La locura de Dios
- Автор: Агилера Хуан Мигель
- Язык: испанский
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «La locura de Dios». Краткое содержание книги:
El objetivo es descubrir la mítica ciudad del Preste Juan, pero su inesperado destino será la insólita ciudad de Aristarcópolis que, tal vez, encierra en su nombre la explicación del origen de su misteriosa tecnociencia. Juan Miguel Aguilera ha imaginado una larga excursión por tierras de Asia narrada por el mismísimo Ramón Llull pocos años antes de su muerte. El viaje y la fabulación de esta amena novela son fruto de la imaginación, pero resultan compatibles con la verdad histórica y, sobre todo, con la incansable curiosidad y versatilidad que el verdadero Llull mostrara en vida.
Sentado al borde de la tienda los veía reparar los componentes dañados, y rezaba para que todo fuera bien y aquel aparato, cuya existencia no hubiera podido ni imaginar unos meses atrás, y que ahora parecía tan importante, funcionara otra vez.
Vi también a Guillem caminando bajo la lluvia, entre aquellos árboles cadavéricos, y me sonreí; aquel hombrecillo flaco y encorvado parecía indestructible.
La consejera Neléis se acercó a mí y me entregó una manta doblada.
– Deberías intentar dormir -dijo-; si no conseguimos reparar el telecomunicador tendremos que ponernos en marcha y en ese caso nos espera una larga caminata.
Le respondí que tenía pánico de volver a dormir, y ella quiso saber por qué.
Le hablé entonces de mi último sueño, que había sido tan nítido y real como las alucinaciones que sufría cuando llevaba el rexinoos en mi interior.
– En el puente del Teógides -seguí contándole- los kauli intentaron atraparme una y otra vez; como si yo fuera su único objetivo.
– No debes pensar en eso -dijo ella mirándome preocupada.
Pero no podía quitar de mi cabeza la posibilidad de que el rexinoos se hubiera reproducido, y que a través de mí el Adversario conociese todos nuestros movimientos.
– Nunca ha sucedido algo así -dijo ella.
– Tampoco tenéis una experiencia tan amplia en esto. Sólo cuatro casos.
– Es cierto -dijo Neléis sentándose a mi lado-; pero tampoco sirve de mucho que te preocupes por algo que no podemos comprobar de ningún modo.
Pero mi mente volvía una y otra vez a mi sueño del mismo modo que la lengua busca el hueco dejado por una muela. Había soñado con el Infierno, pero ahora estaba en el Infierno; en el verdadero; realidad y sueño eran indistinguibles la una del otro.
Había visto a Blanca, mi esposa, y a mis hijos; y ella me había acusado de haberles abandonado. No era cierto; no se puede abandonar lo que nunca se ha tenido.
Cuando vivíamos juntos le fui infiel y ella me perdonó. Al final fui yo quien la abandonó, agradeciéndole de este modo su paciencia conmigo.
Durante el resto de mi vida mi alma sufriría cada vez que mi mente recordara el trato que yo le había dado a los míos. Y ahora que estaba en el Infierno ese recuerdo había sido el más nítido de todos.
Le hablé de estos pensamientos a Neléis, y le expresé mi temor de que ya no fuéramos seres vivos, sino almas purgando en el Infierno los pecados cometidos en vida.
– Yo me siento tan viva como antes -me respondió la consejera-. Los golpes y los arañazos que cubren mi cuerpo me duelen tanto como antes; y además, si nosotros estamos muertos, ¿qué es de esos hombres que murieron durante el combate?
– No lo sé -respondí-; éste es un lugar extraño y nada de lo que han imaginado alguna vez los hombres sobre el Infierno tiene por qué ser completamente cierto.
Neléis meditó unos instantes, y dijo:
– Creo que el Infierno es algo que está dentro de cada hombre, en su mente, y que es diferente para cada uno de nosotros. Sus paredes no son de roca como el acantilado que nos rodea, sino de sentimientos de culpabilidad y deseos reprimidos. Tú abandonaste a los tuyos por aquello en lo que creías, por tu fe. Hiciste lo correcto de acuerdo con tus sentimientos, pero una parte de ti se niega a aceptarlo.
– No es cierto -dije; y le conté a la consejera mi desesperado amor y mi impúdico deseo por una mujer casada; y cómo, cuando ella murió, me vi perdido y no encontré sentido a nada de lo que me rodeaba. Deseaba huir de todo, dejar que el telón cayera sobre lo que había sido mi vida hasta ese momento; cerrar los ojos y amanecer en un nuevo lugar, con una nueva vida. No deseaba la muerte ni la desintegración, tan sólo quería huir, y Dios fue la única puerta que encontré abierta.
Neléis me miraba con una expresión sombría, y me pregunté hasta qué punto entendería mis palabras y mis sentimientos. Le pregunté si ella había estado casada.
– No como tú imaginas… -respondió; y añadió al cabo de un instante-: existe un abismo entre nuestras dos culturas que resultará más difícil de salvar que el de nuestros conocimientos científicos. En Apeiron la relación entre dos personas se entiende de otras formas diferentes a la única aceptada por tu pueblo, pero los sentimientos son iguales. Comprendo y sé lo que es amar como tú has amado; estar aquí es tanto más doloroso para mí cuando me obliga a permanecer separada de la persona a la que amo. El amor es algo que siempre nos hace más vulnerables.
Aquellas palabras sonaron extrañas y turbadoras a mis oídos, y no sentí deseos de seguir hablando de aquel tema. No obstante tenía mucho que aprender de aquella gente, pero consideré que aquél no era el momento de hacerlo.
Vimos regresar a Guillem y pasar frente a nosotros, empapado por la lluvia y manchado de barro, con la rama cortada de uno de aquellos árboles blancos entre sus manos. La rama mediría tres varas de longitud y era bastante recta. El almogávar parecía muy satisfecho con ella.
– Descansa ahora, Ramón -me dijo Neléis-; si no conseguimos establecer contacto con el Paraliena en las próximas horas, tendremos que caminar hasta el anillo de columnas.
¡Caminar hasta el anillo de columnas! No era una de las decisiones más afortunadas de la consejera. Sobre todo después de comprender la enorme distancia que tendríamos que recorrer para llegar hasta él. Si estaba, como Neléis y yo habíamos creído ver, situado a un par de vueltas más abajo, significaba rodear dos veces aquel inmenso acantilado en espiral. Por supuesto, tan sólo podía hacer estimaciones aproximadas de lo que esto significaba; pero, incluso en las más optimistas, tendríamos que recorrer más de ciento cincuenta millas por terreno difícil y, sin duda, lleno de enemigos.
Pero, ¿qué alternativas nos quedaban? ¿Sentarnos en el barro rojo y esperar mansamente el fin? Me sentía tan solo, tan abandonado y perdido en aquel lugar infernal…
Con estos pensamientos rodando por mi mente, caí de nuevo en un sueño febril, plagado de alucinantes pesadillas; hasta que fui despertado por un almogávar que me sacudía por el hombro. Le miré desorientado, y reconocí a Guillem.
– En pie, viejo -dijo-; nos ponemos en camino.
– ¿No habéis conseguido hablar con el Paraliena? -pregunté, restregándome los ojos.
– No sé nada de eso. Pero esa mujer nos ha ordenado que empecemos a andar, y el Capitán ha acatado sus órdenes.
Me fijé que un nuevo arco colgaba de su hombro. Guillem lo había hecho con aquella rama de madera albina que había cortado.
Me puse en pie, y distinguí a uno de los fabulosos caballeros caminantes que al fin había sido rescatado de entre los restos del Teógides. Varios dragones trabajaban en él poniendo minuciosamente a punto sus complejos mecanismos interiores.
La consejera supervisaba aquellas operaciones, y yo me acerqué al grupo, y le pregunté a la mujer si no se sabía nada de nuestra nave hermana.
– Creemos haber captado algún sonido proveniente de ella -me explicó Neléis-; pero no estamos seguros, y no podemos perder más tiempo atascados en este lugar, pues nuestros víveres no durarán para siempre. Tenemos que empezar a movernos.
La orden de la consejera era la única posible, esto lo comprendieron todos inmediatamente, y ninguno intentó discutirla; ni siquiera Joanot.
– ¿Funcionará? -pregunté señalando al gigantesco autómata.