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Электронная книга - «La locura de Dios». Краткое содержание книги:

Inicios del siglo XIV. El `doctor iluminado`, el fraile medieval mallorquín Ramón Llull, acompaña a una partida de almogávares en una arriesgada expedición por tierras de Oriente.
El objetivo es descubrir la mítica ciudad del Preste Juan, pero su inesperado destino será la insólita ciudad de Aristarcópolis que, tal vez, encierra en su nombre la explicación del origen de su misteriosa tecnociencia. Juan Miguel Aguilera ha imaginado una larga excursión por tierras de Asia narrada por el mismísimo Ramón Llull pocos años antes de su muerte. El viaje y la fabulación de esta amena novela son fruto de la imaginación, pero resultan compatibles con la verdad histórica y, sobre todo, con la incansable curiosidad y versatilidad que el verdadero Llull mostrara en vida.
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Neléis suspiró, y dijo que ya habían supuesto que eso podía suceder. Los tártaros blancos y amarillos no eran controlados directamente por el Adversario.

Pregunté qué íbamos a hacer a continuación.

Joanot me recordó que había más de seis mil almogávares esperando en Anatolia. Las tropas de Roger, los mejores guerreros de la cristiandad. El valenciano estaba seguro de que con ellos liberaríamos Apeiron y expulsaríamos a los tártaros de vuelta a sus estepas.

– Quizá también podamos contar con la ayuda de las tropas griegas del Imperio, pero no son necesarias, los catalanes de Roger se bastan y sobran para realizar ese trabajo.

– ¿Cuál es el plan entonces? -pregunté.

– El Paraliena se dirige a Anatolia -dijo Mirina-. En busca de las tropas almogávares de Roger.

Miré a mi alrededor, y dije:

– Se van a llevar una gran sorpresa cuando nos vean aparecer.

Días más tarde, alcanzamos el mar Nitas, y empezamos a bordear su costa. Los pescadores y gentes que nos veían corrían despavoridos convencidos de que habían visto a un enorme dragón cruzar sobre sus cabezas.

Cruzamos Anatolia de tramontana a mediodía, y nos detuvimos a una jornada de las murallas de Filadelfia. El viaje de ida había durado varios meses, pero habíamos realizado el regreso en sólo unos pocos días en aquella maravillosa nave voladora.

Con la tecnología de Apeiron la humanidad entera saldría rápidamente de la oscuridad y la miseria. Un maravilloso nuevo mundo iba a surgir de aquel viaje. Pero sólo si la amenaza de la Parca no era real. Sin embargo no podíamos dejar que este temor nos paralizara. Apeiron estaba a punto de ser destruida, y de su salvación dependía el futuro de todos nosotros. Las noticias que nos llegaban de la ciudad eran cada vez más preocupantes, y Neléis ordenó que el aeróstato descendiese.

Una vez en tierra, nos reunió a todos y dijo que no tenía sentido poner a prueba los miedos supersticiosos de la gente de Filadelfia. Quizá resultara más efectiva una llegada más discreta y no correr el riesgo de que nuestra presencia fuera interpretada como fruto de la magia o la brujería.

Joanot estuvo de acuerdo, y dijo que en primer lugar sería necesario presentarse ante Roger de Flor, y bajo su capitanía, organizar la nueva expedición hacia Apeiron.

– Nosotros poco podemos hacer aquí -dijo entonces Neléis-, y en Apeiron esta nave es necesaria. Debemos regresar para pelear junto a los nuestros.

Joanot de Curial expresó entonces su deseo de volver junto a los cincuenta almogávares que habían quedado en la ciudad. Se volvió hacia mí, y dijo:

– Tú eres el único que puede convencer al Capitán de que lo que hemos vivido en estos últimos meses es cierto. Que la ciudad del Preste Juan existe en el lugar que tú señalaste, y que en su interior hay maravillas y riquezas sin fin; pero que ahora está en peligro, y que necesita de todo su ejercito de almogávares para sobrevivir. Roger sentía un gran respeto por ti, y creerá en tus palabras. -Y añadió-: Yo debo regresar para pelear al lado de Ricard y el resto de mis bravos almogávares.

Después, el joven caballero se despidió de mí abrazándome emocionado, y les ordenó a Sausi, Guzmán y Guillem que me dieran escolta hasta Filadelfia.

– No os fallaremos -dijo Guzmán a su adalid-. Aguantad hasta entonces.

Mientras todos regresaban a bordo del Teógides, Neléis se acercó a mí, y dijo:

– Quisiera pensar que volveremos a vernos, Ramón. Tu lugar está en Apeiron.

– Soy demasiado viejo -respondí-, y estoy demasiado cansado para seguir luchando. Ahora sólo deseo regresar a mi tierra, y curar allí mis heridas. Si Roger tiene éxito, la ciudad se extenderá por todo el mundo y la Tierra entera será Apeiron. Quizá Dios tenga a bien permitirme vivir lo suficiente como para ver llegar ese día.

Después todos partieron en su nave aérea de regreso a Apeiron; y Sausi, Guzmán, Guillem y yo caminamos hasta las puertas de Filadelfia.

Estábamos de regreso; sólo tres de los trescientos que un día marcharon hacia Oriente.

El destacamento almogávar de la ciudad de Filadelfia nos recibió sin alegría. Las cosas no habían ido nada bien desde nuestra partida.

3

Roger de Flor había instalado su cuartel general en Gallípoli, y la ciudad estaba rodeada por un anillo de campos quemados y griegos empalados. El aspecto era desolador; caminamos durante horas rodeados de cadáveres que se pudrían al sol.

Horrorizado, pregunté qué había pasado allí a uno de los almogávares que nos había acompañado desde Filadelfia, y con quienes habíamos cruzado los Dardanelos.

El hombre, encogiéndose de hombros, respondió simplemente que los griegos se negaban a pagar.

Gallípoli era una ciudad aterrorizada por el dominio almogávar. Los griegos contemplaron nuestra llegada a través de las rendijas de las ventanas de sus casas, rodeadas de basura, excrementos y ratas. Los almogávares corrían por las calles, borrachos y cargados de botín de saqueo.

El Capitán Roger de Flor nos recibió en la sala de banderas de lo que había sido el palacio del gobernador. Su aspecto era de profundo agotamiento y desesperación.

Parecía sólo un espectro del hombre que habíamos dejado al inicio de nuestra aventura. Sus ojos estaban hundidos, y sus ropas sucias y descuidadas.

– Te creía muerto hace mucho, viejo -me dijo Roger, apenas nos tuvo ante él.

No era exactamente el recibimiento glorioso que yo había esperado.

– Lo conseguimos, Roger -le dije-; dimos con la ciudad que soñabas.

El nos contempló cuidadosamente a los cuatro; observó con detenimiento, pero sin emoción, los pyreions que los tres almogávares llevaban al hombro, y su vista se detuvo en mi brazo en cabestrillo. Y dijo con expresión cansada que ojalá pudiera creerme.

– Me creerás, Roger -le dije con una sonrisa de confianza-; me creerás…

El Capitán ordenó a uno de sus sirvientes que nos condujeran a los alojamientos del palacio, y dijo que esa misma noche, durante la cena, tendríamos ocasión de hablar.

Mientras me lavaba y cambiaba mis ropas, manchadas por la sangre de un centauro, doña Irene llamó a mi puerta, y al entrar en la habitación, sus ojos se llenaron de lágrimas de felicidad por verme de nuevo.

Afirmó haber estado segura de que yo habría perecido en aquella loca aventura; y le rogué que me diera detalles sobre lo acontecido desde nuestra marcha.

– Todo ha ido mal -dijo ella-. Todo se ha convertido en una locura.

Pregunté por doña María, la esposa de Roger; y ella respondió que su hija había regresado a Constantinopla. Ella misma se lo había ordenado, pues consideró que sólo así tendría la joven princesa una oportunidad de sobrevivir cuando todo acabara.

– ¿Cuando esto acabe? -pregunté.

– Roger ha enloquecido, y su locura será el final de todos nosotros -dijo ella.

Pregunté por qué entonces permanecía ella junto al Capitán.

– Yo soy vieja, pero mi sacrificio puede ser suficiente para aplacar a los dioses -fue su enigmática respuesta.

4

Esa noche, tras la cena, Roger de Flor nos dio más detalles de lo sucedido desde aquel día en que nos separamos del grueso del ejército almogávar para buscar la ciudad del Preste Juan.

Tal y como habíamos supuesto todos, lo de Bulgaria era sólo un engaño para sacar a los almogávares de Anatolia. Las tropas de Roger estuvieron dando vueltas arriba y abajo por toda Bulgaria, y las pagas no llegaban nunca; tan sólo cartas de Andrónico en las que se daban largas y vanas esperanzas de cobrar algún día.

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