Sentido y Sensibilidad
- Автор: Остин Джейн
- Язык: испанский
- Жанр: Классическая проза
Электронная книга - «Sentido y Sensibilidad». Краткое содержание книги:
Esta novela examina la estructura social de la época donde el papel de la mujer se limitaba al de mera compañía, por no decir objeto decorativo. Para ellas estaba negada la posibilidad de ejercer una profesión o de poseer bienes. Sólo debían de tener y saber lo necesario. En consecuencia, para muchas su mayor ilusión era encontrar a su príncipe azul, aunque éste no siempre viniera acompañado de dicha.
Hizo una pausa. Su hija no podía concordar con ella, pero no se escuchó su desacuerdo y, por tanto, no significó ninguna ofensa.
– En Delaford no estará lejos de mí -añadió la señora Dashwood-, incluso si permanezco en Barton; y con toda probabilidad, pues he sabido que es una aldea grande, debe haber alguna casa pequeña o cabaña cerca que nos acomode tanto como la actual.
¡Pobre Elinor! ¡He aquí un nuevo plan para llevarla a Delaford! Pero era fuerte de espíritu.
– ¡Su fortuna, también! Porque a mi edad, tú sabes que todos se preocupan de eso; y aunque ni sé ni deseo saber a cuánto asciende, estoy segura de que debe ser considerable.
En ese momento los interrumpió la entrada de un tercero, y Elinor se retiró a meditar sobre todas estas cosas a solas, a desearle éxito a su amigo y, aun deseándoselo, a sentir un agudo dolor por Willoughby.
CAPITULO XLVI
La enfermedad de Marianne, aunque muy debilitante por naturaleza, no había sido tan larga como para demorar su recuperación; y su juventud, su natural energía y la presencia de su madre la facilitaron de tal manera, que ya a los cuatro días de haber llegado la señora Dashwood pudo trasladarse al saloncito de la señora Palmer. Una vez allí, ella misma solicitó que enviaran por el coronel Brandon, pues estaba impaciente por agradecerle haber traído a su madre.
La reacción del coronel al entrar a la habitación, al ver cuánto había cambiado el aspecto de Marianne y al recibir la pálida mano que de inmediato le extendió, hizo pensar a Elinor que la enorme emoción que mostraba debía nacer de algo más que su afecto por ella o de saber que los demás estaban al tanto de sus sentimientos; y pronto descubrió en su tristeza y en la forma en que había cambiado de color al mirar a su hermana, la probable reproducción en su memoria de incontables escenas de angustia vividas en el pasado, vueltas a vivir por esa semejanza entre Marianne y Eliza de que ya había hablado, y ahora reforzada por los ojos hundidos, la piel sin vida, su aspecto de postrada debilidad y el cálido reconocimiento de una deuda especial con él.
Para la señora Dashwood, no menos atenta que su hija a lo que ocurría pero con ideas que iban por muy diferentes rumbos y, por tanto, a la espera de muy distintos efectos, el comportamiento del coronel se originaba en las más simples y obvias sensaciones, mientras en las palabras y gestos de Marianne quería ver el nacimiento de algo más que mera gratitud.
Después de uno o dos días, con Marianne recuperando visiblemente las fuerzas de doce en doce horas, la señora Dashwood, impulsada tanto por sus propios deseos como por los de su hija, comenzó a hablar de volver a Barton. De las medidas que ella to mara dependían las de sus dos amigos: la señora Jennings no podía dejar Cleveland mientras estuvieran allí las Dashwood, y el coronel Brandon, obedeciendo al pedido unánime de todas ellas, debió considerar su permanencia como sujeta a los mismos términos, si no igualmente indispensable. A su vez, en respuesta al pedido conjunto de la señora Jennings y del coronel, la señora Dashwood debió aceptar el carruaje de éste en su viaje de regreso, por la comodidad de su hija enferma; y el coronel, frente a la invitación de la señora Dashwood y la señora Jennings, cuyo diligente buen carácter la hacía ser amistosa y hospitalaria en nombre de otras personas tanto como en el propio, se comprometió gustoso a recuperarlo haciendo una visita a la casita de Barton en el curso de algunas semanas.
Llegó el día de la separación y la partida; y Marianne, después de una larga y muy especial despedida de la señora Jennings, tan llena de gratitud, tan llena de respeto y buenos deseos como en lo más íntimo y secreto de su corazón reconocía deberle por sus antiguos desaires, y diciendo adiós al coronel Brandon con la cordialidad de una amiga, subió al carruaje ayudada por él, que parecía empeñado en que ocupara al menos la mitad del espacio. Siguieron a continuación la señora Dashwood y Elinor, dejando a los que allí quedaban entregados a conversar sobre las viajeras y sentir el desaliento que los invadía, hasta que la señora Jennings fue llamada a su propio coche, donde encontró consuelo en los comentarios de su doncella sobre la pérdida de sus dos jóvenes acompañantes; e inmediatamente después, el coronel Brandon emprendió su solitario viaje a Delaford.
Dos días estuvieron las Dashwood en el camino, y Marianne soportó el viaje en ambos sin verdadera fatiga. Todo cuanto el más diligente afecto y los cuidados más solícitos podían hacer por su comodidad, lo hizo incansablemente cada una de sus dos acompañantes; y ambas se vieron recompensadas por el reposo físico que logró y la tranquilidad de su espíritu. Esta última era para Elinor especialmente gratificante. Después de contemplar a Marianne semana tras semana en constante sufrimiento, de verla con el corazón oprimido por una angustia que no tenía el valor suficiente para expresar ni la fortaleza necesaria para ocultar, constataba ahora en ella, con un gozo que nadie podía sentir de la misma forma, una aparente serenidad que si era -como esperaba que fuese- resultado de la reflexión, con el tiempo podía traerle contentamiento y alegría.
A medida que se aproximaban a Barton, eso sí, e iban pasando por los lugares donde cada sembrado y cada árbol traía algún recuerdo penoso en particular, Marianne se fue quedando callada y pensativa; y volviendo el rostro para que no la vieran, no dejó de mirar fijamente por la ventanilla. Pero Elinor no pudo ni admirarse ni culparla por ello; y cuando al ayudarla a bajar del carruaje vio que había estado llorando, lo consideró una emoción demasiado natural en sí misma para despertar una respuesta menos tierna que la piedad y, dada la discreción con que se había manifestado, merecedora de todo encomio. En todo su comportamiento subsiguiente fue viendo las huellas de una mente decidida a realizar un esfuerzo razonable, pues apenas entraron a su salita de estar, Marianne la recorrió con una mirada decidida y firme, como resuelta a acostumbrarse de inmediato a la vista de cada objeto al que podía estar asociado el recuerdo de Willoughby. Habló poco, pero cada una de sus frases apuntaba a la alegría; y aunque ocasionalmente se le escapaba un suspiro, nunca lo dejaba pasar sin compensarlo con una sonr isa. Después de cenar intentó tocar el piano. Se acercó a él, pero la pieza que primero saltó a su vista fue una ópera, regalo de Willoughby a ella, que contenía algunos de sus duetos favoritos y en cuya primera página él había escrito su nombre, con su propia letra. Eso no iba a resultar. Meneó la cabeza, hizo la partitura a un lado y tras dejar correr los dedos sobre las teclas durante un minuto, se quejó de que los tenía débiles y volvió a cerrar el instrumento; junto con eso, sin embargo, declaró firmemente que en el futuro debía practicar mucho.
La mañana siguiente no produjo ninguna mengua en estos felices síntomas. Al contrario, fortalecida en mente y cuerpo por el descanso, sus gestos y sus palabras parecían genuinamente animados mientras anticipaba el placer del retorno de Margaret y comentaba cómo se restituiría con ello el querido grupo familiar, y cómo sus actividades compartidas y alegre compañía eran la única felicidad que cabía desear.
– Cuando el tiempo se estabilice y haya recuperado las fuerzas -decía-, haremos largos paseos juntas todos los días. Iremos hasta la granja junto a la colina y veremos cómo siguen los niños; caminaremos hasta las nuevas plantaciones de sir John en Barton Cross y cerca de la abadía; iremos muy seguido a las viejas ruinas del convento e intentaremos explorar sus cimientos hasta donde nos dijeron que alguna vez llegaron. Sé que seremos felices. Sé que el verano transcurrirá alegremente. Pretendo no levantarme nunca después de las seis y desde esa hora hasta la cena repartiré cada instante entre la música y la lectura. Me he formado un plan y estoy decidida a continuar mis estudios seriamente. Ya conozco demasiado bien nuestra biblioteca para recurrir a ella por algo más que simple entretenimiento. Pero hay muchas obras que vale la pena leer en Barton Park, y otras más modernas que sé que puedo pedir prestadas al coronel Brandon. Con sólo leer seis horas diarias, en un año habré logrado un grado de instrucción que ahora sé que me falta.