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Choque de reyes [A Clash of Kings - es]

Электронная книга - «Choque de reyes [A Clash of Kings - es]». Краткое содержание книги:

Un cometa del color de la sangre hiende el cielo cargado de malos augurios. Y hay razones sobradas para pensar así: los Siete Reinos se ven sacudidos por las luchas intestinas entre los nobles por la sucesión al Trono de Hierro. En la otra orilla del océano, la princesa Daenerys Targaryen conduce a su pueblo de jinetes salvajes a través del desierto. Y en los páramos helados del Norte, más allá del Muro, un ejército implacable avanza impune hacia un territorio asolado por el caos y las guerras fraticidas.
George R.R. Martin, con pulso firme y enérgico, nos deleita con un brillante despliegue de personajes, engranando una trama rica, densa y sorprendente. Nos vuelve testigos de luchas fraticidas, intrigas y traiciones palaciegas en una tierra maldita por la guerra, donde fuerzas ocultas se alzan de nuevo y acechan para reinar en las noches del largo invierno que se avecina.
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Junto a las tranquilas aguas del Ojo de Dioses se había alzado un largo patíbulo de madera verde, en el que estaban ahorcadas unas cosas que habían sido humanas, con los pies encadenados, mientras los cuervos picoteaban la carne y revoloteaban de cadáver en cadáver. Por cada cuervo había un centenar de moscas. Cuando el viento sopló procedente del lago, el cadáver más cercano pareció volverse hacia ella. Los cuervos le habían devorado la mayor parte del rostro, y otra alimaña también se había ocupado de él, otra mucho más grande. Tenía desgarrado el pecho y la garganta, y del vientre abierto brotaban entrañas de un verde brillante y jirones de carne. Le habían arrancado un brazo; Arya divisó los huesos mordidos y picoteados a pocos metros de distancia. No les quedaba nada de carne.

Se obligó a fijarse en el siguiente hombre, y luego en el siguiente, y en el siguiente, sin dejar de repetirse que era dura como una piedra. Eran cadáveres, tan destrozados y podridos que tardó unos instantes en darse cuenta de que los habían desnudado antes de colgarlos. No parecían personas desnudas; en realidad, casi no parecían personas. Los cuervos les habían devorados los ojos, a veces el rostro entero. Del sexto de la hilera sólo quedaba una pierna, todavía sujeta por las cadenas, que se mecía con el viento.

«El miedo hiere más que las espadas.» Los muertos no podían hacerle daño, pero quien los había matado, sí. Más allá del patíbulo, dos hombres con cota de malla se apoyaban en sus lanzas ante el edificio alargado que había junto al agua, el del tejado de pizarra. Habían clavado en el suelo lodoso un par de pértigas largas, y de cada una colgaba un estandarte. Uno parecía rojo y el otro más claro, tal vez blanco o amarillo, pero colgaban inertes por la falta de viento, y con la oscuridad del crepúsculo no podía estar segura de que el rojo fuera escarlata Lannister. «No me hace falta ver el león, ya veo a los muertos. ¿Quiénes pueden ser, sino Lannister?»

Entonces se oyó un grito.

Los dos lanceros se volvieron, y apareció un tercero empujando a un cautivo. Ya estaba demasiado oscuro para distinguir los rostros, pero el prisionero llevaba un brillante yelmo de acero, y al ver los cuernos Arya supo que se trataba de Gendry. «Idiota, idiota, idiota, ¡idiota!», pensó. Si lo hubiera tenido al lado le habría pegado otra patada.

Los guardias hablaban en voz alta, pero estaba demasiado lejos para oír qué decían, y más aún con los graznidos y revoloteos de los cuervos. Uno de los lanceros le quitó el yelmo a Gendry y le hizo una pregunta, pero no debió de gustarle la respuesta, porque lo golpeó en el rostro con el asta de la lanza y lo derribó. El que lo había capturado le dio una patada, mientras que el segundo lancero se probaba el yelmo en forma de cabeza de toro. Por último lo pusieron de pie y lo empujaron hacia el almacén. Cuando abrieron las pesadas puertas de madera, un niñito salió a toda velocidad, pero uno de los guardias lo agarró por el brazo y lo obligó a entrar de nuevo. A Arya le llegaron sonidos de sollozos procedentes del interior, y luego un grito tan largo y lleno de dolor que tuvo que morderse los labios.

Los guardias empujaron a Gendry al interior junto con el niño y atrancaron las puertas. En aquel momento sopló una brisa procedente del lago, y los estandartes se agitaron y ondearon. El del asta más alta era, como había temido, el león dorado. En el otro, tres esbeltas formas negras corrían por un campo color amarillo mantequilla. Le pareció que eran perros. Arya había visto antes aquellos perros, pero ¿dónde?

Aquello no importaba. Lo único importante era que habían cogido a Gendry. Tenía que sacarlo de allí, aunque fuera un cabezota y un imbécil. Se preguntó si los soldados sabrían que la reina lo estaba buscando.

Uno de los guardias se quitó el yelmo y se puso el de Gendry. Arya se enfureció, pero sabía que no podía hacer nada para impedirlo. Le pareció oír más gritos procedentes del almacén sin ventanas, amortiguados por los muros de piedra, pero no estaba segura.

Permaneció allí el tiempo suficiente para ver el cambio de guardia y luego mucho más. Los hombres iban y venían. Llevaron a los caballos al arroyo para abrevarlos. Una partida de caza regresó del bosque, llevaban un ciervo colgado de una pértiga. Los observó mientras lo limpiaban, le quitaban las entrañas y preparaban una hoguera al otro lado del arroyo, y el olor de la carne asada se unió al de la podredumbre de los cadáveres. El estómago vacío le rugía y estuvo a punto de vomitar. La perspectiva de la cena hizo que otros hombres salieran de las casas; casi todos llevaban cotas de malla o petos de cuero. Cuando el ciervo estuvo bien asado, cortaron las mejores porciones y las llevaron a una de las casas.

Arya pensó que durante la noche podría acercarse a hurtadillas y liberar a Gendry, pero los guardias encendieron antorchas con las llamas de la hoguera. Un escudero llevó carne y pan a los dos guardias que había ante el almacén, y más tarde se les unieron otros dos hombres. Empezaron a pasarse un pellejo de vino de mano en mano. Cuando se lo terminaron los otros se fueron, pero los dos guardias del principio siguieron allí, apoyados en sus lanzas.

Cuando por fin se decidió a salir de debajo del brezo para internarse en la oscuridad del bosque, Arya tenía las piernas y los brazos entumecidos, y la noche era cerrada excepto en los momentos en que los tímidos rayos de luna se filtraban entre las nubes.

«Silenciosa como una sombra», se dijo mientras avanzaba entre los árboles. No se atrevía a correr en aquella oscuridad, por miedo a tropezar con alguna raíz, o a perderse. A su izquierda, el Ojo de Dioses lamía las orillas con olas sosegadas. A su derecha la brisa susurraba entre las ramas, y las hojas crujían y se mecían. Y, a lo lejos, se oía el aullido de los lobos.

Lommy y Pastel Caliente estuvieron a punto de cagarse de miedo cuando salió de entre los árboles justo detrás de ellos.

—Silencio —les dijo al tiempo que rodeaba a Comadreja con un brazo, cuando la niñita corrió hacia ella.

—Pensábamos que nos habíais abandonado —dijo Pastel Caliente mirándola con los ojos muy abiertos. Tenía en la mano la espada corta, la que Yoren le había quitado a un capa dorada—. Tenía miedo de que fueras un lobo.

—¿Dónde está el Toro? —preguntó Lommy.

—Lo han cogido —susurró Arya—. Tenemos que sacarlo de allí. Vas a tener que ayudarme, Pastel Caliente. Nos acercaremos a escondidas, mataremos a los guardias y luego yo abriré la puerta.

Pastel Caliente y Lommy se miraron.

—¿Cuántos son?

—No he podido contarlos —reconoció Arya—. Por lo menos veinte, pero ante la puerta sólo hay dos.

—No podemos luchar contra veinte. —Pastel Caliente puso cara de estar a punto de llorar.

—Sólo tienes que luchar contra uno. Yo me encargo del otro, sacamos a Gendry y nos largamos.

—Deberíamos rendirnos —dijo Lommy—. Vamos allí y nos rendimos.

Arya sacudió la cabeza, testaruda.

—Entonces olvídate de Gendry, Arry —suplicó Lommy—. No saben que estamos aquí, si nos escondemos se irán, sabes que se irán. No es culpa nuestra que cogieran a Gendry.

—Eres idiota, Lommy —dijo Arya, furiosa—. Si no sacamos a Gendry, el que va a morir eres tú. ¿Quién te va a llevar si no?

—Pastel Caliente y tú.

—¿Todo el rato, sin ayuda de nadie? No lo lograremos. Gendry es el más fuerte. Además, me importa un rábano lo que digas, voy a volver a por él. —Miró a Pastel Caliente—. ¿Vienes conmigo?

Pastel Caliente miró a Lommy, a Arya y a Lommy otra vez.

—De acuerdo —dijo de mala gana—. Lommy, vigila bien a Comadreja.

—¿Y si vienen los lobos? —El muchacho agarró a la niñita de la mano y la atrajo hacia él.

—Ríndete —sugirió Arya.

Les pareció que tardaron horas en encontrar el camino de vuelta a la aldea. Pastel Caliente no paraba de tropezar y de extraviarse, y Arya tenía que esperarlo a menudo, incluso se veía obligada a retroceder. Acabó por agarrarlo de la mano y guiarlo entre los árboles.

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