Sentido y Sensibilidad
- Автор: Остин Джейн
- Язык: испанский
- Жанр: Классическая проза
Электронная книга - «Sentido y Sensibilidad». Краткое содержание книги:
Esta novela examina la estructura social de la época donde el papel de la mujer se limitaba al de mera compañía, por no decir objeto decorativo. Para ellas estaba negada la posibilidad de ejercer una profesión o de poseer bienes. Sólo debían de tener y saber lo necesario. En consecuencia, para muchas su mayor ilusión era encontrar a su príncipe azul, aunque éste no siempre viniera acompañado de dicha.
La comisión del coronel Brandon en Barton no había tenido un impacto demasiado fuerte sobre la señora Dashwood, porque ésta ya abrigaba fuertes temores en relación con Marianne; estaba tan inquieta por ella que ya había decidido ir a Cleveland ese mismo día, sin aguardar mayores informes, y los preparativos de su viaje estaban tan avanzados antes de la llegada del coronel, que esperaban de un momento a otro la llegada de los Carey a buscar a Margaret, a quien su madre no quería llevar donde hubiera peligro de una infección.
Marianne seguía recuperándose día a día, y la radiante alegría en el semblante y en el ánimo de la señora Dashwood daban fe de que era, como repetidamente se confesaba, una de las mujeres más felices del mundo. Elinor no podía escuchar sus palabras, ni contemplar sus manifestaciones, sin preguntarse a veces si su madre alguna vez recordaba a Edward. Pero la señora Dashwood, confiada en el moderado relato de sus desilusiones que le había hecho llegar Elinor, permitió que la exuberancia de su alegría la llevara a pensar sólo en lo que podía aumentarla. Marianne le había sido devuelta tras un peligro en el cual -así había comenzado a sentir- ella misma, con su propio errado juicio, había contribuido a ponerla, pues había estimulado su desdichado afecto por Willoughby; y en su recuperación tenía aún otro motivo de alegría, en el cual Elinor no había pensado. Así se lo hizo saber tan pronto como se presentó la oportunidad de una conversación privada entre ellas.
– Por fin estamos solas. Mi querida Elinor, todavía no conoces toda mi felicidad. El coronel Brandon ama a Marianne; él mismo me lo ha dicho.
Elinor, sintiéndose alternativamente contenta y apenada, sorprendida y no sorprendida, era toda silenciosa atención.
– Nunca reaccionas como yo, querida Elinor, o me extrañaría ahora tu compostura. Si alguna vez me hubiera puesto a pensar en qué sería lo mejor para mi familia, habría concluido que el matrimonio del coronel Brandon con una de ustedes era lo más deseable. Y creo que, de las dos, Marianne puede ser la más feliz con él.
Elinor estuvo medio tentada de preguntarle por qué creía eso, sabiendo que no podría darle razón alguna que se sustentara en consideraciones imparciales sobre edad, caracteres o sentimientos; pero su madre siempre se dejaba llevar por su imaginación en todos los temas que le interesaban y, así, en vez de preguntar, lo dejó pasar con una sonr isa.
– Me abrió completamente el corazón ayer mientras veníamos hacia acá. Fue muy de improviso, muy impremeditado. Yo, como puedes imaginártelo, no podía hablar de nada sino de mi niña; él no podía ocultar su angustia; vi que era tan grande como la mía, y él, quizá pensando que la mera amistad, tal como son hoy las cosas, no podría justificar una simpatía tan ardiente (o tal vez no pensando en nada, supongo), dejándose invadir por sentimientos irresistibles, me dio a conocer su profundo, tierno y firme afecto por Marianne. La ha amado, querida Elinor, desde la primera vez que la vio.
En esto, sin embargo, Elinor percibió no el lenguaje, no las declaraciones del coronel Brandon, sino los adornos con que su madre solía enriquecer todo aquello que la deleitaba, amoldándolo a su propia infatigable fantasía.
– Su afecto por ella, que sobrepasa infinitamente todo lo que Willoughby sintió o fingió, mucho más cálido, más sincero, más constante, como sea que lo llamemos, ¡ha subsistido incluso al conocimiento de la desdichada predilección de Marianne por aquel joven despreciable! ¡Y sin egoísmos, sin alimentar esperanzas! ¿Cómo pudo verla feliz con otro? ¡Qué nobleza de espíritu! ¡Qué franqueza, qué sinceridad! Con él nadie puede engañarse.
– Nadie duda -dijo Elinor- sobre la reputación del coronel Brandon como hombre excelente.
– Sé que es así -replicó su madre con gran seriedad-, o después de la advertencia que hemos tenido, sería la última en estimular este afecto, o ni siquiera de complacerme en él. Pero el que haya ido a buscarme como lo hizo, con una amistad tan diligente, tan pronta, basta como prueba de que es uno de los hombres más estimables del mundo.
– Su reputación, sin embargo -respondió Elinor no descansa en un gesto de bondad, al cual su afecto por Marianne, si dejamos fuera el simple espíritu humanitario, lo habría impulsado. La señora Jennings, los Middleton, hace tiempo que lo conocen íntimamente, y lo respetan y aman por igual; e incluso yo, aunque desde hace poco, lo conozco bastante, y lo valoro y estimo tanto que, si Marianne puede ser feliz con él, estaré tan dispuesta como usted a pensar que nuestra relación con él es para nosotros la mayor de las bendiciones. ¿Qué le respondió usted? ¿Le dio alguna esperanza?
– ¡Ah, mi amor! No podía ahí hablar de esperanzas ni para él ni para mí. Marianne podía estar muriendo en ese momento. Pero él no pedía que le dieran esperanzas ni que lo ani mara n. Lo que hacía era una confidencia involuntaria, un desahogo irreprimible frente a una amiga capaz de consolarlo, no una petición a una madre. Aunque después de algunos momentos, porque en un comienzo me sentía bastante abrumada, sí dije que si ella vivía, como confiaba en que ocurriría, sería mi mayor felicidad promover el matrimonio entre ambos; y desde que llegamos, con la mara villosa seguridad que desde ese momento tenemos, se lo he repetido de diversas maneras, lo he animado con todas mis fuerzas. El tiempo, le digo, un poco de tiempo, se encargará de todo; el corazón de Marianne no se va a desperdiciar para siempre en un hombre como Willoughby. Sus propios méritos pronto deberán ganárselo.
– A juzgar por el ánimo del coronel, sin embargo, no ha logrado contagiarle su optimismo.
– No. El cree que el amor de Marianne está demasiado arraigado para que cambie antes de mucho tiempo; e incluso suponiendo que su corazón vuelva a estar libre, no confía lo suficiente en él para pensar que, con tanta diferencia de edad y manera de ser, él pueda atraerla. En eso, sin embargo, se equivoca mucho. La supera en años únicamente hasta el punto en que ello constituye una ventaja, al darle firmeza de carácter y de principios; y su manera de ser, estoy convencida de ello, es exactamente la que puede hacer feliz a tu hermana. Y su aspecto, también sus modales, todos juegan a su favor. Mi simpatía por él no me ciega; por supuesto que no es tan apuesto como Willoughby; pero, al mismo tiempo, hay algo mucho más agradable en su semblante. Siempre hubo una cierta cosa, recuerda, en los ojos de Willoughby, ahí a ratos, que no me gustaba.
Elinor no lo recordaba; pero su madre, sin esperar su conformidad, continuó:
– Y sus modales, los modales del coronel, no sólo me agradan más de lo que nunca hicieron los de Willoughby, sino que son de un estilo que estoy segura atrae mucho más a Marianne. La gentileza, la genuina preocupación por los demás que muestra, su varonil y no afectada sencillez, son mucho más acordes con la verdadera manera de ser de tu hermana, que la vivacidad, a menudo artificial e inoportuna, del otro. Tengo plena seguridad de que si Willoughby hubiera resultado en verdad tan amable como ha demostrado ser lo contrario, aun así Marianne no habría sido tan feliz con él como lo será con el coronel Brandon.