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El ojo del mundo

Электронная книга - «El ojo del mundo». Краткое содержание книги:

Rand Al’Thor y sus amigos disfrutan de una apacible vida en Campo de Emond hasta que Moraine, una joven misteriosa capaz de encauzar el Poder Único, llega al pueblo y anuncia el despertar de una terrible amenaza. Esa misma noche, Campo de Emond se ve atacado por espantosos trollocs. Mientras los habitantes del pueblo repelen el ataque, Moraine y su guardián ayudan a Rand y a sus amigos a escapar.
La huida sólo será el comienzo de sus problemas, ya que Moraine, miembro de la antiquísima orden de las Aes Sedai, cree que Rand Al’Thor está destinado a desempeñar un papel protagonista en los acontecimientos que se avecinan y de los que dependerá la supervivencia del mundo.
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—Me parece que sí —respondió Rand.

—Íbamos a la posada para avisarle —dijo Mat al mismo tiempo.

—¡Quiera la Luz que no lleguemos demasiado tarde! —Con la capa ondeando en torno a los tobillos y los parches de colorines agitados por el viento, Thom abandonó el callejón, mirando hacia atrás sin detenerse—. ¿Y bien? ¿Se os han pegado los pies al suelo?

Rand y Mat se apresuraron a seguirlo, pero él no aguardó a que le dieran alcance. En aquella ocasión no se paró ante la gente que miraba su capa ni ante los que lo saludaban reconociéndolo como un juglar, sino que surcaba las populosas calles tan velozmente como si estuvieran vacías, con tal premura que Rand y Mat debían apresurar el paso para no perderlo de vista. De este modo llegaron a la posada en la mitad de tiempo del que hubiera sospechado Rand.

Cuando entraban, Perrin salía precipitadamente, tratando de echarse la capa a la espalda mientras corría. Estuvo en un tris de caer de bruces en su esfuerzo por no tropezar con ellos.

—Iba a salir a buscaros —dijo jadeante, una vez que hubo recobrado el equilibrio.

—¿Le has contado a alguien lo del sueño? —le preguntó Rand, agarrándolo del brazo.

—Di que no lo has hecho —lo instó Mat.

—Es muy importante —intervino Thom.

Perrin los miró confundido.

—No, no lo he hecho. Ni siquiera he salido de la cama hasta hace menos de una hora. Abatió los hombros—. He cogido un tremendo dolor de cabeza intentando no pensar en ello y ya os imagináis que ni se me ha ocurrido hablar al respecto. ¿Por qué se lo habéis contado? preguntó, señalando al juglar.

—Teníamos que hablar con alguien o, de lo contrario, nos íbamos a volver locos —dijo Rand.

—Ya te informaré más tarde —añadió Thom, mirando a la gente que entraba y salía de la posada.

—De acuerdo —asintió Perrin lentamente, todavía perplejo. De pronto, se dio una palmada en la frente—. Casi me habéis hecho olvidar por qué quería veros, y no es que me molestara quitármelo de la cabeza. Nynaeve está adentro.

—¡Diantre! —exclamó Mat—¿Cómo ha llegado hasta aquí? Moraine…, el trasbordador…

—¿Crees que una insignificancia como una barcaza hundida podría detenerla? —resopló Perrin—. Obligó a Alta Torre a prestarle el servicio. No sé cómo volvió a cruzar el río, pero, según ella, estaba escondido en su dormitorio y no quería ni acercarse a la orilla. El caso es que ella lo intimidó para que buscase una barca lo bastante grande para hacer la travesía ella y el caballo, navegando con remos. Y tuvo que remar él mismo. Sólo le dio tiempo para ir a buscar a uno de sus ayudantes.

—¡Luz! —musitó Mat.

—¿Y a qué ha venido? —inquirió Rand, haciéndose acreedor de una mirada burlona por parte de Mat y Perrin.

—A buscarnos —respondió Perrin—. Está con…, con la señora Alys, en estos momentos, y está tan frío el ambiente allí que hasta podría nevar.

—¿No podríamos irnos a otra parte mientras tanto? —preguntó Mat—. Mi padre dice que sólo un idiota pone la mano en un avispero a menos que no le quede más remedio.

—No puede hacernos volver —lo atajó Rand—. Lo sucedido en la Noche de Invierno le habría tenido que abrir los ojos. Si todavía no lo ha hecho, deberemos hacérselo ver nosotros.

Mat, que había ido enarcando las cejas mientras hablaba Rand, dejó escapar un quedo silbido al final.

—¿Has intentado alguna vez hacerle ver a Nynaeve algo que ella no quiere observar? Yo sí. Lo que es por mí, me quedaría en la calle hasta la noche y me escabulliría adentro entonces.

—Por lo que pude observar a esa joven —apuntó Thom—, no creo que pare hasta haber dicho lo que tenga que decir. Y, si no puede hacerlo pronto, es capaz de armar un alboroto y llamar el tipo de atención que ninguno de nosotros quiere atraer.

Aquella intervención los dejó desarmados. Después de intercambiar unas miradas, inspiraron profundamente y se encaminaron hacia adentro como si hubieran de enfrentarse a los mismísimos trollocs.

16

La zahorí

Perrin los condujo hacia las profundidades de la posada. Rand estaba tan concentrado en lo que iba a decirle a Nynaeve que no vio a Min hasta que ésta lo tomó del brazo y lo hizo a un lado. Los demás avanzaron unos pasos por el corredor antes de advertir que se había detenido; entonces se pararon a su vez, medio impacientes por proseguir y a la vez reacios a hacerlo.

—No tenemos tiempo para esas cosas, chico —indicó con voz ronca Thom. Min asestó una aguda mirada al juglar de pelo blanco.

—Id a hacer malabarismos a otra parte —contestó, apartando aún más a Rand de los otros.

—De veras no tengo tiempo —protestó Rand—. A buen seguro no para hablar de huidas y cosas por el estilo. —Intentó zafarse de su mano, pero cada vez que tiraba, ella lo aferraba de nuevo.

—Y yo tampoco dispongo de tiempo para aguantar tus tonterías. ¡Estate quieto de una vez! —Miró brevemente a sus amigos; después se acercó más y bajó la voz—. Ha llegado una mujer hace un rato, más baja que yo, joven, con ojos oscuros y cabello negro recogido en una trenza que le llega a la cintura. Ella está incluida en lo mismo que el resto de vosotros.

Por espacio de un minuto. Rand se limitó a mirarla. «¿Nynaeve? ¿Cómo puede estar involucrada en ello? Luz, ¿cómo puede estar involucrada?»

—Es… imposible.

—¿La conoces? —susurró Min.

—Sí, y no puede estar relacionada con…, sea lo que sea que tú…

—Las chispas, Rand. Cuando se ha encontrado con la señora Alys al entrar, han brotado chispas alrededor de las dos. Ayer sólo pude percibir el centelleo estando reunidos tres o cuatro de vosotros, pero hoy es más intenso, y más violento. —Dirigió la mirada a los amigos de Rand, que aguardaban impacientes, y se estremeció antes de volver la cabeza hacia él—. Casi resulta extraño cómo no prendéis fuego en la posada. Corréis todos más peligro hoy que ayer. Desde que ha llegado ella.

Rand miró furtivamente a sus amigos. Thom, con las enmarañadas cejas fruncidas, estaba inclinado hacia adelante, como si estuviera a punto de intervenir para obligarlo a avanzar.

—Ella no nos hará ningún daño —dijo a Min—. Ahora debo irme.

Aquella vez logró zafarse de su mano.

Haciendo caso omiso del chillido de la joven, se reunió con los demás, y juntos reemprendieron la marcha por el pasillo. Min lo amenazó con el puño, golpeando el suelo con los pies.

—¿Qué tenía que decirte? —preguntó Mat.

—Nynaeve forma parte de ello —respondió irreflexivamente Rand, antes de dirigir una penetrante mirada a Mat, el cual la acusó con la boca abierta.

Después el rostro de su amigo reflejó un indicio de comprensión.

—¿Parte de qué? —inquirió lentamente Thom—. ¿Acaso sabe algo esa muchacha?

Mientras Rand todavía trataba de poner en orden las ideas, Mat se adelantó a responder.

—Claro que forma parte de ello —aseveró malhumorado—. Es un elemento más de la misma mala suerte que hemos tenido desde la Noche de Invierno. Quizá para vos no represente gran cosa que aparezca la Zahorí de improviso, pero yo, personalmente, preferiría que se presentaran aquí los Capas Blancas.

—Min ha visto a Nynaeve cuando ha llegado —refirió Rand—. Al verla hablar con la señora Alys ha pensado que tenía alguna relación con nosotros.

Thom lo miró de soslayo y se rizó los bigotes, soltando un resoplido, pero los otros parecieron aceptar la explicación de Rand. Aunque no le gustaba ocultar secretos a sus amigos, lo expresado por Min podía entrañar tanto riesgo para ella como cualquiera de los detalles que ellos no debían ni mencionar en público.

Perrin se detuvo de pronto ante una puerta, con un aire extrañamente vacilante, a pesar de su recia constitución. Inspiró profundamente, miró a sus compañeros, volvió a respirar y luego abrió despacio la puerta y entró. Los otros lo siguieron uno a uno. Rand pasó el último y cerró la puerta tras de sí con la mayor de las desganas.

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