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Choque de reyes [A Clash of Kings - es]

Электронная книга - «Choque de reyes [A Clash of Kings - es]». Краткое содержание книги:

Un cometa del color de la sangre hiende el cielo cargado de malos augurios. Y hay razones sobradas para pensar así: los Siete Reinos se ven sacudidos por las luchas intestinas entre los nobles por la sucesión al Trono de Hierro. En la otra orilla del océano, la princesa Daenerys Targaryen conduce a su pueblo de jinetes salvajes a través del desierto. Y en los páramos helados del Norte, más allá del Muro, un ejército implacable avanza impune hacia un territorio asolado por el caos y las guerras fraticidas.
George R.R. Martin, con pulso firme y enérgico, nos deleita con un brillante despliegue de personajes, engranando una trama rica, densa y sorprendente. Nos vuelve testigos de luchas fraticidas, intrigas y traiciones palaciegas en una tierra maldita por la guerra, donde fuerzas ocultas se alzan de nuevo y acechan para reinar en las noches del largo invierno que se avecina.
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—¿Por qué no se filtra también a través de la arcilla?

—Sí se filtra, mi señor —dijo Hallyne—. Bajo esta cripta hay otra donde almacenamos los frascos más antiguos. Los de tiempos del rey Aerys. Le gustaba que los hicieran con forma de frutas. Eran frutas muy peligrosas, mi señor Mano, y… hummm… están más maduras que nunca, no sé si me comprendéis. Las hemos sellado con cera y hemos inundado de agua la cripta inferior, pero aun así… Lo normal habría sido que las hubiéramos destruido, pero durante el saqueo de Desembarco del Rey murieron muchos de nuestros maestros, y los pocos acólitos que quedaron no tenían nivel suficiente para acometer esa tarea. Además, buena parte de las existencias que se prepararon para Aerys se perdieron. Sólo hace un año que encontramos doscientos frascos en un almacén situado bajo el Gran Sept de Baelor. Nadie recuerda cómo llegaron allí, pero no hace falta que os diga que el Septon Supremo estaba fuera de sí de pánico. Yo mismo me encargué de que se transportaran con todas las precauciones. Trabajamos sólo de noche, hicimos…

—Un trabajo excelente, no me cabe duda. —Tyrion volvió a dejar el frasco con los demás, que ocupaban toda la mesa en filas ordenadas, cuatro en fondo, desfilando hasta perderse en la penumbra subterránea. Y más allá había otras mesas, muchas—. Esas… eh… frutas del difunto rey Aerys, ¿aún se pueden utilizar?

—Oh, sí, desde luego. Pero con mucho cuidado, mi señor, con muchísimo cuidado. Con los años, la sustancia se va volviendo más… cómo diría yo, caprichosa. Arde con la menor chispa. Un exceso de calor, y los frascos se inflamarán. No deben exponerse a la luz del sol ni siquiera por un breve espacio de tiempo. Una vez se inicia el fuego en el interior, el calor hace que la sustancia se expanda de manera muy violenta, y el frasco no tarda en saltar en mil pedazos. Si hubiera más frascos cerca, también estallarían.

—¿Cuántos frascos tenéis ahora mismo?

—Esta mañana el sapiencia Munciter me dijo que disponíamos de siete mil ochocientos cuarenta. En esa cifra se incluyen los cuatro mil frascos de tiempos del rey Aerys, desde luego.

—¿Nuestras frutas demasiado maduras?

Hallyne asintió.

—El sapiencia Malliard cree que podremos proporcionaros los diez mil frascos que prometimos a la reina. Yo opino lo mismo.

El piromante parecía tan satisfecho con la perspectiva que a Tyrion le pareció obsceno. «Si es que nuestros enemigos os dan tiempo.» Los piromantes mantenían en secreto absoluto su receta del fuego valyrio, pero sabía que se trataba de un proceso largo y peligroso. Había dado por supuesto que la promesa de diez mil frascos era una baladronada, como la del vasallo que jura reunir diez mil espadas para su señor y el día de la batalla se presenta con ciento dos.

«Si de verdad pudieran proporcionarnos diez mil…» No sabía si debía sentirse encantado o aterrado. «Puede que las dos cosas.»

—Espero que vuestros hermanos de gremio no se estén dando una prisa improcedente, sapiencia. No queremos diez mil frascos de fuego valyrio defectuoso. Ni siquiera uno. Y, desde luego, menos aún queremos que suceda una calamidad.

—No sucederá ninguna calamidad, mi señor Mano. La sustancia la preparan acólitos en ciertas celdas de piedra sin ningún mobiliario. Luego un aprendiz recoge los frascos uno por uno en cuanto están listos, y los baja aquí. Encima de cada celda de trabajo hay una habitación llena de arena. Se ha lanzado un hechizo protector sobre los suelos, es muy, hummm, poderoso. Al menor indicio de incendio en la celda de abajo, el suelo se desmorona y la arena lo apaga de inmediato.

—Así como al descuidado acólito. —Tyrion sabía que, donde había dicho «hechizo», debía entender «truco». Le habría gustado inspeccionar una de aquellas celdas de techo falso para ver en qué consistía, pero no era el momento oportuno. Tal vez más tarde, cuando ganaran la guerra.

—Mis hermanos nunca se descuidan —insistió Hallyne—. Si puedo ser… hummm… sincero…

—Por favor.

—La sustancia corre por mis venas, habita en el corazón de todo piromante. Respetamos su poder. Pero los soldados comunes… hummm… pongamos por ejemplo, los que manejan una de las bombardas de la reina, en el fragor inconsciente de la batalla… el más pequeño de los errores puede provocar una catástrofe. Hay que tenerlo muy en cuenta. Mi padre le dijo lo mismo al rey Aerys, igual que su padre se lo dijo al anciano rey Jaehaerys.

—Pues parece que les hicieron caso —dijo Tyrion—. Si hubieran quemado la ciudad, a estas alturas yo me habría enterado. De modo que me recomendáis que tengamos cuidado.

—Mucho cuidado —matizó Hallyne—. Muchísimo.

—En cuanto a esos frascos de arcilla… ¿tenéis existencias abundantes?

—Pues sí, mi señor, gracias por vuestro interés.

—¿Os importaría si me llevo algunos? Unos miles.

—¿Unos miles?

—O tantos como podáis darme sin que eso afecte a la producción. Entended que os estoy pidiendo frascos vacíos. Hacédselos llegar a los capitanes de cada una de las puertas de la ciudad.

—Así lo haré, mi señor, pero ¿para qué…?

—Si me decís que me vista con prendas de abrigo, lo hago. —Tyrion alzó la vista y le sonrió—. Si me decís que tenga cuidado, pues… —Se encogió de hombros—. Ya he visto todo lo que necesitaba. ¿Tenéis la bondad de acompañarme a mi litera?

—Será un gran… hummm… placer para mí, mi señor. —Hallyne alzó la lámpara y encabezó la marcha de regreso hacia las escaleras—. Habéis sido muy amable al visitarnos. Nos hacéis un gran honor, hummm. Hacía mucho tiempo que la Mano del Rey no nos honraba con su presencia. El último fue Lord Rossart, y porque pertenecía a nuestra orden. Eso fue en tiempos del rey Aerys. El rey Aerys estaba muy interesado en nuestro trabajo.

«El rey Aerys os utilizaba para asar vivos a sus enemigos.» Su hermano Jaime le había contado unas cuantas historias sobre el Rey Loco y sus amiguitos piromantes.

—Joffrey también estará muy interesado, no me cabe duda.

«Y precisamente por eso pienso mantenerlo bien alejado de vosotros.»

—Tenemos la esperanza de que algún día el rey visite en persona nuestro gremio. He hablado con vuestra regia hermana. Organizaríamos un gran banquete…

A medida que ascendían volvía a hacer calor.

—Su Alteza ha prohibido todos los banquetes hasta que no ganemos la guerra. —«Ante mi insistencia»—. El rey no considera apropiado que se organicen festines con platos exquisitos mientras su pueblo carece de pan.

—Un gesto muy, hummm, tierno, mi señor. En ese caso tal vez deberíamos ir algunos de nosotros a visitar al rey en la Fortaleza Roja. Podemos hacer una pequeña demostración de nuestros poderes, para distraer a Su Alteza de sus muchas preocupaciones, aunque sea sólo por una noche. El fuego valyrio no es más que uno de los temibles secretos que guarda nuestra antigua orden. Muchas y maravillosas son las cosas que podríamos mostraros.

—Se lo diré a mi hermana.

Tyrion no tenía nada en contra de unos cuantos trucos de magia, pero ya era demasiado problemática la afición de Joff a hacer que los hombres lucharan a muerte; no iba a permitir que probase las posibilidades de quemarlos vivos.

Cuando llegaron a la cima de las escaleras, Tyrion se quitó la capa de piel y se la colgó de un brazo. El Gremio de Alquimistas se reunía en un imponente edificio de piedra negra, de dimensiones increíbles, pero Hallyne lo guió por los pasillos laberínticos hasta que llegaron a la Galería de las Antorchas de Hierro, una cámara larga y retumbante en la que columnas de fuego verde danzaban en torno a columnas de metal negro de siete metros de altura. Las llamas espectrales se reflejaban contra el pulido mármol negro del suelo y las paredes, y bañaban la estancia con un resplandor esmeralda. Tyrion se habría sentido mucho más impresionado si no supiera que habían encendido las grandes antorchas de hierro aquella mañana en honor a su visita, y que las apagarían en cuanto las puertas se cerraran tras él. El fuego valyrio era demasiado costoso para despilfarrarlo.

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