A barlovento [Look to Windward - es]
- Автор: Бэнкс Иэн М.
- Год: 2008
- Язык: испанский
- Год: La Factor
- ISBN: 978-84-9800-339-0
- Переводчик: Paula Gamissans Serna
- Жанр: Космическая фантастика
Электронная книга - «A barlovento [Look to Windward - es]». Краткое содержание книги:
Provocó la destrucción de dos soles y de los miles de millones de vidas que sustentaban.
Ahora, ochocientos años después, la luz del primero de estos antiguos errores ha llegado al orbital de la Cultura Masaq. La luz del segundo podría no llegar a hacerlo.
Se dieron la vuelta y doblaron la esquina de la cubierta. La barcaza se iba abriendo camino entre el caos de olas, la proa chocaba contra el oleaje de agua blanca y verde y arrojaba al aire grandes cortinas de espuma que aterrizaban como torrenciales aguaceros en todas las cubiertas. El zarandeado navío se inclinaba y escoraba. Tras él, la horquilla iba sumergiéndose poco a poco otra vez en las intensas corrientes.
Un chaparrón de agua se estrelló contra la cubierta, tras ellos, y convirtió el paseo en un río torrencial de medio metro de profundidad. Ziller tuvo que apoyarse en las tres extremidades y poner una mano en la barandilla de la cubierta para sujetarse mientras avanzaban por la corriente hacia las puertas más cercanas. El avatar iba chapoteando en el río, que se agolpaba alrededor de sus rodillas como si le resultara indiferente. Abrió las puertas y ayudó a pasar a Ziller.
Ya en el vestíbulo, Ziller volvió a sacudirse y salpicó las relucientes paredes de madera y las colgaduras bordadas. El avatar se limitó a quedarse quieto mientras el agua se desprendía de su cuerpo, dejando su piel plateada y las ropas de tono mate completamente secas al tiempo que el agua le chorreaba por los pies y se escapaba por la cubierta.
Ziller se pasó una mano por el pelo de la cara y se dio unos golpecitos en las orejas. Miró la figura inmaculada que tenía delante, sonriendo, mientras él chorreaba. Se retorció el chaleco para quitarle el agua mientras inspeccionaba la piel y la ropa del avatar en busca de algún resto de humedad. La criatura parecía seca por completo.
—Ese es un rasgo muy molesto —le dijo.
—Antes me ofrecí a resguardarnos a los dos de la espuma —le recordó el avatar. El chelgriano volvió del revés uno de los bolsillos del chaleco y observó el chorro de agua resultante que cayó en la cubierta—. Pero usted dijo que quería experimentar la vivencia completa con todos sus sentidos, incluyendo el del tacto —continuó el avatar—. Cosa que debo decir que me pareció un poco indolente en ese momento.
Ziller miró con tristeza su pipa empapada y después a la criatura plateada.
—Y eso —dijo—, es otra.
Un pequeño dron que llevaba una toalla blanca muy grande, muy bien doblada y muy mullida, dobló una esquina y recorrió el pasaje a toda velocidad antes de pararse de repente a su lado. El avatar cogió la toalla y le dedicó un gesto de asentimiento a la otra máquina, que se inclinó y salió disparada otra vez.
—Tome —dijo el avatar mientras le tendía la toalla al chelgriano.
—Gracias.
Se volvieron para bajar por el pasaje, junto a salones donde pequeños grupos de personas observaban las aguas agitadas y las lloviznas de espuma del exterior.
—¿Y dónde está hoy nuestro comandante Quilan? —preguntó Ziller mientras se frotaba la cara con la toalla.
—Visitando Neremety, con Kabe, para ver unas islas torbellino. Es el primer día de la Estación de la Tentación de la escuela local.
Ziller también había visto ese espectáculo en otra plataforma, seis o siete años antes. La Estación de la Tentación era cuando las islas adultas soltaban las flores de algas que habían estado almacenando y pintaban fabulosos dibujos de remolinos en todas las bahías craterinas de su mar poco profundo. Se decía que el despliegue convencía a las crías del año anterior que vivían en el lecho del mar para que subiesen a la superficie y floreciesen convertidas en nuevas versiones de sí mismas.
—¿Neremety? —preguntó—. ¿Y eso dónde está?
—A medio millón de klicks de aquí, como mínimo. Por ahora está a salvo.
—Qué tranquilizador. ¿No te estás quedando sin sitios para distraer a nuestro pequeño mensajero? Lo último que oí es que le estabas enseñando una fábrica. —Ziller pronunció la última palabra con una carcajada de desdén.
El avatar parecía ofendido.
—Una fábrica de naves especiales, si no le importa —dijo—; pero sí, una fábrica no obstante. Y solo porque me lo pidió, podría añadir. No me faltan lugares que mostrarle, Ziller. Hay sitios en Masaq de los que usted ni siquiera ha oído hablar y que le encantaría visitar si supiera que existen.
—¿Los hay? —Ziller paró y se quedó mirando al avatar.
Este también se detuvo con una gran sonrisa.
—Pues claro. —Extendió los brazos—. No le iba a contar todos mis secretos a la vez, ¿no le parece?
Ziller siguió caminando mientras se secaba el pelo y miraba de soslayo a la criatura plateada que caminaba con paso ligero a su lado.
—Eres más hembra que macho; lo sabes, ¿no? —dijo.
El avatar levantó las cejas.
—¿De verdad lo cree?
—No me cabe duda.
El avatar lo miró con expresión divertida.
—Después quiere ver el Centro —le dijo a Ziller.
Este frunció el ceño.
—Ahora que lo pienso, yo tampoco he estado allí. ¿Hay mucho que ver?
—Hay una galería panorámica. Una buena vista de toda la superficie, como es obvio, pero no mejor de la que tiene la mayor parte de la gente al llegar, a menos que tengan mucha prisa y vuelen directamente a la superficie inferior. —El avatar se encogió de hombros—. Aparte de eso, no hay mucho que ver.
—He de entender entonces que toda tu fabulosa maquinaria es tan aburrida como me imagino.
—Si no más.
—Bueno, eso debería distraerlo un buen par de minutos. —Ziller se secó bajo los brazos y, (tras alzarse para caminar, inclinado, solo sobre las piernas traseras) se secó alrededor de la extremidad media—. ¿Le has mencionado a ese miserable que es muy posible que yo no aparezca en la primera representación de mi propia sinfonía?
—Todavía no. Creo que es posible que Kabe saque hoy el tema.
—¿Crees que hará lo más decente y renunciará a ir al concierto?
—La verdad es que no tengo ni idea. Si las sospechas que compartimos son correctas. Es probable que E. H. Tersono intente convencerlo de que vaya. —El avatar le dedicó a Ziller una amplia sonrisa—. Empleará algún tipo de argumento basado en la idea de que no debe ceder a lo que con toda probabilidad llamará su infantil chantaje, me imagino.
—Sí, algo tan frívolo como eso.
—¿Y cómo va La luz que expira? —preguntó el avatar—. ¿Ya están listas las piezas básicas? Solo faltan cinco días, el mínimo de tiempo al que están todos acostumbrados.
—Sí, ya están listas. Solo quiero consultar un par de ellas con la almohada una noche más, pero las publicaré mañana. —El chelgriano miró al avatar—. ¿Estás seguro de que esta es la mejor forma de hacerlo?
—¿Qué, utilizar piezas básicas?
—Sí. ¿No se perderá la gente la frescura del estreno? Ya la dirija yo o no.