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Sentido y Sensibilidad

Электронная книга - «Sentido y Sensibilidad». Краткое содержание книги:

Reglas y emociones. Deberes y devociones. Ubicada en la Inglaterra de principios del siglo XIX, Sentido y sensibilidad presenta las alegrías y sinsabores de las hermanas Dashwood. Desamparadas tras la muerte de su padre y a merced de su medio hermano, Elinor y Marianne deberán enfrentarse a los contrastes del amor y a las exigencias de la sociedad, siempre acompañadas de su madre y su hermana menor. Están ya en edad casadera y sin embargo, ni su carácter ni sus habilidades las ayudan a concretar una relación. El tiempo sigue pasando y todo parece indicar que no lograrán una estabilidad emocional.
Esta novela examina la estructura social de la época donde el papel de la mujer se limitaba al de mera compañía, por no decir objeto decorativo. Para ellas estaba negada la posibilidad de ejercer una profesión o de poseer bienes. Sólo debían de tener y saber lo necesario. En consecuencia, para muchas su mayor ilusión era encontrar a su príncipe azul, aunque éste no siempre viniera acompañado de dicha.
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– Te comportaste muy mal -le dijo-, pues, para no decir nada de mis propias convicciones, con ello llevaste a nuestros amigos a imaginar y esperar algo que, dada tu situación en ese momento, no podía darse.

Edward sólo pudo presentar como excusa el desconocimiento de su propio corazón y una equivocada confianza en la fuerza de su compromiso.

– Fui tan tonto como para creer que, dado que había empeñado mi palabra con otra persona, no había peligro en estar contigo, y que la conciencia de mi compromiso iba a resguardar mis sentimientos haciéndolos tan seguros y sagrados como mi honor. Te admiraba, pero me decía que era sólo amistad; y hasta que comencé a compararte con Lucy, no me di cuenta de hasta dónde había llegado. Después de eso, supongo que no fue correcto quedarme tanto en Sussex, y los argumentos con los que intentaba reconciliarme con la conveniencia de hacerlo no eran mejores que éstos: es a mí a quien pongo en peligro; no le hago daño a nadie sino a mí mismo.

Elinor sonrió, meneando la cabeza.

Edward se alegró al saber que esperaban la visita del coronel Brandon a la casa, pues no sólo deseaba conocerlo mejor, sino convencerlo de que ya no resentía que le hubiera dado el beneficio de Delaford, “pues con los poco entusiastas agradecimientos que recibió de mi parte en esa ocasión”, dijo, “puede seguir creyendo que todavía no le perdono habérmelo ofrecido”.

Se asombraba ahora de no haber ido todavía a conocer el lugar. Pero era tan escaso el interés que había puesto en todo el asunto, que todo lo que sabía de la casa, del jardín y las tierras beneficiales, de la extensión de la parroquia, las condiciones de la tierra y el importe de los diezmos, se lo debía a la misma Elinor, que había escuchado tantas veces al coronel Brandon y le había prestado tanta atención que ahora tenía completo dominio sobre el tema.

Después de todo esto, tan sólo quedaba una cosa no aclarada entre ellos, una dificultad por vencer. Los unía su mutuo afecto y tenían la más cálida aprobación de sus verdaderos amigos; el conocimiento íntimo que tenían el uno del otro era una base segura para su felicidad… y sólo les faltaba con qué vivir. Edward tenía dos mil libras y Elinor mil, y sumado a ello el beneficio de Delaford, era todo lo que podían considerar como propio; pues a la señora Dashwood le era imposible adelantarles nada, y ninguno de los dos estaba tan enamorado como para -pensar que trescientas cincuenta libras al año bastarían para proveerlos de todas las comodidades de la vida.

Edward no desesperaba totalmente de un cambio favorable hacia él en su madre, y en eso descansaba para lo que faltaba a sus ingresos. Pero Elinor no tenía igual confianza; pues como Edward seguía sin poder casarse con la señorita Morton y, en su halagador lenguaje, la señora Ferrars se había referido a la unión con ella únicamente como un mal menor al de su elección de Lucy Steele, temía que la ofensa de Robert sólo serviría para enriquecer a Fanny.

Cuatro días después de la llegada de Edward apareció el coronel Brandon, con lo que se completó la satisfacción de la señora Dashwood y pudo tener el honor, por primera vez desde que vivía en Barton, de tener más compañía de la que su casa podía acoger. Se permitió a Edward retener sus privilegios de primer visitante y, así, el coronel Brandon debía ir todas las noches a sus antiguos aposentos en la finca, desde los cuales volvía cada mañana lo suficientemente temprano para interrumpir el primer tête-à-tête de los enamorados después del desayuno.

Después de tres semanas de permanencia en Delaford, donde, al menos al atardecer, poco tenía que hacer excepto calcular la desproporción entre treinta y seis y dieciséis, el coronel Brandon llegó a Barton en un estado de ánimo tan decaído que, para alegrarse, requirió toda la mejoría en la apariencia de Marianne, toda la afabilidad de su recepción y todo el estímulo de las palabras de su madre. Entre tales amigos, sin embargo, y con tales halagos, pronto revivió. Todavía no le había llegado ningún rumor sobre el matrimonio de Lucy; no sabía nada de lo ocurrido y, por consiguiente, pasó las primeras horas de su visita escuchando y asombrándose. La señora Dashwood le explicó todo, dándole nuevos motivos para alegrarse por el servicio hecho al señor Ferrars, dado que a la postre había resultado en beneficio de Elinor.

Sería innecesario decir que la buena opinión que los caballeros tenían uno del otro mejoró junto con aumentar su mutuo conocimiento, pues no podía ser de otra manera. La semejanza en sus principios y buen juicio, en disposición y manera de pensar, probablemente habría bastado para unirlos como amigos sin necesidad de ninguna otra cosa que los acercara; pero el hecho de estar enamorados de dos hermanas, y dos hermanas que se querían, hizo inevitable e inmediata una estimación que en otras condiciones quizá debió haber esperado los efectos del tiempo y el discernimiento.

Las cartas provenientes de la ciudad, que unos días antes habrían estremecido cada nervio del cuerpo de Elinor, ahora llegaban para ser leídas con menos emoción que gusto. La señora Jennings escribió para contarles toda la fantástica historia, para desahogar su honesta indignación contra la veleidosa muchacha que había dejado plantado a su novio y derramar compasión por el pobre Edward que, estaba segura, había adorado a aquella despreciable pícara y, según todos los informes, se encontraba ahora en Oxford con el corazón casi completamente destrozado. “A mi parecer”, continuaba, “nunca se ha hecho nada de manera tan solapada, pues no hacía ni dos días que Lucy había venido a visitarme y se había quedado un par de horas conmigo. Nadie tuvo ninguna sospecha de lo que ocurría, ni siquiera Nancy que, ¡pobre criatura!, llegó acá llorando al día siguiente, terriblemente alarmada por miedo a la señora Ferrars y por no saber cómo llegar a Plymouth; pues Lucy, según parece, le pidió prestado todo su dinero antes de casarse, suponemos que para lucirse, y la pobre Nancy no tenía ni siquiera siete chelines en total; así que me alegró mucho darle cinco guineas que le permitieran llegar a Exeter, donde piensa quedarse tres o cuatro semanas en casa de la señora Burguess con la esperanza, así le digo yo, de toparse otra vez con el reverendo. Y debo confesar que lo peor de todo es la mala voluntad de Lucy de no llevársela en su calesa. ¡Pobre señor Edward! No puedo sacármelo de la cabeza, pero deben hacer que vaya a Barton y la señorita Marianne debe intentar consolarlo”.

El tono del señor Dashwood era más solemne. La señora Ferrars era la más desdichada de las mujeres, la sensibilidad de la pobre Fanny había soportado agonías y él estaba mara villado y lleno de gratitud al ver que no habían sucumbido bajo tal golpe. La ofensa de Robert era imperdonable, pero la de Lucy era infinitamente peor. Nunca más iba a mencionarse el nombre de ninguno de los dos ante la señora Ferrars, e incluso si en el futuro se la pudiera convencer de perdonar a su hijo, jamás iba a reconocer a su esposa como hija ni admitirla en su presencia. Trataba racionalmente el secreto con que habían manejado todo el asunto entre ellos como una enorme agravante del crimen, pues si los demás hubieran sospechado algo podrían haber tomado las medidas necesarias para evitar el matrimonio; y apelaba a Elinor para que antes se uniera a sus lamentos por el no cumplimiento del compromiso entre Lucy y Edward, que servirse de ello para seguir sembrando la desgracia en la familia. Y continuaba de la siguiente forma:

“La señora Ferrars todavía no ha mencionado el nombre de Edward, lo que no nos sorprende; pero lo que nos asombra enormemente es no haber recibido ni una línea de él sobre lo ocurrido. Quizá, sin embargo, ha guardado silencio por temor a ofender y, por tanto, le escribiré unas líneas a Oxford insinuándole que su hermana y yo pensamos que una carta en que muestre la sumisión adecuada, dirigida quizá a Fanny y enseñada por ésta a su madre, no sería tomada a mal; pues todos conocemos la ternura del corazón de la señora Ferrars y que nada desea más que estar en buenos términos con sus hijos”.

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