La locura de Dios
- Автор: Агилера Хуан Мигель
- Язык: испанский
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «La locura de Dios». Краткое содержание книги:
El objetivo es descubrir la mítica ciudad del Preste Juan, pero su inesperado destino será la insólita ciudad de Aristarcópolis que, tal vez, encierra en su nombre la explicación del origen de su misteriosa tecnociencia. Juan Miguel Aguilera ha imaginado una larga excursión por tierras de Asia narrada por el mismísimo Ramón Llull pocos años antes de su muerte. El viaje y la fabulación de esta amena novela son fruto de la imaginación, pero resultan compatibles con la verdad histórica y, sobre todo, con la incansable curiosidad y versatilidad que el verdadero Llull mostrara en vida.
– No es justo que tú estés aquí -repetí.
Ella alargó su mano hasta rozar mi mejilla. En vida jamás me había tocado.
– Esto no es lo que tú crees, Ramón -dijo con su voz dulce e inocente-; sígueme, estoy aquí para guiarte.
Me tendió la mano, y yo la cogí, notando su calidez encerrada en mi palma. Caminamos juntos en silencio, en dirección opuesta a la columnata. No sé durante cuánto tiempo, pero yo me sentía feliz y triste a la vez por estar allí con mi Amada.
La pared de fondo era de roca viva, y estaba adornada por las ciclópeas estatuas de seres monstruosos, alineadas unas junto a otras hasta donde alcanzaba la vista. Me detuve a contemplar aquellas figuras cuyas cabezas rozaban el techo situado a más de un centenar de varas de altura. Yo era como una hormiga a los pies de un ejército de ogros, grifos, sirenas, centauros, e innumerables y monstruosas criaturas. Aquellas moles de piedra parecían capaces de retornar a la vida en cualquier momento.
Mi Amada tiró suavemente de mí, y me condujo hasta una enorme escalera de piedra que ascendía paralela a las estatuas de los monstruos, hasta una plataforma de mármol cercana al techo. Subimos penosamente los mil peldaños -los conté- de aquella escalera. Muerto o no, el agotamiento físico, y el dolor de huesos, parecían seguir formando parte de la naturaleza humana en aquel lugar.
Sobre la plataforma creí ver más estatuas de centauros, éstas de tamaño real.
Pero los centauros se movieron, y avanzaron hacia nosotros.
Reconocí al que iba en cabeza; su pata delantera izquierda estaba cubierta por una costra de sangre seca que cubría la herida que Joanot le había infligido.
Era el que me había arrastrado hasta allí.
– No temas -dijo mi Amada-; son amigos.
No lo son, pensé contemplando sus hoscos rostros, pero dejé que los centauros nos escoltaran en silencio hasta la pared de roca.
No había allí estatuas de monstruos ciclópeos, sino una gigantesca puerta redonda, de metal, cubierta de extraños símbolos dispuestos en anillos concéntricos, como si fuera una representación o un plano del lugar en el que nos encontrábamos.
Al acercarnos, la puerta se abrió lentamente, descubriendo la oscuridad de su interior. Sentí una ráfaga de aire pestilente saliendo de aquella cueva circular.
Los centauros se habían dispuesto formando dos filas a ambos lados de la puerta, y mi Amada parecía desear que penetráramos ambos en aquellas tinieblas, pero yo me sentía incapaz de dar un paso más.
– ¿Qué hay ahí dentro? -le pregunté con aprensión.
– La Matre -dijo ella con una sonrisa llena de extraña alegría.
La Matre , es decir; la Madre. ¿Qué significaba aquello? ¿A qué se refería mi Amada? Y entonces recordé que italianos y galos llamaban así a las Parcas, por el cuidado que, según creían, se dignaban tomar para favorecer el tránsito del hombre a la vida.
Árbitros de la muerte de los hombres, arreglaban sus destinos, y todo lo que acaecía en el mundo estaba sometido a su imperio; y no se limitaba este poder a hilar nuestros días, puesto que el movimiento de las esferas celestes y la armonía de los principios constitutivos del mundo, seguían también sus dictados.
Las Parcas habitaban, según Orfeo, en una caverna tenebrosa del Tártaro y servían de ministros al monarca de los infiernos. Según Ovidio habitaban un palacio donde los destinos de los hombres están grabados en planchas de metal, de modo que ni el rayo de Júpiter, ni el movimiento de los astros, ni los trastornos de la naturaleza puede borrarlas. Pero otros, y entre ellos Platón, afirmaban que su morada eran las esferas celestes, donde las representaban con vestidos blancos sembrados de estrellas, coronadas, y sentadas en tronos luminosos, para demostrar que son las dictadoras y que guardan esa armonía admirable en que consiste el orden del Universo.
– Entra -insistió mi Amada-; la Matre te espera.
Si ése era mi destino, ¿cómo iba a oponerme a él? Caminé hacia la oscuridad.
Mi Amada se quedó atrás, y pensé si sería realmente ella, o sólo un demonio que había adoptado forma humana para conducirme hasta la entrada al tártaro.
¿Qué extraños sentimientos ocupaban mi mente que me hacían contemplar las cosas más extraordinarias y temibles con una tranquilidad que me asombraba a mí mismo? Con esa misma tranquilidad avancé como un espectro, como si mi voluntad no me perteneciera ya, y fuera otro el dueño de mis actos. Una sensación que era casi agradable.
Estaba dentro; una cueva cilíndrica, con un diámetro similar al de la gran puerta de metal, que parecía prolongarse hacia las profundidades. A través de la abertura penetraba la escasa luz del exterior, pero ésta no iluminaba mucho más allá de unas pocas varas, como si en aquel lugar las tinieblas fueran más densas y gozaran de más poder que la luz. Avancé unos pasos, y mis pies chapotearon en algo viscoso. Me acerqué a la pared, y la toqué con la mano, retirándola rápidamente asqueado. Paredes y suelo eran todo uno, la cara interior de un cilindro, y su tacto era el de la carne; cálido y cubierto por una pegajosa mucosidad. Sentí como si caminara por el interior de un enorme útero, un pensamiento repugnante que me inmovilizó. Entonces vi una figura avanzando hacia mí recortándose contra la oscuridad del fondo.
– Este encuentro se ha retrasado durante mucho tiempo, Ramón -dijo una voz cascada resonando en mi cabeza-, pero al fin estamos frente a frente.
8
Era una anciana decrépita, de rostro severo, coronada con grandes copos de lana blanca entrelazada con flores de narciso. Vestía una túnica blanca, bordada de púrpura, que cubría completamente su cuerpo.
– Satanás puede adoptar cualquier aspecto -le dije a la anciana con una placentera tranquilidad en mi voz.
No podía entender cómo no estaba aterrorizado por aquella visión.
La anciana caminó sobre el viscoso suelo hasta plantarse frente a mí.
– No soy un demonio, Ramón -dijo ella sin hablar, con una sonrisa desdentada.
– Lo que yo crea importa muy poco -le respondí mirándola con fijeza.
¿De dónde venía el extraño valor que ahora llenaba mi corazón? Estaba en presencia del mismísimo principio de todo mal, y mi mente se mostraba tranquila y confiada.
Pero una parte de ella me repetía una y otra vez que aquello no era natural, que estaba sometido al poder magnético de aquel ser de maldad.
– Tampoco soy un ser llegado de otro mundo como creen los ciudadanos de Apeiron -siguió pronunciando la anciana Parca, hablando sin sonidos-. Todos estáis equivocados, pero yo puedo mostrarte la realidad; si lo deseas.
No respondí y ella volvió a preguntarme:
– ¿Lo deseas?
Yo luchaba desesperadamente contra aquella fuerza que encadenaba mi alma.
– Habla lo que tengas que hablar. No puedo hacer nada excepto escucharte.
La anciana asintió, y entrecruzó sus dedos esqueléticos como si estuviera rezando.
No había pronunciado ni una sola palabra, pero voces e imágenes extrañas inundaron mi mente mostrándome una nueva realidad tan asombrosa que tan sólo mi estado de sometimiento mental me impidió enloquecer al instante.
No era una criatura de otro mundo como afirmaban los apeironitas.
Su raza era tan antigua como las estrellas -y comprendí entonces que las estrellas eran mucho más viejas que el mundo-, pero ella nació en nuestra Tierra antes de que nuestros primeros padres caminaran por ella.