La locura de Dios
- Автор: Агилера Хуан Мигель
- Язык: испанский
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «La locura de Dios». Краткое содержание книги:
El objetivo es descubrir la mítica ciudad del Preste Juan, pero su inesperado destino será la insólita ciudad de Aristarcópolis que, tal vez, encierra en su nombre la explicación del origen de su misteriosa tecnociencia. Juan Miguel Aguilera ha imaginado una larga excursión por tierras de Asia narrada por el mismísimo Ramón Llull pocos años antes de su muerte. El viaje y la fabulación de esta amena novela son fruto de la imaginación, pero resultan compatibles con la verdad histórica y, sobre todo, con la incansable curiosidad y versatilidad que el verdadero Llull mostrara en vida.
Mientras su voz sonaba en mi mente, las paredes de mi alrededor se esfumaron, y permanecí envuelto por una oscuridad en la que ahora brillaban lejanas estrellas.
Una gran esfera luminosa de color azul giraba a mis pies; pero yo no tenía sensación de arriba o abajo, flotaba en una nada sin peso y sin substancia, como si mi mente hubiera sido trasladada a otro lugar y a otro tiempo. Tampoco podía ver ya a la anciana junto a mí, pero su voz seguía resonando en mi cabeza.
– Este es mi mundo -dijo la voz en mi mente-; el lugar al que llamáis Tierra… Mi herencia…
Entonces vi un gran huevo de color sangre, entrelazado de venas azules, cruzar frente a mí, y caer lentamente hacia la gran esfera azul.
Como un ángel que arrojado del cielo se precipitara hacia la Tierra, sentí la vertiginosa caída hacia el planeta. El huevo rojo me precedía; vi el Sol refulgiendo en el mismo borde curvo del mundo, y una bola de fuego envolvió al huevo.
Las nubes nos rodearon durante un instante, y las atravesamos con la velocidad del rayo. Poco después el cielo se despejó, y vi la agreste superficie de la Tierra extendiéndose hasta el horizonte.
No había bestias, ni una brizna de hierba, ni el más pequeño rastro de vida.
El huevo se estrelló contra la corteza del mundo, provocando una gigantesca explosión que, como un hongo de fuego, ascendió entre las nubes.
Cuando el cráter abierto por la explosión se enfrió, vi cómo legiones de criaturas, reptando, gateando, arrastrándose sobre sus miembros a medio formar, abandonaban la inmensa sima que había abierto el huevo al chocar contra la Tierra.
El Mundo giró a gran velocidad ante mis ojos, hasta que sus rasgos se convirtieron en confusos borrones. Comprendí que la Parca intentaba mostrarme el paso del tiempo. De mucho tiempo.
Cuando todo se aclaró de nuevo, las llanuras estaban pobladas de gog. Vivían en chozas y cultivaban enormes campos que labraban sirviéndose de grandes bestias de tiro, semejantes a elefantes peludos con enormes colmillos curvos. Cazaban a extraños animales que yo jamás había visto, y a otros que me recordaban especies conocidas. Vi también enormes caravanas avanzar por la superficie de aquel mundo primitivo, cargadas de alimentos y tributos para el señor absoluto de la Tierra.
La voz en mi mente pronunció estas palabras:
– Nacimos con la primera generación de estrellas, cuando el Universo era joven. Somos criaturas solitarias, y cada una de nosotras puede habitar y gobernar un único planeta, auto-fecundarse y poblarlo de vida, engendrando millones de vástagos esclavos. En el Universo hay mundos suficientes para todos y cada uno de los miembros de mi raza, pero eso no nos impide pelear.
La imagen cambió súbitamente, como si mi alma se hubiera transportado en un instante de un lugar a otro del Universo.
Estaba de nuevo en la negrura exterior, junto a otro mundo que brillaba a mis pies. Pero los colores de éste eran diferentes; mientras que en la Tierra predominaba el azul y el blanco, aquí el color dominante era el marrón y el amarillo. Descendí a él, tal y como lo había hecho en la Tierra, y vi un mundo de enormes desiertos de colinas cobrizas y arenas doradas. No había grandes montañas en él, y la escasa vegetación eran plantas que apenas se elevaban unas pulgadas del suelo. Estaba habitado por criaturas semejantes a ciempiés del tamaño de un hombre, que trabajaban pacientemente recogiendo los aplastados frutos de aquellas plantas. Vi entonces aparecer en el horizonte a una manada de centauros, semejantes a los que nos habían atacado, que sin mediar palabra cargaron contra los indefensos ciempiés, y en pocos instantes acabaron con todos ellos a golpes de hacha.
Intenté cerrar los ojos para no seguir contemplando aquella masacre, pero en el estado etéreo en el que había viajado hasta allí, no tenía ojos que cerrar.
– La guerra forma parte de nuestra naturaleza -dijo entonces la voz de mi mente-, peleamos a lo largo de cien millones de mundos diseminados por todo el Universo, siempre de la misma forma: engendramos esclavos guerreros, adaptados al ambiente del mundo que queremos conquistar, para que luchen allí por nosotras.
La visión que me rodeaba, tan real como la realidad, cambió bruscamente, y me vi de nuevo en la Tierra, al borde del abismo de terrazas en espiral en el que se había ido transformando el cráter. El torbellino de vapor giraba en su centro, y vi ascender por él un nuevo huevo rojo, acelerándose mientras se acercaba a la superficie. Finalmente salió disparado, y escapó de nuestro mundo. Atravesó la negrura sin aire entre las estrellas, y chocó contra la superficie del mundo de los ciempiés.
Pero ya no había ciempiés en aquel planeta; tan sólo centauros que se congregaron reverentemente alrededor del cráter abierto por la caída del huevo.
Me vi de nuevo perdido en la negrura, rodeado de estrellas.
El mundo que ahora brillaba frente a mí era muy extraño, y poseía una sorprendente belleza. Era como una gran bola cubierta por nubes de colores que se entremezclaban creando armoniosas bandas anaranjadas, canela, y lavanda. Un mundo turbulento calentado por un sol doble, sobre el que caí tal y como ya había hecho antes; pero en esta ocasión no llegué a ver ninguna superficie sólida; tan sólo capas de nubes bajo más capas de nubes.
En aquel mundo de nubes vi flotar un inmenso bosque, arrastrado por las corrientes de aire. Se sustentaba gracias a inmensos balones llenos de gas caliente que crecían como frutos de las raíces de los árboles de aquel bosque flotante.
Todo esto, y muchas otras cosas, podía comprenderlo de un sólo vistazo, como si pasara de la mente de la Parca a la mía.
Yo avanzaba directamente hacia las copas de aquellos árboles, rodeado por un ejército de seres voladores. Un inmenso ejército de kauli, y yo volaba en formación junto a ellos, como si estuviera contemplando la escena a través de los ojos de una de aquellas criaturas demoníacas.
Entre las copas de aquellos grandes árboles flotantes se extendía una ciudad habitada por unas criaturas semejantes a ángeles de grandes alas y cuerpos esqueléticos. Sus cabezas eran simplemente dos grandes esferas nacarinas unidas entre sí al final de un largo y huesudo cuello. Volaban entre los árboles con movimientos lentos y majestuosos de sus grandes alas de murciélago.
Los kauli cayeron sobre ellos y los destrozaron.
– ¡Ya basta! -grité-. No quiero seguir contemplando esto.
La imagen desapareció inmediatamente, y volví a encontrarme en el interior de la cueva útero, frente a la anciana Parca.
– No importa cómo os queráis llamar -le dije-; tan sólo sois demonios llenos de violencia y crueldad.
Ella sonrió con su boca desdentada y su voz volvió a resonar en mi mente:
– Es irónico que alguien de tu raza diga eso.
– ¿Qué quieres decir?
– Vosotros sois los demonios -resonó en mi mente mientras ella me señalaba con su dedo sarmentoso-. Sois la plaga que ha acabado con la vida de este mundo.
Sacudí la cabeza mientras decía:
– ¿De qué locura me hablas ahora?
En realidad estaba harto de todo aquello; si lo que me aguardaba era el tormento del infierno, deseaba que éste empezara cuanto antes; no tenía sentido seguir escuchando todos aquellos embustes.
Pero la voz de la Parca seguía sonando en mi interior:
– Peleamos por una única razón; instaurar nuestra propia descendencia en todos y cada uno de los mundos de este Universo capaces de soportar la vida, y enviamos a nuestros esclavos guerreros a destruir la herencia de nuestras hermanas.