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Los hombres que no amaban a las mujeres [Män som hatar kvinnor - es]

Электронная книга - «Los hombres que no amaban a las mujeres [Män som hatar kvinnor - es]». Краткое содержание книги:

Harriet Vanger desaparecio hace treinta y seis anos en una isla sueca propiedad de su poderosa familia. A pesar del despliegue policial, no se encontro ni rastro de la muchacha. Se escapo? Fue secuestrada? Asesinada? El caso esta cerrado y los detalles olvidados. Pero su tio Henrik Vanger, un empresario retirado, vive obsesionado con resolver el misterio antes de morir. En las paredes de su estudio cuelgan cuarenta y tres flores secas y enmarcadas. Las primeras siete fueron regalos de su sobrina; las otras llegaron puntualmente para su cumpleanos, de forma anonima, desde que Harriet desaparecio. Mikael Blomkvist acepta el extrano encargo de Vanger de retomar la busqueda de su sobrina. Periodista de investigacion y alma de la revista Millennium, dedicada a sacar a la luz los trapos sucios de la politica y las finanzas, Blomkvist esta vigilado y encausado por una querella por difamacion y calumnia presentada por un gran grupo industrial que amenaza con arruinar su carrera y su reputacion. Contara con la colaboracion inesperada de Lisbeth Salander, una peculiar investigadora privada, socialmente inadaptada, tatuada y llena de piercings, y con extraordinarias e insolitas cualidades. Asi empieza esta magnifica novela que es la cronica de los conflictos de una familia, un fascinante fresco del crimen y del castigo, de perversiones sexuales y trampas financieras; un entramado violento y amenazante en el que, no obstante, crecera una tierna y fragil historia de amor entre dos personajes absolutamente inolvidables.
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Advirtió que se estaba convirtiendo en una mala costumbre.

– ¿Un informe? ¿Por escrito?

– Mikael, no le des tanta importancia.

– Quiero leerlo.

– Por favor, no tiene nada de raro. Simplemente queríamos saber más de ti antes de contratarte.

– Quiero leer ese informe -insistió Mikael.

– Sólo Henrik puede aprobar eso.

– ¿Ah, sí? Vale, te lo diré de otra forma: quiero el informe dentro de una hora. Si no me lo das, me despido y cojo el tren para Estocolmo esta misma noche. ¿Dónde está?

Durante unos segundos Dirch Frode y Mikael Blomkvist se midieron las miradas. Luego Dirch Frode suspiró y bajó la vista.

– En el despacho de mi casa.

El caso Harriet Vanger constituía, sin duda, la historia más rara en la que Mikael Blomkvist se había involucrado jamás. En general, el último año, desde el momento en el que publicó el reportaje sobre Hans-Erik Wennerström, no había sido más que un largo viaje en montaña rusa, sobre todo la parte de caída libre. Y, al parecer, aún no había terminado.

Dirch Frode siguió poniendo trabas, de modo que hasta las seis de la tarde Mikael no tuvo el informe de Lisbeth Salander en sus manos. Estaba compuesto por unas ochenta páginas de investigación propiamente dicha y cien páginas más entre copias de artículos, certificados de notas, diplomas y otros documentos significativos de la vida de Mikael.

Resultaba extraño leer sobre uno mismo algo que más bien debía verse como la combinación de una autobiografía y un informe de los servicios de inteligencia. Mikael sintió cómo su asombro iba en aumento a medida que advertía la minuciosidad con la que estaba hecho el informe. Lisbeth Salander se había fijado en detalles que él creía enterrados para siempre en el vertedero de la historia. Había desenterrado la relación que tuvo con una mujer, en aquel entonces una fanática sindicalista y ahora política a tiempo completo. ¿Con quién diablos habría hablado? Había dado con los Bootstrap, su banda de rock, de la que a duras penas se acordaba ya nadie en la actualidad. Había analizado su situación económica hasta en el más mínimo detalle. Maldita sea, ¿cómo diablos lo habría hecho?

Como periodista, Mikael llevaba ya bastantes años dedicándose a recabar información sobre determinadas personas, así que pudo hacer una estimación estrictamente profesional del trabajo realizado. Para él, no cabía ninguna duda: Lisbeth Salander era un hacha investigando. Ni él mismo habría sido capaz de elaborar un informe semejante sobre una persona completamente desconocida.

Mikael también comprendió que nunca hubo razón alguna para que él y Erika mantuvieran una educada distancia en presencia de Henrik Vanger; el viejo ya estaba al tanto de su larga relación y del triángulo que formaban con Greger Beckman. Además, Lisbeth Salander había evaluado con una espeluznante precisión la situación de Millennium; Henrik Vanger conocía el mal momento por el que pasaba la revista cuando se puso en contacto con Erika y se ofreció como socio. ¿A qué estaba jugando, realmente, Henrik Vanger?

El caso Wennerström sólo era tratado superficialmente, pero al parecer Lisbeth Salander estuvo algún día entre el público del juicio. También se hacía preguntas sobre el extraño comportamiento de Mikael al negarse a hacer declaraciones durante la vista. Una tía lista, quien quiera que fuera.

Acto seguido, Mikael se incorporó sin dar crédito a lo que veían sus ojos. Lisbeth Salander había escrito un breve pasaje anticipando el desarrollo de los acontecimientos después del juicio. Había reproducido, casi palabra por palabra, el comunicado de prensa que Erika y él emitieron cuando abandonó el puesto de editor jefe de la revista.

¡Pero es que Lisbeth Salander había usado el borrador original! Volvió a mirar la portada del informe. Databa de tres días antes de que Mikael Blomkvist tuviera la sentencia en sus manos. No era posible.

Aquel día, el comunicado de prensa sólo existía en un único sitio en todo el mundo: en el ordenador de Mikael. En su iBook, no en el ordenador con el que trabajaba en la redacción. El texto no había sido impreso. Ni siquiera Erika Berger tenía una copia, aunque hubiesen hablado del tema de modo general.

Mikael Blomkvist dejó lentamente sobre la mesa la investigación personal de Lisbeth Salander. Decidió no volver a encender ningún cigarrillo. En su lugar, se puso la cazadora y salió a pasear en la luminosa noche, una semana antes de Midsommar. Mientras meditaba, caminó tranquilamente por la orilla, a lo largo del estrecho, y pasó por delante de la casa de Cecilia Vanger y del ostentoso yate atracado delante del chalé de Martin Vanger. Finalmente, se sentó en una roca y observó los faros que centelleaban en la bahía de Hedestad. Sólo se podía extraer una conclusión.

– Has estado en mi ordenador, señorita Salander -se dijo en voz alta a sí mismo-. Eres una maldita hacker.

Capítulo 18 Miércoles, 18 de junio

Lisbeth Salander se despertó con un sobresalto. No había soñado nada. Se sentía levemente mareada. No le hizo falta girar la cabeza para saber que Mimmi ya se había ido a trabajar, aunque su olor permaneciera todavía flotando en el viciado aire del dormitorio. La noche anterior Lisbeth había tomado demasiadas cervezas en la reunión que los Evil Fingers celebraban cada martes en el Kvarnen. Poco antes de que el bar cerrara, apareció Mimmi y la acompañó a casa y a la cama.

A diferencia de Mimmi, Lisbeth Salander nunca se había considerado seriamente lesbiana. Nunca le dedicó tiempo a reflexionar si era hetero, homo o, incluso, bisexual. En general, hacía caso omiso de las etiquetas; además pensaba que con quién pasara la noche era asunto suyo y de nadie más. Si se viera obligada a manifestar sus preferencias sexuales, preferiría a los chicos; o eso era, al menos, lo que se desprendía de su estadística personal. El único problema residía en encontrar un chico que no fuera tonto y que, además, valiera en la cama; Mimmi representaba una dulce alternativa; y, encima, la ponía caliente. La conoció en la barra de una carpa de cerveza durante el día del orgullo gay del año anterior, y era la única persona que Lisbeth les había presentado a los Evil Fingers. En el transcurso del último año su relación había sido intermitente; en el fondo, no era más que un pasatiempo para ambas. Mimmi poseía un cálido y suave cuerpo al que arrimarse; además se trataba de alguien a cuyo lado Lisbeth podía despertarse e incluso desayunar.

El despertador de la mesilla marcaba las nueve y media de la mañana; Lisbeth se estaba preguntando qué era lo que la había despertado cuando volvió a sonar el timbre de la puerta. Se incorporó desconcertada. Nadie llamaba jamás a esas horas de la mañana. La verdad es que tampoco solía recibir visitas a ninguna otra hora del día. Medio dormida, se envolvió en una sábana y, dando tumbos, se acercó a la entrada y abrió. Se encontró cara a cara con Mikael Blomkvist, sintió cómo el pánico le recorría el cuerpo e, involuntariamente, dio un paso hacia atrás.

– Buenos días, señorita Salander -saludó de muy buen humor-. Ya veo que anoche se lo pasó usted muy bien. ¿Puedo entrar?

Sin esperar la invitación, Mikael cruzó el umbral y cerró la puerta. Contempló con curiosidad el montón de ropa que había en el suelo del vestíbulo y la montaña de bolsas llenas de periódicos; luego, de reojo, le echó un vistazo al dormitorio mientras el mundo de Lisbeth Salander giraba al revés: «¿cómo?, ¿qué?, ¿quien?». Mikael Blomkvist observaba, divertido, su boca abierta.

– Me imaginaba que no habías desayunado todavía, así que te he traído bagels, uno de roastbeef, uno de pavo con mostaza de Dijon y otro vegetal con aguacate. No sé lo que te gusta. ¿Roastbeef?

Fue a la cocina y, nada más entrar, vio la cafetera.

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