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El ojo del mundo

Электронная книга - «El ojo del mundo». Краткое содержание книги:

Rand Al’Thor y sus amigos disfrutan de una apacible vida en Campo de Emond hasta que Moraine, una joven misteriosa capaz de encauzar el Poder Único, llega al pueblo y anuncia el despertar de una terrible amenaza. Esa misma noche, Campo de Emond se ve atacado por espantosos trollocs. Mientras los habitantes del pueblo repelen el ataque, Moraine y su guardián ayudan a Rand y a sus amigos a escapar.
La huida sólo será el comienzo de sus problemas, ya que Moraine, miembro de la antiquísima orden de las Aes Sedai, cree que Rand Al’Thor está destinado a desempeñar un papel protagonista en los acontecimientos que se avecinan y de los que dependerá la supervivencia del mundo.
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Aquélla era la estancia donde habían cenado la noche anterior. Una hoguera crepitaba en el hogar, y en el centro de la mesa había una bandeja de plata con un juego de copas del mismo material. Moraine y Nynaeve estaban sentadas cada una en un extremo de la mesa, sin apartar la mirada una de la otra. Las sillas restantes se hallaban vacías. Las manos de Moraine descansaban sobre la mesa, tan sosegadas como su propio rostro. Nynaeve llevaba la trenza a un lado, rematada con un nudo, y no cesaba de inferirle pequeños tirones al igual que solía hacer cuando se mostraba más obcecada de lo habitual con el Consejo del Pueblo. «Perrin estaba en lo cierto». A pesar del fuego, la atmósfera era gélida, y ello se debía a las dos mujeres confrontadas allí.

Lan estaba acodado en la repisa de la chimenea; contemplaba las llamas y de tanto en tanto se frotaba las manos para calentarlas. Egwene, de espaldas a la pared, llevaba la capa con la capucha bajada. Thom, Mat y Perrin se pararon indecisos junto a la entrada.

Rand caminó hacia la mesa, estremeciéndose. «A veces es mejor coger el toro por los cuernos», se recordó a sí mismo. Sin embargo, acudió también a su memoria otro viejo dicho: «Cuando has agarrado un toro por los cuernos, es tan difícil soltarlo como retenerlo». Sintió la mirada de Moraine clavada en él y también la de Nynaeve, pero aun así tomó asiento entre las dos.

Por espacio de un minuto, la habitación compartió la misma inactividad de un grabado; después Egwene y Perrin y por último Mat se acercaron reacios a la mesa y se sentaron a ella…, hacia el centro, junto a Rand. Egwene se bajó más la capucha, casi hasta taparse media cara, y todos evitaron centrar la vista en alguien.

—Bien —resopló Thom, todavía próximo a la puerta—. Al menos, hemos llegado hasta este punto.

—Ya que todos estamos aquí —dijo Lan, abandonando la chimenea para llenar de vino una de las copas de plata—, tal vez tomaréis ahora un trago. —Alargó el recipiente a Nynaeve, quien lo miró con suspicacia—. Vuestros temores son infundados —añadió paciente—. Habéis visto al posadero traer el vino y ninguno de nosotros ha tenido ocasión de añadirle nada. Podéis beberlo con confianza.

La Zahorí frunció con enfado los labios al oír la palabra temores. No obstante, tomó la copa y dio las gracias con un susurro.

—Lo que me interesa saber —continuó el Guardián— es cómo habéis dado con nosotros.

—Y a mí también —agregó Moraine, inclinándose atentamente—. No iréis a decirme que Egwene y los muchachos acudieron solos hasta vos…

Nynaeve sorbió el vino antes de contestar.

—No teníais más alternativa que ir a Baerlon. Pero, para asegurarme, seguí vuestro rastro. Sin duda os desviasteis con frecuencia, aunque supongo que era para no arriesgaros a encontrar a gente decente.

—¿Vos…, vos nos seguisteis el rastro? —inquirió Lan, reflejando por vez primera una genuina sorpresa desde que Rand lo conocía—. Debo de estar perdiendo facultades.

—Dejasteis muy pocas huellas, pero soy capaz de rastrear tan eficientemente como cualquier hombre de Dos Ríos, con excepción quizá de Tam al’Thor. —Vaciló un instante y luego prosiguió—. Hasta su muerte, mi padre me llevó a cazar con él y me enseñó lo que no pudo enseñar a los hijos varones que no le concedió el cielo. —Miró desafiante a Lan, pero éste se limitó a asentir con aprobación.

—Si sois capaz de seguir un rastro que yo he tratado de borrar, os enseñó muy bien. Muy poca gente puede hacerlo, incluso en las tierras fronterizas.

Nynaeve hundió de repente el rostro en la copa. Rand advirtió, lleno de azoramiento, que la Zahorí se había ruborizado. Nynaeve nunca mostraba el más leve asomo de desconcierto; sí de enfado, de agravio, a menudo, pero jamás de turbación. Ahora sus mejillas, que intentaba ocultar en el vino, se habían arrebolado claramente.

—Quizás ahora —dijo, apacible Moraine— os avengáis a responder a mis preguntas. Yo he contestado abiertamente las vuestras.

—Con una retahíla de cuentos de juglar —replicó Nynaeve—. Los únicos hechos que saltan a la vista son que una Aes Sedai, sólo la Luz sabe por qué motivos, se ha llevado a cuatro jóvenes del pueblo.

—Os hemos advertido de que aquí nadie lo sabe —atajó con sequedad Lan—. Debéis aprender a controlar vuestra lengua.

—¿Por qué habría de hacerlo? —inquirió Nynaeve—. ¿Por qué tendría que contribuir a encubriros o encubrir vuestra identidad? He venido a llevarme a Egwene y a los muchachos de regreso al Campo de Emond, no a ayudaros a que os los llevéis con mayor facilidad.

Thom intervino, con voz desdeñosa:

—Si queréis que los chicos vuelvan a ver su pueblo, o vos misma incluso, será mejor que extreméis las precauciones. Hay ciertos elementos en Baerlon que la matarían —señaló con la cabeza a Moraine—solamente por lo que es. Y a él también. —Indicó a Lan y luego se adelantó de pronto y golpeó con los puños la mesa. Se inclinó hacia Nynaeve, confiriendo de repente un aire amenazador a sus espesas cejas y bigotes.

La joven abrió desmesuradamente los ojos e inició un movimiento de retroceso; después enderezó la espalda con desafío. Thom, que no pareció advertirlo, prosiguió con un ominoso tono de voz suave.

—Se concentrarían en esta posada como hormigas asesinas atraídas por un rumor, un susurro. Su odio es tan acusado, tan acuciante su deseo de matar a alguien que profese una actividad como la de ellos… ¿Y la muchacha? ¿Y los chicos? ¿Y vos? Todos estáis asociados a ellos, suficientemente para los Capas Blancas, en todo caso. No os complacería su modo de formular preguntas, especialmente en lo que concierne a la Torre Blanca. Los inquisidores de Capa Blanca asumen la culpabilidad del reo de antemano y únicamente dictan una sentencia para tales cargos. Todo cuanto pretenden conseguir con sus hierros candentes y sus tenazas es una confesión. Es preferible que recordéis que algunos secretos son demasiado peligrosos para pronunciarlos en voz alta, aun cuando creáis estar segura de quien os escucha. —Se enderezó, murmurando— últimamente, debo repetir esto con demasiada frecuencia.

—Bien decís, juglar —aprobó Lan, con la misma mirada apreciativa de antes—. Me sorprende descubrir vuestra preocupación.

—Es de todos conocido que llegué en vuestra compañía —repuso Thom encogiéndose de hombros—. No me agrada la idea de un verdugo con un hierro candente en la mano que me conmine a arrepentirme de mis pecados y seguir la senda de la Luz.

—Ésa —afirmó tajantemente Nynaeve—es razón de más para que vuelvan conmigo a casa mañana por la mañana. O esta tarde mismo. Cuanto antes nos alejemos de vosotros, mejor.

—No podemos —contestó Rand, contento al ver que sus amigos tomaban la palabra a un tiempo.

De aquel modo, Nynaeve hubo de asestar sus miradas por turnos, aun cuando no olvidó a ninguno de ellos. Sin embargo, él había sido el primero en hablar y todos guardaron silencio, clavando los ojos en él, incluso Moraine, que se reclinó en la silla. Le costó gran esfuerzo sostener la mirada de la Zahorí.

—Si regresamos al Campo de Emond, los trollocs también volverán. Están… persiguiéndonos. No sé por qué, pero es cierto. Tal vez averigüemos la causa en Tar Valon. Tal vez entonces sepamos cómo poner fin a la persecución. Es la única manera de saberlo.

Nynaeve levantó las manos.

—Hablas igual que Tam. Se hizo trasladar al lugar de reunión del pueblo y procuró convencer a todos. Ya lo había intentado antes con el Consejo del Pueblo. La Luz sabrá cómo vuestra…, la señora Alys logró persuadirlo. Por lo general es una persona de buen juicio, por encima de la media de los hombres. Sea como sea, el Consejo es un atajo de idiotas la mayor parte del tiempo, pero no tanto como para esto, y nadie se dejó engañar esta vez. Todos convinieron en que había que salir en vuestra búsqueda. Entonces Tam quiso ser el que iría detrás de vosotros, y ni siquiera puede mantenerse en pie. La insensatez debe de ser un rasgo propio de vuestra familia.

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