El ojo del mundo
- Автор: Джордан Роберт
- Серия: La Rueda del Tiempo #1
- Год: 2004
- Язык: испанский
- Переводчик: Maria Dolors Gallart
- Жанр: Эпическое фэнтези
Электронная книга - «El ojo del mundo». Краткое содержание книги:
La huida sólo será el comienzo de sus problemas, ya que Moraine, miembro de la antiquísima orden de las Aes Sedai, cree que Rand Al’Thor está destinado a desempeñar un papel protagonista en los acontecimientos que se avecinan y de los que dependerá la supervivencia del mundo.
Nynaeve dio una ojeada en dirección a la puerta antes de responder; no había ningún movimiento en el umbral.
—Fue una total confusión, pero no hay ninguna necesidad de que ella sepa que no somos capaces de resolver nuestros propios asuntos como la Luz manda. Y sólo creo firmemente en una cosa: correréis peligro mientras estéis junto a ella.
—Sucedió algo —insistió Rand—. ¿Por qué quieres que regresemos si crees que existe una mínima posibilidad de que tengamos razón nosotros? ¿Y por qué tenías que ser tú? Era más apropiado enviar al alcalde en persona que a la Zahorí.
—En verdad has crecido. —La joven sonrió y, por un instante, su regocijo incomodó a Rand—. Recuerdo un tiempo en que no me habrías preguntado adónde quería ir ni lo que iba a hacer, se tratara de lo que se tratase. Ese tiempo data de una semana atrás.
Rand se aclaró la garganta y retomó obstinadamente el tema.
—No tiene ningún sentido. ¿Por qué has venido, en realidad?
Nynaeve miró fugazmente al aún solitario umbral y lo tomó del brazo.
—Caminemos mientras hablamos. —Cuando se hallaban a suficiente distancia de la puerta, continuó— como te he dicho, la reunión fue un desconcierto. Todo el mundo estaba de acuerdo en que había que enviar a alguien a buscaros, pero la gente se dividió en dos facciones. Unos querían que os rescataran, aunque hubo grandes discusiones respecto al modo como había que hacerlo, considerando que estabais con una… como ella.
Rand se alegró al comprobar que la Zahorí iba adquiriendo medidas de cautela.
—¿Los otros adoptaron el parecer de Tam?
—No exactamente, pero también pensaban que no debíais estar entre forasteros, y menos con alguien como ella. El caso es que todos los hombres querían formar parte del grupo que saldría en vuestra búsqueda. Tam, Bran al’Vere con las balanzas de su cargo prendidas al cuello, y Haral Luhhan, hasta que Alsbet lo obligó a sentarse. Incluso Cenn Buie. Que la Luz me preserve de esos hombres que piensan con los pelos del pecho, aunque no conozca ninguno que sea diferente. —Inspiró, despreciativa, levantando una mirada acusadora hacia él—. Sea como sea, vi muy claro que iba a transcurrir como mínimo un día más antes de que adoptaran alguna decisión y de algún modo…, de algún modo tenía la certeza de que no podíamos permitirnos perder tanto tiempo. De modo que reuní al Círculo de mujeres y les dije lo que había que hacer. No puedo decir que estuvieran encantadas con la idea, pero aceptaron su eficacia. Y por ese motivo estoy aquí; porque los hombres de Campo de Emond son un atajo de obstinados cretinos. Es probable que todavía estén discutiendo acerca de a quién enviar, pese a que les dejé dicho que yo me ocuparía de ello.
Lo referido por Nynaeve explicaba su presencia, pero no sirvió para tranquilizarlo. Todavía estaba decidida a hacerlos retornar con ella.
—¿Qué te ha dicho allá adentro? —preguntó.
Moraine debía de haber recurrido sin duda a todos los argumentos posibles, pero, si había omitido alguno, él se ocuparía de explicárselo.
—Lo mismo de antes —repuso Nynaeve—. Y quería información acerca de vosotros, los chicos. Para ver si existía algún motivo para que… hayáis atraído el tipo de atención que… pretende ella. —Calló un instante, observándolo con el rabillo del ojo—. Ha intentado disimularlo, pero lo que quería saber realmente era si alguno de vosotros había nacido fuera de Dos Ríos.
Su rostro se tornó de pronto tan tenso como el cuero de un tambor. Logró reír entre dientes.
—Se le ocurren algunas ideas extrañas. Supongo que le has asegurado que todos habíamos nacido en Dos Ríos.
—Desde luego —replicó la joven.
Sólo había habido una leve pausa antes de la respuesta, tan breve que él no habría reparado en ella si no hubiera estado acechándola. Trató de atraer a la mente algo que decir, pero sentía la lengua pastosa. Ella lo sabe. Después de todo era la Zahorí y se suponía que las Zahoríes sabían todo lo concerniente a sus lugareños. «Si ella lo sabe, no fue producto de la fiebre. ¡Oh, Luz, ayúdame, padre!»
—¿Te encuentras bien? —preguntó Nynaeve.
—El dijo…, dijo que yo… no era su hijo. Cuando estaba delirando… con fiebre. Dijo que me había encontrado. Pensé que sólo era… —La garganta comenzó a arderle y hubo de detenerse.
—Oh, Rand. —Nynaeve dejó de andar y le tomó la cara entre las dos manos, para lo cual debió levantar los brazos—. La gente dice cosas extrañas con la fiebre. Cosas tergiversadas, que no son ciertas ni reales. Escúchame. Tam al’Thor fue a correr mundo en busca de aventuras cuando tenía tu misma edad. Todavía recuerdo el día en que regresó al Campo de Emond, hecho todo un hombre, con una esposa forastera de pelo rojizo y un bebé en pañales. Recuerdo cómo Kari al’Thor mecía a aquel niño en sus brazos con tanto amor y ternura como nunca los he visto comparables en una mujer con su hijo. Era su hijo, Rand. Eras tú. Ahora, levanta la cabeza y deja de pensar en despropósitos.
—Por supuesto —dijo—. Nací fuera de Dos Ríos. Por supuesto. Tal vez Tam sólo estaba delirando, tal vez había encontrado a un recién nacido después de la batalla. ¿Por qué no se lo has dicho?
—No es un asunto de la incumbencia de extraños.
—¿Nació alguno de los demás fuera de Dos Ríos? —Tan pronto como, había expresado la pregunta, sacudió la cabeza—. No, no contestes. Tampoco es asunto de mi incumbencia.
Sin embargo, sería agradable averiguar si Moraine tenía un interés especial en él, por encima del que demostraba por todos ellos. «¿De veras lo sería?»
—No, no lo es —convino Nynaeve—. Quizá no significaría nada. Es posible que esté investigando a ciegas, buscando una razón cualquiera por la que esos seres os persiguen. A todos vosotros.
Rand esbozó una sonrisa.
—¿Crees que van tras nosotros?
Nynaeve agitó la cabeza.
—Ciertamente has aprendido a tergiversar las palabras desde que estás con ella.
—¿Qué vas a hacer? —inquirió él.
La joven lo examinó y él sostuvo su mirada con firmeza.
—Por hoy, voy a tomar un baño. Mañana ya veremos, ¿no te parece?
17
Vigilantes y perseguidores
Una vez que se retiró la Zahorí, Rand se dirigió a la sala principal. Necesitaba oír las risas de la gente, olvidar lo que había dicho Nynaeve y los problemas que ella podía provocar. La habitación estaba atestada, pero nadie reía, a pesar de que todos los bancos estaban repletos e incluso había gente apiñada contra las paredes. Thom daba una nueva representación. De pie sobre una mesa, realizaba gestos tan grandilocuentes que rellenaban todo el recinto. Recitaba una vez más La Gran Cacería del Cuerno, pero, por lo que se veía, nadie protestaba. Había tantas historias que contar sobre cada uno de los cazadores, y tantos cazadores de quienes hablar, que ningún relato era nunca igual. En su totalidad, habría llevado una semana entera de declamación. El único sonido que competía con la voz y el arpa del juglar era el crepitar del fuego en las chimeneas.
—…hacia los ocho confines del mundo cabalgan los cazadores; hacia los ocho Pilares del Cielo, donde soplan los vientos del tiempo y el destino atrapa por los cabellos a los fuertes y a los débiles por igual. Y el más aguerrido de los cazadores es Rogosh de Talmour, Rogosh Ojo de Águila, de gran renombre en la corte del Rey Soberano, temido en las laderas de Shayol Ghul… Los cazadores eran sin duda héroes sin par.
Rand distinguió a sus dos amigos y se apretó en el sitio que le dejó Perrin en la punta de un banco. Los olores de la cocina que se filtraban en la sala le recordaron que tenía hambre, pero incluso las personas que tenían comida ante ellos apenas le dedicaban atención. Las camareras, en lugar de servir, permanecían en trance, apretando los dedos en sus delantales mientras miraban al juglar, y a nadie parecía importarle su actitud. Por más sabrosa que fuera la comida, era preferible escuchar aquella historia.