La locura de Dios
- Автор: Агилера Хуан Мигель
- Язык: испанский
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «La locura de Dios». Краткое содержание книги:
El objetivo es descubrir la mítica ciudad del Preste Juan, pero su inesperado destino será la insólita ciudad de Aristarcópolis que, tal vez, encierra en su nombre la explicación del origen de su misteriosa tecnociencia. Juan Miguel Aguilera ha imaginado una larga excursión por tierras de Asia narrada por el mismísimo Ramón Llull pocos años antes de su muerte. El viaje y la fabulación de esta amena novela son fruto de la imaginación, pero resultan compatibles con la verdad histórica y, sobre todo, con la incansable curiosidad y versatilidad que el verdadero Llull mostrara en vida.
– Sí -respondió Neléis-, y será de una gran ayuda para nosotros.
La placa del pecho del caballero caminante había sido retirada, exponiendo a la vista su maravilloso interior. Distinguí una caldera de acero ocupando el lugar que en un ser humano ocuparían los intestinos, y una maraña de tubos de cobre enredándose por todo el pecho; manivelas, engranajes y alambres, todo en compleja disposición.
Los dragones cerraron el pecho del autómata, y uno de ellos se introdujo en la armadura del titiritero y comprobó el funcionamiento de los miembros del gigante.
Con los restos del Teógides había sido fabricado un gran carro. Los tambores del timón habían sido convertidos en las ruedas del carromato, y sobre la improvisada entalamadura se había extendido una amplia porción de la lona de la cubierta.
Las limoneras del atalaje, dos viguetas de metal de la sentina, fueron sujetas a la cintura del caballero caminante, y cuando éste empezó a andar, exhalando vapor por las rendijas de su celada, arrastró tras de sí, sin dificultad alguna, el enorme carruaje. En él había sido dispuesto un espacio para los tres heridos que llevábamos con nosotros, y para los víveres, la pólvora de los pyreions, y el aceite de piedras que era el combustible del autómata y el componente principal del fuego griego.
Pero nuestros efectivos no podían ser más patéticos: dieciséis almogávares y catorce dragones. Una fuerza ridícula para enfrentarse a la amenaza del Adversario.
El caballero caminante iba al frente del grupo, arrastrando tras de sí el enorme carro. Joanot caminaba inmediatamente tras él, con su brazo izquierdo apoyado en el pomo de su espada; avanzaba despacio, con precisión, procurando con habilidad mantener un ritmo uniforme en la marcha. Sabía por experiencia que una salida demasiado rápida es casi siempre la causa del fracaso de una larga caminata.
Nadie decía nada, porque el hablar cansa; y aquellos bravos almogávares confiaban en su líder, y nada tenían que preguntar.
A nuestra derecha, ajeno a nuestra minúscula presencia en sus aledaños, la gigantesca tromba seguía girando ferozmente, lanzándonos consecutivas ráfagas que parecían querer arrancarnos de la ancha terraza espiral por la que descendíamos.
Del fondo del abismo se levantaban sin cesar rebaños de nubes que nos ocultaban la visión de nuestro destino. Un hervor volcánico, donde surgían verticalmente hilos de bruma que, aspirados por el aire ascendente, se esforzaban en unirse, en soldarse a la gruesa manguera del tifón central.
Nuestro camino se vio repentinamente cortado por una espesa y sofocante maleza que crecía entre la pared y el acantilado como una muralla verde y húmeda.
Encontramos un sendero que se internaba en aquella selva, pero era demasiado estrecho para que pasara el caballero caminante y el carro que arrastraba. El camino parecía haber sido abierto por el paso de unas bestias semejantes a caballos; estaba casi cubierto de maleza, y no se distinguía de cualquier otra ruta que hubiéramos podido seguir más que por una estrecha faja de tierra apisonada y alguna que otra raíz cortada.
Joanot se inclinó para estudiar aquellas huellas.
– Se trata de animales algo más grandes y pesados que un caballo -concluyó.
Neléis le preguntó qué íbamos a hacer con el carro, y el valenciano desenvainó su espada y dijo:
– Le abriremos un paso más ancho.
Empezamos así a avanzar muy lentamente. Los almogávares se iban turnando en la vanguardia de la formación, e iban despejando el camino a machetazos de sus espadas. En algunos casos cruzábamos por debajo de raíces enormes, como arcos retorcidos en una pesadilla, o entre rocas cubiertas de musgo, o sobre troncos caídos que servían de puente para salvar zanjas u hondonadas rellenas de grandes helechos. Aquellos árboles eran semejantes a los primeros que habíamos visto tras estrellarnos; eran de corteza blanca y lisa como la piel humana, pero allí, por alguna desconocida razón, habían crecido de una forma desmesurada. La textura de las hojas de árboles y helechos también era extraña; eran de color verde, pero muy gruesas y esponjosas, cubiertas de largos pelos traslúcidos, y exhalaban un nauseabundo olor a corrupción. El roce con aquellos pelos pronto hizo que nos salieran por todo el cuerpo grandes ronchas encarnadas que picaban desesperadamente y nos hicieron temer haber contraído alguna enfermedad.
Los árboles y plantas trepadoras estaban cubiertos de denso musgo, y a veces los almogávares creían golpear con sus espadas un tronco macizo para luego atravesarlo como si fuera manteca, haciéndoles perder el equilibrio. El interior de aquellos troncos huecos siempre estaba lleno de gusanos rosáceos.
El follaje fue adquiriendo proporciones cada vez más gigantescas conforme avanzábamos. Una hierba gigantesca se elevaba por encima de nuestras cabezas, y encontramos algunas lagunas completamente cubiertas por hojas de nenúfar de más de tres varas de diámetro. Aquel avance nuestro entre la vegetación debía semejarse al de las hormigas cuando se abren paso por un prado sin segar.
Yo no hacía más que dar tropezones; me sangraban las piernas por muchos sitios, y la sangre atraía sobre mí a diminutos reptiles semejantes a lagartijas de seis patas.
Cuando llevábamos muchas horas de camino por aquella selva, escuché gritar a la consejera Neléis. La mujer estaba junto al gran carro que arrastraba el autómata, y miraba aterrorizada hacia su interior.
Llegué hasta allí al mismo tiempo que varios almogávares, y vi cómo el cuerpo de uno de los heridos que viajaban en el carro no era más que una masa ensangrentada, cubierta por completo de sanguijuelas.
Sacamos el cadáver de aquel pobre desgraciado, y lo arrojamos a un lado del camino. Después limpiamos minuciosamente los cuerpos de los otros dos heridos, pues en su heridas sangrantes ya habían empezado a amontonarse aquellos repugnantes gusanos.
– La vida satura este lugar de una forma enfermiza -dijo la consejera llena de horror.
Todos estábamos agotados y ansiábamos abandonar aquella senda oscura, resbaladiza e insana. Como no habíamos avanzado en todo aquel día más que unas tres millas, empezábamos a considerar que iba a ser imposible llegar hasta el anillo de columnas.
Guzmán se encaramó entonces a un árbol, y nos anunció, lleno de alegría, que la selva terminaba tan sólo un poco más adelante. Con nuestras fuerzas renovadas por aquella noticia, seguimos avanzando hasta el linde de aquel húmedo bosque, a partir del cual se abría una especie de prado salpicado de matorrales espinosos.
Vimos una cabaña, construida con troncos de madera albina, recostada contra la pared de roca. Joanot, Neléis y yo, entramos en ella por una ancha puerta doble y comprobamos que estaba desierta; en el exterior, sobre la hierba, se veían los restos de un carro completamente carcomido. Dentro de la cabaña había algunos útiles de madera, una capa hecha con tiras de corteza de árbol entrelazadas, y algo de leña quemada.
Aquella cabaña podría haber indicado la presencia de seres humanos, pero había demasiadas cosas extrañas; aquellas enormes puertas dobles eran demasiado incómodas e innecesariamente grandes; y el suelo de la cabaña estaba repleto de pisadas de cascos y excrementos de caballo. Parecía un establo, pero ¿quién encendería un fuego en el interior de un establo? Los utensilios de madera, cucharas y cuencos, parecían hechos para manos humanas, pero eran algo más toscos y grandes de lo habitual.
Joanot dijo, señalando hacia las puertas:
– El pasador está por el interior; cualquier caballo podría abrirlo y escapar.
Llenos de dudas, abandonamos aquel lugar, y seguimos nuestro camino. Sabíamos que pronto tendríamos que parar y establecer un campamento para recuperar fuerzas, pero la malsana cercanía de aquel bosque nos aterrorizaba.