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Los hombres que no amaban a las mujeres [Män som hatar kvinnor - es]

Электронная книга - «Los hombres que no amaban a las mujeres [Män som hatar kvinnor - es]». Краткое содержание книги:

Harriet Vanger desaparecio hace treinta y seis anos en una isla sueca propiedad de su poderosa familia. A pesar del despliegue policial, no se encontro ni rastro de la muchacha. Se escapo? Fue secuestrada? Asesinada? El caso esta cerrado y los detalles olvidados. Pero su tio Henrik Vanger, un empresario retirado, vive obsesionado con resolver el misterio antes de morir. En las paredes de su estudio cuelgan cuarenta y tres flores secas y enmarcadas. Las primeras siete fueron regalos de su sobrina; las otras llegaron puntualmente para su cumpleanos, de forma anonima, desde que Harriet desaparecio. Mikael Blomkvist acepta el extrano encargo de Vanger de retomar la busqueda de su sobrina. Periodista de investigacion y alma de la revista Millennium, dedicada a sacar a la luz los trapos sucios de la politica y las finanzas, Blomkvist esta vigilado y encausado por una querella por difamacion y calumnia presentada por un gran grupo industrial que amenaza con arruinar su carrera y su reputacion. Contara con la colaboracion inesperada de Lisbeth Salander, una peculiar investigadora privada, socialmente inadaptada, tatuada y llena de piercings, y con extraordinarias e insolitas cualidades. Asi empieza esta magnifica novela que es la cronica de los conflictos de una familia, un fascinante fresco del crimen y del castigo, de perversiones sexuales y trampas financieras; un entramado violento y amenazante en el que, no obstante, crecera una tierna y fragil historia de amor entre dos personajes absolutamente inolvidables.
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– ¿Dónde guardas el café? -gritó.

Salander permaneció paralizada en el vestíbulo, hasta que oyó correr el agua del grifo de la cocina. Se acercó en tres zancadas rápidas.

– ¡Para!

Se dio cuenta de que estaba chillando y bajó la voz.

– No puedes entrar aquí así como así, como si estuvieras en tu casa, joder. Ni siquiera nos conocemos.

Mikael Blomkvist, que estaba a punto de echar el agua en la cafetera, se detuvo, giró la cabeza y miró a Lisbeth. Le contestó con voz seria:

– Te equivocas. Tú me conoces mejor que la mayoría. ¿A que sí? -Le dio la espalda y siguió llenando de agua la cafetera; acto seguido, se puso a abrir unos botes en el fregadero-. Por cierto, sé cómo lo haces. Conozco tus secretos.

Lisbeth Salander cerró los ojos deseando que el suelo dejara de moverse bajo sus pies. Se encontraba en un estado de parálisis intelectual. Tenía resaca. La situación le resultaba irreal y su cerebro se negaba a funcionar. Nunca se había encontrado cara a cara con ninguno de los sujetos investigados. «¡Sabe dónde vivo!» Estaba en la cocina de su casa. Imposible. No podía ser. «¡Sabe quién soy!»

De repente, se dio cuenta de que la sábana se le caía; se envolvió mejor en ella, pegándosela más al cuerpo. Él dijo algo que Lisbeth, al principio, no percibió.

– Tenemos que hablar -le repitió-. Pero creo que antes debes meterte en la ducha.

Ella intentaba hablar con sensatez.

– Oye, si piensas armarla, te confundes de persona. Yo sólo hice un trabajo. Habla con mi jefe.

Se plantó delante de ella y levantó las manos con las palmas hacia fuera. «No voy armado.» Una señal universal de paz.

– Ya he hablado con Dragan Armanskij. Por cierto, quiere que lo llames; anoche no le cogiste el móvil.

Se acercó a ella. No se sentía amenazada, pero aun así retrocedió algún centímetro cuando le rozó el brazo al señalarle la puerta del baño. No le gustaba que nadie la tocara sin permiso, aunque la intención fuera amistosa.

– No voy a armar nada -dijo con voz sosegada-. Pero estoy muy ansioso por hablar contigo. Eso será después de que te despiertes, claro. El café ya estará listo cuando te hayas vestido. Anda, métete en la ducha.

Le obedeció, apática. «Lisbeth Salander nunca se muestra apática», pensó.

Ya en el cuarto de baño, se apoyó contra la puerta e intentó ordenar sus pensamientos. Estaba más impresionada de lo que creía posible. Luego se fue dando cuenta, poco a poco, de que tenía la vejiga a punto de explotar y de que, tras la gran juerga de la noche anterior, meterse en la ducha no sólo era un buen consejo, sino una necesidad. Una vez duchada, se metió en el dormitorio y se puso unas bragas, unos vaqueros y una camiseta con el texto Armageddon was yesterday; today we have a serious problem.

Tras un segundo de reflexión, buscó la chupa de cuero, que estaba tirada encima de una silla. Sacó la pistola eléctrica, comprobó la carga y se la metió en el bolsillo trasero de los vaqueros. El aroma a café se fue extendiendo por el piso. Inspiró profundamente y volvió a la cocina.

– ¿No limpias nunca? -preguntó Mikael a modo de saludo.

Había llenado la pila de vasos y platos sucios. Había vaciado los ceniceros, tirado un viejo cartón de leche y quitado de la mesa una capa de periódicos de cinco semanas. Había lavado y puesto encima de la mesa las tazas, además de los bagels, lo cual no había sido una broma. Presentaban un aspecto apetecible y la verdad era que, tras la noche con Mimmi, tenía hambre. «De acuerdo, vamos a ver adonde nos llevará todo esto.» Se sentó frente a él con actitud expectante.

– No has contestado a mi pregunta: ¿roastbeef? pavo o vegetal?

– Roastbeef.

– Entonces yo cojo el de pavo.

Desayunaron en silencio observándose mutuamente. Al terminar su bagel se zampó también la mitad del vegetal. Luego cogió un paquete arrugado de tabaco del alféizar de la ventana y hurgó en él hasta encontrar un cigarrillo.

– Vale, ya lo tengo claro -dijo él, rompiendo el silencio-. Puede que no sea tan bueno como tú para las investigaciones personales, pero ahora por lo menos he deducido que no eres ni vegetariana ni, a diferencia de lo que pensaba Dirch Frode, anoréxica. Introduciré los datos en mi informe sobre ti.

Salander se lo quedó mirando fijamente, pero al ver su cara se dio cuenta de que le estaba tomando el pelo. Mikael daba la impresión de divertirse tanto que Lisbeth no pudo resistirse a responderle de la misma manera. Ella lo obsequió con una sonrisa torcida. La situación le parecía absolutamente absurda. Apartó el plato. Sus ojos le resultaban amables. Fuera como fuese, seguramente no se trataba de una persona malvada, concluyó Lisbeth. Tampoco había nada en la investigación que indicara que era un tipo siniestro que maltrataba a sus novias o algo por el estilo. Recordó que era ella la que lo sabía todo de él, no al revés. «La información es poder.»

– ¿A qué viene esa sonrisa burlona? -preguntó ella.

– Perdóname. La verdad es que no tenía prevista una entrada así. No pretendía asustarte, algo que, al parecer, he hecho. Pero deberías haberte visto la cara cuando abriste la puerta. Eso no tiene precio. No he podido resistir la tentación de tomarte un poco el pelo.

Silencio. Para su sorpresa, Lisbeth Salander encontró su forzosa compañía bastante aceptable o, cuando menos, no desagradable.

– Considéralo como mi venganza personal por haber hurgado en mi vida privada -añadió con regocijo-. ¿Me tienes miedo?

– No -contestó Salander.

– Bien. Porque no estoy aquí para castigarte ni para pelearme contigo.

– Si intentas algo conmigo, te haré daño. Mucho daño.

Mikael la examinó detenidamente. Medía poco más de un metro y medio; no daba la impresión de ser capaz de oponer mucha resistencia si él hubiese sido un malhechor y hubiese forzado la puerta de su casa. Pero sus ojos eran inexpresivos y tranquilos.

– No va a ser necesario -dijo al final-. No vengo con malas intenciones. Necesito hablar contigo. Si quieres que me vaya, no tienes más que decírmelo. -Mikael reflexionó un instante antes de seguir-: Por raro que pueda parecer me da la impresión de que… bah -interrumpió la frase.

– ¿Qué?

– No sé si esto suena sensato, pero hace cuatro días ni siquiera sabía de tu existencia. Luego pude leer el informe que hiciste sobre mí -rebuscó en la bolsa y lo sacó-, y no me hizo mucha gracia. -Se calló y miró un instante por la ventana-. ¿Me das un cigarrillo?

Ella le acercó el paquete.

– Has dicho antes que no nos conocemos y te he contestado que no es verdad -dijo, señalando el informe-. Todavía no me he puesto a tu altura: sólo he hecho un pequeño control rutinario para enterarme de tu dirección, tu fecha y lugar de nacimiento y datos de ese tipo, pero tú, sin lugar a dudas, sabes infinitamente más de mí. La mayoría son cosas muy personales que sólo mis amigos más íntimos conocen. Y ahora estoy en tu cocina desayunando bagels contigo. Tan sólo hace media hora que nos hemos visto las caras y de repente me ha dado la sensación de que llevamos años siendo amigos. ¿Entiendes lo que te quiero decir?

Ella asintió con la cabeza.

– Tienes unos ojos muy bonitos -dijo Mikael.

– Tú tienes unos ojos muy dulces -contestó Lisbeth.

Mikael no supo apreciar si lo había dicho con ironía o no.

Silencio.

– ¿Por qué estás aquí? -le soltó ella de buenas a primeras.

Kalle Blomkvist -a Lisbeth le vino a la mente el apodo, pero reprimió el impulso de pronunciarlo- puso de pronto un rostro serio. Sus ojos reflejaban cansancio. La seguridad de la que había hecho gala al entrar había desaparecido y Lisbeth llegó a la conclusión de que las bromas se habían terminado o de que, al menos, se dejaban de lado momentáneamente. Por primera vez, tuvo la sensación de que la estaba examinando a fondo, con una reflexiva seriedad. No fue capaz de determinar lo que pasaba por su cabeza, pero sintió inmediatamente que una sombra se cernía en el ambiente.

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