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Sentido y Sensibilidad

Электронная книга - «Sentido y Sensibilidad». Краткое содержание книги:

Reglas y emociones. Deberes y devociones. Ubicada en la Inglaterra de principios del siglo XIX, Sentido y sensibilidad presenta las alegrías y sinsabores de las hermanas Dashwood. Desamparadas tras la muerte de su padre y a merced de su medio hermano, Elinor y Marianne deberán enfrentarse a los contrastes del amor y a las exigencias de la sociedad, siempre acompañadas de su madre y su hermana menor. Están ya en edad casadera y sin embargo, ni su carácter ni sus habilidades las ayudan a concretar una relación. El tiempo sigue pasando y todo parece indicar que no lograrán una estabilidad emocional.
Esta novela examina la estructura social de la época donde el papel de la mujer se limitaba al de mera compañía, por no decir objeto decorativo. Para ellas estaba negada la posibilidad de ejercer una profesión o de poseer bienes. Sólo debían de tener y saber lo necesario. En consecuencia, para muchas su mayor ilusión era encontrar a su príncipe azul, aunque éste no siempre viniera acompañado de dicha.
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Cuando les llevaron el postre y el vino y la señora Dashwood y Elinor quedaron a solas, permanecieron mucho rato juntas en similares meditaciones e idéntico silencio. La señora Dashwood no se aventuró a hacer ninguna observación y no osó ofrecer consuelo. Se daba cuenta ahora de que se había equivocado al confiar en la imagen que Elinor había estado dando de sí misma; y concluyó correctamente que en su momento le había quitado importancia a todo lo que le ocurría sólo para evitarle a ella mayores sufrimientos, considerando cuánto estaba sufriendo ya por Marianne. Se dio cuenta de que la cuidadosa, considerada solicitud de su hija la había llevado al error de pensar que el afecto que un día había comprendido tan bien, era en realidad mucho menos serio de lo que solía creer o de lo que ahora se veía que era. Temía que, al dejarse convencer de esa forma, había sido injusta, desconsiderada… no, casi cruel con Elinor; que la aflicción de Marianne, por ser más evidente, más patente a sus ojos, había absorbido demasiado de su ternura, llevándola a casi olvidar que en Elinor podía tener a otra hija sufriendo tanto como ella, con un dolor que ciertamente había sido menos buscado y que había soportado con mucho mayor fortaleza.

CAPITULO XLVIII

Elinor había descubierto la diferencia entre esperar que ocurriera un hecho desagradable, por muy seguro que se lo pudiera considerar, y la certeza misma. Había descubierto que, mientras Edward seguía soltero, a pesar de sí misma siempre le había dado cabida a la esperanza de que algo iba a suceder que impediría su matrimonio con Lucy; que algo -una decisión que él to mara, alguna intervención de amigos o una mejor oportunidad de establecerse para la dama- surgiría para permitir la felicidad de todos ellos. Pero ahora se había casado, y ella culpó a su propio corazón por esa recóndita tendencia a formarse ilusiones que hacía tanto más dolorosa la noticia.

Al comienzo se sorprendió de que se hubiera casado tan luego, antes (según se lo imaginaba) de su ordenación y, por consiguiente, antes de haber entrado en posesión del beneficio. Pero no tardó en ver cuán probable era que Lucy, cautelando sus propios intereses y deseosa de tenerlo seguro lo antes posible, pasara por alto cualquier cosa menos el riesgo de la demora. Se habían casado, lo habían hecho en la ciudad, y ahora se dirigían a toda pr isa donde su tío. ¡Qué habría sentido Edward al estar a cuatro millas de Barton, al ver al criado de su madre, al escuchar el mensaje de Lucy!

Supuso que pronto se habrían instalado en Delaford… Delaford, allí donde tantas cosas conspiraban para interesarla, el lugar que quería conocer y también evitar. Tuvo la rápida imagen de ellos en la casa parroquial; vio en Lucy la administradora activa, ingeniándoselas para equilibrar sus aspiraciones de elegancia con la máxima frugalidad, y avergonzada de que se fuera a sospechar ni la mitad de sus manejos económicos; en todo momento con su propio interés en mente, procurándose la buena voluntad del coronel Brandon, de la señora Jennings y de cada uno de sus amigos pudientes. No sabía bien cómo veía a Edward ni cómo deseaba verlo: feliz o desdichado…: ninguna de las dos posibilidades la alegraba; alejó entonces de su mente toda imagen de él.

Elinor se hacía ilusiones con que alguno de sus conocidos de Londres les escribiría anunciándoles el suceso y dándoles más detalles; pero pasaban los días sin traer cartas ni noticias. Aunque no estaba segura de que alguien pudiera ser culpado por ello, criticaba de alguna manera a cada uno de los amigos ausentes. Todos eran desconsiderados o indolentes.

– ¿Cuándo le escribirá al coronel Brandon, señora? -fue la pregunta que brotó de su impaciencia por que algo se hiciera al respecto.

– Le escribí la semana pasada, mi amor, y más bien espero verlo llegar a él en vez de noticias suyas. Le insistí que viniera a visitarnos, y no me sorprendería verlo entrar hoy o mañana, o cualquier día.

Esto ya era algo, algo en qué poner las expectativas. El coronel Brandon debía tener alguna información que darles.

No bien acababa de concluir tal cosa, cuando la figura de un hombre a caballo atrajo su vista hacia la ventana. Se detuvo ante su reja. Era un caballero, era el coronel Brandon en persona. Ahora sabría más; y tembló al imaginarlo. Pero no era el coronel Brandon… no tenía ni su porte, ni su altura. Si fuera posible, diría que debía ser Edward. Volvió a mirar. Acababa de desmontar… no podía equivocarse… era Edward. Se alejó y se sentó. “Viene desde donde el señor Pratt a propósito para vernos. Tengo que estar tranquila; tengo que comportarme dueña de mí misma”.

En un momento se dio cuenta de que también los otros habían advertido el error. Vio que su madre y Marianne mudaban de color; las vio mirarla y susurrarse algo entre ellas. Habría dado lo que fuera por ser capaz de hablar y por hacerles comprender que esperaba no hubiera la menor frialdad o menosprecio hacia él en el trato. Pero no pudo sacar la voz y se vio obligada a dejarlo todo a la discreción de su madre y hermana.

No cruzaron ni una sílaba entre ellas. Esperaron en silencio que apareciera su visitante. Escucharon sus p isa das a lo largo del camino de grava; en un momento estuvo en el corredor, y al siguiente frente a ellas.

Al entrar en la habitación su semblante no mostraba gran felicidad, ni siquiera desde la perspectiva de Elinor. Tenía el rostro pálido de agitación, y parecía temeroso de la forma en que lo recibirían y consciente de no merecer una acogida amable. La señora Dashwood, sin embargo, confiando cumplir así los deseos de aquella hija por quien se proponía en lo más hondo de su corazón dejarse guiar en todo, lo recibió con una mirada de forzada alegría, le estrechó la mano y le deseó felicidades.

Edward se sonrojó y tartamudeó una respuesta ininteligible. Los labios de Elinor se habían movido a la par de los de su madre, y cuando la actividad hubo terminado, deseó haberle dado la mano también. Pero ya era demasiado tarde y, con una expresión en el rostro que pretendía ser llana, se volvió a sentar y habló del tiempo.

Marianne, intentando ocultar su aflicción, se había retirado fuera de la vista de los demás tanto como le era posible; y Margaret, entendiendo en parte lo que ocurría pero no -por completo, pensó que le correspondía comportarse dignamente, tomó asiento lo más lejos de Edward que pudo y mantuvo un estricto silencio.

Cuando Elinor terminó de alegrarse por el clima seco de la estación, se sucedió una horrible pausa. La rompió la señora Dashwood, que se sintió obligada a desear que hubiera dejado a la señora Ferrars en muy buena salud. Apresuradamente él respondió que sí.

Otra pausa.

Elinor, decidiéndose a hacer un esfuerzo, aunque temerosa del sonido de su propia voz, dijo:

– ¿Está en Longstaple la señora Ferrars?

– ¡En Longstaple! -replicó él, con aire sorprendido-. No, mi madre está en la ciudad.

– Me refería -dijo Elinor, tomando una de las labores de encima de la mesa- a la señora de Edward Ferrars.

No se atrevió a levantar la vista; pero su madre y Marianne dirigieron sus ojos a él. Edward enrojeció, pareció sentirse perplejo, la miró con aire de duda y, tras algunas vacilaciones, dijo:

– Quizá se refiera… mi hermano… se refiera a la señora de Robert Ferrars.

– ¡La señora de Robert Ferrars! -repitieron Marianne y su madre con un tono de enorme asombro; y aunque Elinor no fue capaz de hablar, también le clavó los ojos con el mismo impaciente desconcierto. El se levantó de su asiento y se dirigió a la ventana, aparentemente sin saber qué hacer; tomó unas tijeras que se encontraban por allí, y mientras cortaba en pedacitos la funda en que se guardaban, arruinando así ambas cosas, dijo con tono apurado:

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