Choque de reyes [A Clash of Kings - es]
- Автор: Мартин Джордж Рэймонд Ричард
- Год: 2003
- Язык: испанский
- Год: Gigamesh
- ISBN: 84-932-7022-9
- Переводчик: Cristina Macia
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «Choque de reyes [A Clash of Kings - es]». Краткое содержание книги:
George R.R. Martin, con pulso firme y enérgico, nos deleita con un brillante despliegue de personajes, engranando una trama rica, densa y sorprendente. Nos vuelve testigos de luchas fraticidas, intrigas y traiciones palaciegas en una tierra maldita por la guerra, donde fuerzas ocultas se alzan de nuevo y acechan para reinar en las noches del largo invierno que se avecina.
—Cállate y sígueme —le ordenó. No tardaron en divisar a lo lejos el brillo de las hogueras de la aldea contra el cielo—. Hay cadáveres colgados al otro lado del seto, pero no te asustes, recuerda que el miedo hiere más que las espadas. Tenemos que ser muy sigilosos, iremos muy despacio.
Pastel Caliente asintió. Arya fue la primera en entrar por debajo del brezo y lo esperó al otro lado, acuclillada. Pastel Caliente salió muy pálido y jadeante, con la cara y los brazos llenos de arañazos sangrantes. Fue a decir algo, pero Arya le puso un dedo en los labios. Se arrastraron sobre las manos y las rodillas a lo largo del patíbulo, bajo los cadáveres que se mecían. El muchacho no alzó la vista en ningún momento ni hizo el menor ruido.
Hasta que un cuervo se posó sobre su espalda, y dejó escapar un grito ahogado.
—¿Quién anda ahí? —retumbó una voz desde la oscuridad.
—¡Me rindo! —Pastel Caliente se puso en pie de un salto y, cuando tiró su espada, una docena de cuervos se alzaron de los cadáveres entre graznidos de protesta. Arya le agarró la pierna y trató de hacer que se agachara, pero el muchacho se liberó y echó a correr, agitando los brazos—. ¡Me rindo, me rindo!
Arya se puso en pie de un salto y echó mano de Aguja, pero estaba rodeada de hombres. Lanzó un tajo al más cercano, que lo paró con el avambrazo de acero, mientras que otro la derribaba por tierra y un tercero la obligaba a soltar la espada. Cuando intentó morderlo, sus dientes tropezaron con una cota de malla fría y sucia.
—Vaya, qué salvaje —dijo el hombre entre risas. El golpe de su puño acorazado estuvo a punto de arrancarle la cabeza.
Se quedó tendida, en el suelo, mientras hablaban de ella, pero no alcanzaba a entender lo que decían. Le zumbaban los oídos. Cuando trató de arrastrarse, la tierra se movió bajo ella.
«Me han quitado a Aguja.» La vergüenza era peor que el dolor, y eso que el dolor era mucho. Jon le había regalado aquella espada. Syrio le había enseñado a utilizarla.
Por último, alguien la agarró por el justillo y la obligó a incorporarse hasta quedar de rodillas. Pastel Caliente también estaba de rodillas, ante el hombre más alto que Arya había visto jamás, un monstruo salido de las historias de la Vieja Tata. No vio de dónde había salido aquel gigante. En su jubón amarillento descolorido se veían tres perros negros a la carrera, y el rostro del hombre era tan duro como si lo hubieran tallado en piedra. De pronto, Arya recordó dónde había visto antes aquellos perros. La noche del torneo en Desembarco del Rey, todos los caballeros colgaron sus escudos en el exterior de sus pabellones.
—Ése es el del hermano del Perro —le había dicho Sansa cuando pasaron junto a los perros negros sobre campo amarillo—. Es aún más alto que Hodor, ya lo verás. Lo llaman la Montaña que Cabalga.
Arya agachó la cabeza, apenas consciente de qué sucedía a su alrededor. Pastel Caliente se estaba rindiendo un poco más.
—Nos guiarás hasta esos otros —dijo la Montaña, antes de alejarse.
A continuación la obligaron a caminar más allá de los muertos del patíbulo, mientras Pastel Caliente decía a sus captores que, si no le hacían daño, les prepararía pasteles y empanadas. Los acompañaban cuatro hombres, uno con una antorcha, otro con una espada larga, y los dos restantes con lanzas.
Lommy estaba donde lo habían dejado, al pie del roble.
—¡Me rindo! —gritó en cuanto los vio. Tiró a un lado la lanza y levantó las manos, manchadas de verde por los viejos tintes—. Me rindo, por favor.
El hombre de la antorcha buscó entre los árboles.
—¿Tú eres el último? El panadero dijo que había también una niña.
—Salió corriendo cuando os oyó llegar —dijo Lommy—. Hacíais mucho ruido.
«Corre, Comadreja —pensó Arya—. Corre mucho, vete lejos, no vuelvas jamás.»
—Dinos dónde está ese hijo de puta de Dondarrion y te ganarás una comida caliente.
—¿Quién? —preguntó Lommy, desconcertado.
—Ya te lo decía yo, éstos no saben más que las zorras de la aldea. Joder, qué pérdida de tiempo.
—¿Te pasa algo en la pierna, muchacho? —preguntó uno de los lanceros acercándose a Lommy.
—Estoy herido.
—¿Puedes caminar? —El hombre parecía preocupado.
—No —dijo Lommy—. Tenéis que llevarme.
—¿De verdad? —Levantó la lanza como quien no quiere la cosa y atravesó el cuello del muchacho. Lommy ni siquiera tuvo tiempo de rendirse de nuevo. Se estremeció una vez y murió. Cuando el hombre sacó la lanza, la sangre brotó en un surtidor oscuro.
—Que lo llevemos, dice —murmuró con una risita.
TYRION
Le habían advertido que se vistiera con prendas de abrigo. Tyrion Lannister obedeció. Llevaba unos calzones guateados y un jubón de lana, y se cubría con la capa de piel de gatosombra que había conseguido en las Montañas de la Luna. La capa tenía un largo absurdo, era para un hombre que lo doblara en estatura. Cuando no iba a caballo, la única manera de llevarla era envolverse en ella varias veces, con lo que parecía una bola de pelo a rayas.
Pese a todo se alegraba de haber seguido el consejo. El frío húmedo de la larga cripta se metía hasta los huesos. Timett prefirió volver a subir al sótano en cuanto probó la temperatura que había abajo. Se encontraban en algún punto bajo la colina de Visenya, detrás del edificio del Gremio de Alquimistas. Los muros de piedra húmeda tenían manchones de salitre, y la única luz que les llegaba procedía de la lámpara de aceite, de hierro y cristal, que con tanta cautela llevaba Hallyne el Piromante.
«Con cautela, desde luego… y con más cautela aún hay que manejar estos frascos.» Tyrion cogió uno para examinarlo. Era redondeado y rojizo, como un pomelo de barro. Para su mano resultaba un poco grande, pero sabía que en la de un hombre normal encajaría a la perfección. Las paredes eran muy finas, tan frágiles que le habían avisado para que no lo apretara demasiado, ya que lo podía aplastar con el puño. Además eran rugosas. Hallyne le explicó que era intencionado.
—Un frasco liso resbala de los dedos con mayor facilidad.
Tyrion inclinó el frasco para ver su contenido, y el fuego valyrio fluyó hacia el borde. Sabía que debía de ser de un color verde lóbrego, pero con tan poca luz era imposible confirmarlo.
—Está muy espeso —señaló.
—Es por el frío, mi señor —dijo Hallyne, un hombre demacrado, de manos blandas y húmedas, y modales obsequiosos. Vestía una túnica a rayas negras y escarlatas con ribetes de marta, aunque la piel parecía bastante remendada y apolillada—. Cuando se calienta la sustancia es más fluida, como el aceite de las lámparas.
«Sustancia» era como los piromantes llamaban al fuego valyrio. También se llamaban unos a otros «sapiencia», cosa que a Tyrion le resultaba casi tan molesta como su costumbre de insinuar cuán vastos eran los conocimientos secretos que querían hacerle creer que tenían. En otros tiempos habían sido un gremio muy poderoso, pero en los últimos siglos los maestres de la Ciudadela habían reemplazado a los alquimistas casi en todas partes. De la antigua orden sólo quedaban unos pocos, y ya ni siquiera fingían ser capaces de transmutar metales…
Pero podían hacer fuego valyrio.
—Tengo entendido que el agua no lo apaga.
—Es verdad. Una vez se le prende fuego, la sustancia arde hasta que se agota. Más aún, se filtra en la ropa, la madera, el cuero y hasta el acero, y hace que también esos materiales ardan.
Tyrion recordó al sacerdote rojo Thoros de Myr, con su espada llameante. Hasta una fina película de fuego valyrio podía arder durante una hora. Después de cada combate cuerpo a cuerpo, a Thoros había que darle una espada nueva, pero Robert le tenía afecto y siempre se la proporcionaba de buena gana.