la jamba de la puerta, visiblemente tembloroso, no se aventuró a entrar. Los soldados recogieron del piso los fusiles, que habían dejado para asir al prisionero, y salieron de la habitación. Los oficiales permanecieron apoyados en sus espadas, contemplando la escena.

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