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A barlovento [Look to Windward - es]

Электронная книга - «A barlovento [Look to Windward - es]». Краткое содержание книги:

Fue uno de los incidentes menos gloriosos de una antigua guerra.
Provocó la destrucción de dos soles y de los miles de millones de vidas que sustentaban.
Ahora, ochocientos años después, la luz del primero de estos antiguos errores ha llegado al orbital de la Cultura Masaq. La luz del segundo podría no llegar a hacerlo.
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En absoluto. Solo habrán oído las melodías aproximadas, el perfil de los temas, eso es todo. Así les parecerá reconocer las ideas básicas, pero no estarán familiarizados con ellas. Eso les permitirá apreciar la obra entera mucho más. El avatar golpeó al chelgriano entre los hombros, levantando una fina llovizna del chaleco. Ziller hizo una mueca, aquella criatura de aspecto ligero era más fuerte de lo que parecía. Ziller, confíe en nosotros, es lo que funciona. Ah, y tras haber escuchado el esbozo que ha enviado, es magnífico. Le felicito.

Gracias. Ziller siguió secándose los costados con la toalla y luego miró al avatar.

¿Sí? dijo este.

Me preguntaba una cosa.

¿Qué?

Algo que llevo preguntándome desde que llegué aquí, algo que nunca te he preguntado, primero porque me preocupaba cuál sería la respuesta, después porque sospechaba que ya sabía la respuesta.

Cielos. ¿Qué puede ser? preguntó el avatar con un parpadeo.

Si lo intentaras tú, si cualquier Mente lo intentara, ¿podría imitar mi estilo? preguntó el chelgriano. ¿Podría escribir una obra, una sinfonía, digamos, que al crítico informado le pareciera mía y que, cuando yo la oyera, me imaginara estar orgulloso de haberla escrito?

El avatar frunció el ceño mientras caminaba. Después se cruzó de manos a la espalda. Dio unos pasos más.

Sí, me imagino que sería posible.

¿Sería fácil?

No. No más fácil que cualquier tarea complicada.

¿Pero tú podrías hacerlo mucho más rápido que yo?

Tendría que suponer que sí.

—Mmm. —Ziller hizo una pausa. El avatar se dio la vuelta para mirarlo. Detrás de Ziller, las rocas y los árboles velo del profundo barranco pasaban a toda velocidad. La barcaza se mecía con suavidad bajo sus pies. Entonces preguntó el chelgriano, ¿qué sentido tiene que yo o cualquier otro escribamos una sinfonía o cualquier otra cosa?

El avatar alzó las cejas, sorprendido.

Bueno, para empezar, si lo hace usted, es usted el que experimenta la sensación de logro.

Si nos olvidamos de la parte subjetiva, ¿qué sentido tendría para los que la escuchan?

Sabrían que habría sido alguien de su propia especie, no una Mente, el que lo había creado.

Olvidémonos de eso también, supongamos que no se les ha dicho que es de una IA, o que no les importa.

Si no se les ha dicho, entonces la comparación no es absoluta, se está ocultando información. Si no les importa, entonces no se parecen a ningún grupo de humanos que yo me haya encontrado jamás.

Pero si tú puedes…

Ziller, ¿le preocupa que las Mentes, las IA si lo prefiere, puedan crear, o incluso aparentar crear, obras de arte originales?

Con franqueza, cuando son del tipo de obras de arte originales que yo creo, sí.

Ziller, eso no importa. Tiene que pensar como un alpinista.

¿Ah, sí?

Sí. A algunas personas les lleva días, sudan a mares, soportan el dolor y el frío, se arriesgan a sufrir lesiones y, en algunos casos, una muerte permanente para llegar a la cima de una montaña y solo para descubrir que un grupo de coetáneos acaba de llegar en avión y está disfrutando de una merienda al aire libre.

Si yo fuera uno de esos alpinistas estaría muy molesto.

Bueno, se considera de mala educación aterrizar en una cumbre hacia la que hay personas que están intentando llegar por el método más difícil, pero se puede hacer y ocurre. Los buenos modales exigen que la merienda se comparta y que los que han llegado en avión expresen admiración y respeto por el logro de los alpinistas.

»Lo que ocurre, claro está, es que las personas que se han pasado días allí y han sudado a mares también podrían haber cogido un avión hasta la cima si lo único que querían era disfrutar de la vista. Es la lucha lo que anhelan. La sensación de logro que se produce al recorrer la ruta que sube y baja del pico, no el pico en sí. Eso es solo el pliegue que hay entre las páginas. El avatar dudó un momento. Ladeó un poco la cabeza y entrecerró los ojos. ¿Hasta dónde tengo que llevar esta analogía, compositor Ziller?

Lo has dejado muy claro, pero este alpinista sigue preguntándose si debería reeducar su alma para disfrutar de los placeres del vuelo y posarse en la cumbre de otra persona.

Mejor que crear la suya. Vamos, tengo un moribundo al que despedir.

* * *

Ilom Dolince yacía en su lecho de muerte rodeado de amigos y familiares. Los toldos que habían cubierto la cubierta superior de popa de la barcaza mientras descendía las cataratas se habían retirado, dejando la cama al aire libre. Ilom Dolince se incorporó, estaba medio sumergido en almohadas flotantes y yacía en un colchón ahuecado que parecía un cúmulo; muy apropiado, pensó Ziller.

El chelgriano se quedó atrás, en la parte posterior de una media luna compuesta por unas sesenta personas que permanecían de pie o sentadas alrededor de la cama. El avatar fue a colocarse junto al anciano, le cogió la mano y se inclinó para hablar con él. Asintió y después le hizo un gesto a Ziller, que fingió no verlo y quiso hacer creer que lo había distraído un pájaro de colores estridentes que volaba bajo sobre las aguas lechosas del río.

Ziller dijo la voz del avatar desde la terminal bolígrafo del chelgriano. Por favor, acérquese. A Ilom Dolince le gustaría conocerlo.

¿Eh? Oh. Sí, por supuesto dijo. Se sentía francamente incómodo.

Compositor Ziller es un privilegio conocerlo. El anciano estrechó la mano del chelgriano. De hecho no parecía tan viejo aunque tenía la voz débil.

Su piel tenía menos manchas y arrugas que las de algunos de los humanos que Ziller había visto y no se le había caído el cabello, aunque había perdido su pigmentación y por tanto estaba blanco. El apretón de manos no era fuerte, pero Ziller ya los había sentido más flácidos.

Ah. Gracias. Me halaga que haya querido, eh, emplear parte de su, esto, tiempo, en conocer a un simple alienígena aficionado a las notas.

El anciano de cabello blanco de la cama adoptó una expresión pesarosa, dolorida incluso.

Oh, compositor Ziller dijo. Lo siento. Está un poco incómodo con esto, ¿verdad? Qué egoísta soy. No se me ocurrió que mi muerte podría…

No, no, yo, yo… Bueno, sí. Ziller sintió que se le sonrojaba la nariz. Miró a su alrededor, a las otras personas más cercanas a la cama. Parecían solidarizarse con él, comprenderlo. Los odió. Es solo que me parece raro. Eso es todo.

¿Me permite, compositor? dijo el hombre. Estiró una mano y Ziller permitió que se la cogiera otra vez. En esa ocasión el apretón fue más ligero. Nuestras costumbres deben de parecerle muy raras.

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Сюжет
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Главный герой
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