Los hombres que no amaban a las mujeres [Män som hatar kvinnor - es]
- Автор: Ларссон Стиг
- Язык: испанский
- Переводчик: Martin Lexell
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Los hombres que no amaban a las mujeres [Män som hatar kvinnor - es]». Краткое содержание книги:
Lisbeth Salander sabía que su calma no era más que superficial, que no controlaba del todo sus nervios. La visita de Blomkvist, completamente inesperada, la estaba afectando como nunca antes había experimentado en relación con su trabajo. Se ganaba la vida espiando a la gente. Lo cierto es que jamás había definido lo que hacía para Dragan Armanskij como un «verdadero trabajo», sino más bien como un complicado pasatiempo, casi un hobby.
La verdad era -hacía ya tiempo que lo había descubierto- que le gustaba hurgar en la vida de los otros y revelar los secretos que intentaban ocultar. Lo llevaba haciendo, de una u otra forma, desde que le alcanzaba la memoria. Y hoy en día seguía con ello, no sólo cuando Armanskij le daba encargos, sino a veces sólo por puro placer. Le producía un subidón de satisfacción, como un complejo juego de ordenador, pero con la diferencia de que se trataba de personas de carne y hueso. Y ahora, de repente, su hobby estaba sentado en la cocina de su casa invitándola a bagels. La situación le resultaba totalmente absurda.
– Tengo un asunto fascinante entre manos -respondió Mikael-. Dime, cuando llevaste a cabo la investigación sobre mí para Dirch Frode…, ¿tenías alguna idea del uso que se le iba a dar?
– No.
– El objetivo era obtener información sobre mí porque Frode, o más bien su cliente, quería contratarme para un trabajo de freelance.
– Vale.
Mikael le dirigió una leve sonrisa.
– Ya hablaremos tú y yo un día sobre si es ético o no hurgar en la vida privada de otra persona. Pero, de momento, tengo otros problemas… El trabajo que me encargaron y que acepté por algún incomprensible motivo es, sin punto de comparación, el más extraño que he tenido jamás. ¿Puedo confiar en ti, Lisbeth?
– ¿Por qué?
– Dragan Armanskij dice que eres completamente fiable. Pero te lo pregunto de todas maneras: ¿puedo confiarte secretos sin que se los cuentes a nadie?
– Espera. Has hablado con Dragan; ¿te ha enviado él?
«Te voy a matar, maldito armenio de mierda.»
– No, no exactamente. No eres la única capaz de encontrar la dirección de alguien; eso lo he hecho yo sólito. Te busqué en el registro civil. Hay tres personas llamadas Lisbeth Salander; a las otras dos las descarté inmediatamente. Pero ayer me puse en contacto con Armanskij y mantuvimos una larga conversación. Al principio, él también pensaba que yo quería guerra porque habías metido las narices en mi vida privada, pero al final conseguí convencerle de que las razones de mi visita eran perfectamente legítimas.
– ¿Y cuáles son?
– Como ya he dicho, el cliente de Dirch Frode me contrató para un trabajo. He llegado a un punto en el que necesito la ayuda de un investigador competente, y lo necesito ya, con urgencia. Frode me habló de ti y dijo que eras competente. Se le escapó sin querer; así fue como me enteré de tu investigación sobre mí. Ayer se lo comenté a Armanskij y le expliqué lo que quería. Dio su visto bueno e intentó llamarte, pero no le cogiste el teléfono, de modo que… aquí estoy. Si quieres, puedes llamar a Armanskij y confirmarlo.
Lisbeth Salander tardó varios minutos en encontrar su móvil bajo el montón de ropa que le había quitado Mimmi. Mikael Blomkvist contemplaba su embarazosa búsqueda con gran interés mientras daba una vuelta por la casa. Todos los muebles, sin excepción, parecían haber sido recogidos de contenedores de basura. Encima de una pequeña mesa de trabajo del salón, había un impresionante PowerBook, state of the art. En una estantería, un reproductor de cedes. La colección de compactos, sin embargo, era cualquier cosa menos impresionante: estaba compuesta por una miserable decena de discos de grupos desconocidos para Mikael, cuyos integrantes se le antojaron vampiros de otra galaxia. Constató que la música no era su fuerte.
Salander vio que Armanskij la había llamado no menos de siete veces la noche anterior y dos por la mañana. Marcó el número mientras Mikael, apoyado contra el marco de la puerta, escuchaba la conversación.
– Soy yo… Lo siento, estaba apagado… Sé que me quiere contratar…; no, está aquí en mi casa. Dragan, tengo resaca y me duele la cabeza, así que corta el rollo… -le soltó, elevando la voz-. ¿Le has dado el visto bueno al trabajo o no…? Gracias.
Clic.
Lisbeth Salander miraba de reojo a través de la puerta del salón. Mikael fisgoneaba entre sus discos y sacaba libros de la librería. Acababa de encontrar un frasco marrón de medicamentos, sin etiqueta, que alzó y miró al trasluz con curiosidad. Cuando estaba a punto de desenroscar el tapón, ella alargó la mano y le quitó el frasco; acto seguido volvió a la cocina, se sentó en una silla y se puso a masajearse las sienes hasta que Mikael se volvió a sentar.
– Las reglas son sencillas -dijo ella-. Lo que hables conmigo o con Dragan Armanskij no trascenderá a nadie más. Firmaremos un contrato en el que Milton Security se compromete a guardar silencio. Quiero saber en qué consiste el trabajo antes de decidir si aceptarlo o no. Significa que no diré ni una sola palabra de todo lo que me cuentes, acepte el encargo o no; con la condición, eso sí, de que no te dediques a actividades delictivas de envergadura. En tal caso, informaré a Dragan, quien, a su vez, dará parte a la policía.
– Bien.
Mikael dudó.
– Puede que Armanskij no esté del todo al tanto de la naturaleza de la misión…
– Me dijo que querías que yo te ayudara con una investigación histórica.
– Sí, es correcto. Pero lo que quiero que hagas es que me ayudes a identificar a un asesino.
A Mikael le llevó más de una hora contarle todos los intrincados detalles del caso Harriet Vanger. No omitió nada. Tenía el permiso de Frode para contratarla, pero para hacerlo era necesario que confiara plenamente en ella.
También le habló de su relación con Cecilia Vanger y de cómo había descubierto su cara en la ventana de la habitación de Harriet. Le proporcionó a Lisbeth una descripción todo lo detallada que pudo acerca de la personalidad de Cecilia; en su fuero interno Mikael empezaba a admitir que ella había ascendido muchos peldaños en la lista de sospechosos. Pero todavía estaba muy lejos de entender cómo podría haber estado vinculada a un asesino en activo cuando no era más que una niña.
Finalmente le dio a Lisbeth Salander una copia de la lista de la agenda de teléfonos.
Magda – 32016
Sara – 32109
RJ – 30112
RL – 32027
Mari – 32018
– ¿Qué quieres que haga?
– He identificado a RJ, Rebecka Jacobsson, y la he relacionado con una cita bíblica que trata sobre la ley del holocausto. La asesinaron introduciendo su cabeza en brasas ardiendo, una muerte parecida al sacrificio descrito en el pasaje bíblico. Si todo esto es como yo pienso, me temo que nos encontraremos con otras cuatro víctimas más: Magda, Sara, Mari y RL.
– ¿Crees que están muertas? ¿Asesinadas?
– Un asesino que actuó en los años cincuenta y, tal vez, en los sesenta. Y que, de una manera u otra, tiene que ver con Harriet Vanger. He estado hojeando números atrasados del Hedestads-Kuriren. El asesinato de Rebecka es el único crimen monstruoso vinculado a Hedestad que he encontrado. Quiero que sigas investigando en el resto de Suecia.
Lisbeth Salander se sumió en sus propios pensamientos con un silencio tan inexpresivo y tan largo que Mikael empezó a rebullir impacientemente en su silla. Se estaba preguntando si no se habría equivocado de persona cuando ella, finalmente, levantó la vista.
– De acuerdo. Acepto el trabajo. Pero tienes que firmar el contrato con Armanskij.
Dragan Armanskij imprimió el contrato que Mikael Blomkvist debía llevar a Hedestad para que lo firmara Dirch Frode. Al volver al despacho de Lisbeth Salander vio, a través del cristal, cómo la joven y Mikael Blomkvist permanecían inclinados sobre el PowerBook de Lisbeth. Mikael puso una mano en un hombro de ella -«la estaba tocando»- y señaló algo con el dedo. Armanskij se detuvo.