Sentido y Sensibilidad
- Автор: Остин Джейн
- Язык: испанский
- Жанр: Классическая проза
Электронная книга - «Sentido y Sensibilidad». Краткое содержание книги:
Esta novela examina la estructura social de la época donde el papel de la mujer se limitaba al de mera compañía, por no decir objeto decorativo. Para ellas estaba negada la posibilidad de ejercer una profesión o de poseer bienes. Sólo debían de tener y saber lo necesario. En consecuencia, para muchas su mayor ilusión era encontrar a su príncipe azul, aunque éste no siempre viniera acompañado de dicha.
Elinor la alabó por un plan nacido de un motivo tan noble como ése, aunque sonrió al ver la misma ansiosa fantasía que la había llevado a los mayores extremos de lánguida indolencia y egoístas quejumbres, ahora ocupada en introducir excesos en un plan de tan racionales actividades y virtuoso autocontrol. Su sonr isa, sin embargo, se transformó en un suspiro cuando recordó que aún no cumplía la promesa hecha a Willoughby, y temió tener que comunicar algo que otra vez podría alterar la mente de Marianne y destruir, al menos por un tiempo, esta grata perspectiva de hacendosa tranquilidad. Deseosa, entonces, de postergar esa hora funesta, resolvió esperar hasta que la salud de su hermana estuviera más firme para contárselo. Pero el único destino de tal decisión era no ser cumplida.
Marianne llevaba dos o tres días en casa antes de que el tiempo se compusiera lo suficiente para que una convaleciente como ella se aventurara a salir. Pero por fin amaneció una mañana suave y templada, capaz de dar ánimos a los deseos de la hija y a la confianza de la madre; y Marianne, apoyada en el brazo de Elinor, fue autorizada a pasear en el prado frente a la casa todo lo que quisiera, mientras no se cansara.
Las hermanas partieron con el paso lento que exigía la debilidad de Marianne en un ejercicio no intentado hasta ese momento; y se habían alejado de la casa apenas lo suficiente para tener una visión completa de la colina, la gran colina detrás de la casa, cuando deteniéndose con la vista vuelta hacia ella, Marianne dijo con toda calma:
– Ahí, exactamente ahí -señalando con una mano-, en ese montículo, ahí me caí; y ahí vi por primera vez a Willoughby.
La voz se le extinguió al pronunciar esa palabra, pero recuperándose de inmediato, añadió:
– ¡Cómo agradezco descubrir que puedo contemplar ese lugar con tan poco dolor! ¿Alguna vez hablaremos sobre ese tema, Elinor? -lo dijo con voz vacilante-. ¿O no será bueno? Yo sí puedo hablar de ello ahora, espero, y en la forma en que debo hacerlo.
Elinor la invitó con gran ternura a que se desahogara.
– En cuanto a lamentarse -dijo Marianne-, ya he terminado con eso, en lo que a él concierne. No pretendo hablarte de lo que han sido mis sentimientos hacia él, sino de lo que son ahora. Actualmente, si pudiera tener certeza sobre una cosa, si pudiera pensar que no siempre estuvo representando un papel, no siempre engañándome…; pero, sobre todo, si alguien pudiera darme la seguridad de que nunca fue tan malvado como en ocasiones me lo han representado mis temores, desde que supe la historia de esa desdichada niña…
Se detuvo. Elinor recibió con alegría sus palabras, atesorándolas, mientras le respondía:
– Si se te pudiera dar seguridad sobre eso, ¿crees que lograrías el sosiego?
– Sí. Mi paz mental depende doblemente de ello; pues no sólo es terrible sospechar tales propósitos de alguien que ha sido lo que él fue para mí, sino además, ¿cómo me hace aparecer a mí? En una situación como la mía, ¿qué cosa sino el más vergonzosamente indiscreto afecto pudo exponerme a…?
– Entonces, ¿cómo explicas su comportamiento?
– Querría pensar… ¡ah, cómo me gustaría poder pensar que sólo era voluble… muy, muy voluble!
Elinor no dijo más. Deliberaba internamente sobre la conveniencia de comenzar su historia de inmediato o posponerla hasta que Marianne estuviera más fuerte, y siguieron caminando lentamente durante unos minutos, sin hablar.
– No le estoy deseando un gran bien -dijo finalmente Marianne con un hondo suspiro- cuando le deseo que sus pensamientos íntimos no sean más ingratos que los míos. Ya con eso sufrirá bastante.
– ¿Estás comparando tu comportamiento con el suyo?
– No. Lo comparo con lo que debió ser; lo comparo con el tuyo.
– Tu situación y la mía no se han parecido mucho.
– Se han parecido más de lo que se parecieron nuestros comportamientos. No dejes, queridísima Elinor, que tu bondad defienda lo que sé ha de censurar tu criterio. Mi enfermedad me ha hecho pensar, me ha dado tiempo tranquilo y calma para meditar con seriedad las cosas. Mucho antes de haberme recuperado lo suficiente para hablar, perfectamente podía reflexionar. Sopesé el pasado: todo lo que vi en mi propio comportamiento, desde el comienzo de nuestra relación con él el otoño pasado, fue una serie de imprudencias contra mí misma y de falta de amabilidad hacia los demás. Vi que mis propios sentimientos habían preparado el camino para mis sufrimientos y que mi falta de fortaleza en el dolor casi me había llevado a la tumba. Estaba consciente de que yo misma había sido la causa de mi enfermedad al descuidar mi propia salud de una forma tal que incluso en ese tiempo sentía incorrecta. Si hubiera muerto, habría sido autodestrucción. No supe el peligro en que me había puesto hasta que desapareció ese peligro; pero con sentimientos como aquellos a los que estas reflexiones dieron origen, me extraña haberme recuperado; me asombra que la misma intensidad de mi deseo de vivir, de tener tiempo para la expiación ante mi Dios y ante todos ustedes, no me haya matado de inmediato. Si hubiera muerto, ¡en qué singular angustia te habría dejado, a ti, mi cuidadora, mi amiga, mi hermana! ¡Tú, que habías visto todo el irritable egoísmo de mis últimos días; que habías conocido todos los secretos de mi corazón! ¡Cómo habría perdurado en tus recuerdos! ¡Y mi madre, también! ¡Cómo podrías haberla consolado! No puedo poner en palabras cuánto me odié. Cada vez que dirigía la mirada hacia el pasado, veía un deber que había descuidado o alguna falta que había dejado pasar. A todos parecía haber causado algún daño. A la amabilidad de la señora Jennings, a su ininterrumpida amabilidad, había respondido con desagradecido menosprecio. Con los Middleton, con los Palmer, con los Steele, hasta con los conocidos más corrientes, había sido insolente e injusta; mi corazón había permanecido insensible a sus méritos y mi temperamento irritado ante sus mismas atenciones. A John, a Fanny (sí, incluso a ellos, aunque sea poco lo que se merecen), les había dado menos de lo que les es debido. Pero a ti, a ti por sobre todo, por sobre mi madre, te había ofendido. Yo, sólo yo, conocía tu corazón y sus penas; y aun así, ¿en qué me influyó? No en hacerme más compasiva, beneficiándome a mí o a ti. Tenía tu ejemplo ante mí; pero, ¿de qué me sirvió? ¿Fui más considerada contigo y tu bienestar? ¿Imité la forma en que te contenías o suavicé tus ataduras haciéndome cargo de algunas de las muestras de deferencia general o gratitud personal que hasta ese momento habían recaído enteramente en ti? No; cuando te sabía desdichada no menos que cuando te creía en paz, dejé sin cumplir todo lo que el deber o la amistad me exigían; apenas admitía que el dolor existiera sino en mí, y sólo lloraba por ese corazón que me había abandonado y agraviado, dejando que tú, a quien profesaba un cariño sin límites, sufrieras por mi causa.
En este punto se detuvo el rápido fluir de las recriminaciones que a sí misma se dirigía; y Elinor, impaciente por dar alivio, aunque demasiado honesta para halagar, de inmediato le ofreció los elogios y el apoyo que su franqueza y arrepentimiento tan bien merecían. Marianne le oprimió la mano y replicó:
– Eres muy buena. El futuro debe ser mi prueba. Me he hecho un plan, y si soy capaz de, cumplirlo, lograré el dominio de mis sentimientos y mejoraré mi temperamento. Ya no significarán preocupaciones para los demás ni tormentos para mí misma. Viviré ahora únicamente para mi familia. Tú, mi madre, Margaret, de ahora en adelante serán todo mi mundo; entre ustedes se repartirá todo mi cariño. Nunca más habrá nada que me incite a alejarme de ustedes o del hogar; y si me junto con otras personas, será sólo para mostrar un espíritu más humilde, un corazón enmendado, y hacer ver que puedo llevar a cabo las cortesías, las más pequeñas obligaciones de la vida, con gentileza y paciencia. En cuanto a Willoughby, sería ocioso decir que pronto o alguna vez lo olvidaré. Ningún cambio de circunstancias u opiniones podrá vencer su recuerdo. Pero estará sujeto a las normas y frenos de la religión, la razón y la ocupación constante.