Las Baladas Del Ajo
- Автор: Янь Мо
- Язык: испанский
- Переводчик: Carlos Osses Torron
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Las Baladas Del Ajo». Краткое содержание книги:
La trama tiene lugar en el Condado Paraíso, una zona rural de China que apenas ha conocido cambios sociales en las últimas generaciones. Pero la pobreza desatará pasiones feroces que rompen con las antiguas tradiciones.
El Gobierno ha animado a los granjeros a plantar grandes campos de ajo. Éstos recorren enormes distancias con su cosecha, pagan elevados impuestos y, al final, descubren que es imposible venderlo porque los almacenes estatales están repletos. Los campesinos se sublevan y la represión se acentúa pero, incluso encarcelados, aún florecen entre ellos el amor y la lealtad.
– ¡Si prosigue por esa línea de propaganda revocaré su derecho a defender a nadie en este juicio! -anunció el magistrado firmemente.
– ¡Déjele hablar! -Se escuchó una voz desde el fondo de la sala del tribunal. Incluso el pasillo estaba abarrotado de espectadores.
– ¡Orden en la sala! -gritó el magistrado.
– Mi padre destrozó un aparato de televisión, prendió fuego a documentos oficiales y golpeó a un funcionario civil. Como hijo suyo que soy, sus actos criminales me duelen y no es mi intención absolverle de su culpa. Pero me desconcierta una cosa: ¿cómo es posible que alguien como él, un camillero condecorado durante la Guerra de la Liberación que siguió al Ejército de Liberación hasta Jiangxi, se haya podido convertir en un delincuente común? Su amor por el Partido Comunista es inmenso. Por lo tanto, ¿por qué desafió al gobierno por un puñado de ajo?
– ¡El Partido Comunista ha cambiado! ¡No es el Partido Comunista que todos conocíamos! -Se oyó un grito procedente del banquillo de los acusados.
Se armó un tremendo revuelo. El magistrado se levantó y golpeó la mesa frenéticamente.
– ¡Orden! ¡Orden en la sala! -bramó.
Cuando se aplacó el alboroto, anunció:
– ¡Acusado Zheng Changnian, no puede hablar sin el permiso expreso de la corte!
– Me gustaría proseguir -dijo el joven oficial militar.
– Dispone de otros cinco minutos.
– Dedicaré el tiempo que sea necesario -insistió el oficial-. El Código Penal no contempla un límite de tiempo para que la defensa presente sus alegaciones, como tampoco contempla que un equipo de jueces tenga autoridad para presentar las suyas.
– En opinión de este tribunal, sus comentarios se están apartando de este caso -respondió el magistrado.
– Mis comentarios cada vez son más pertinentes con la defensa de mi padre.
– ¡Dejadle hablar! -gritó un espectador-. ¡Dejadle hablar!
Gao Yang vio cómo el joven oficial se secaba los ojos con un pañuelo blanco.
– Muy bien, adelante, hable -se ablandó el magistrado-. Pero la escribiente está registrando todo lo que dice, de tal modo que usted es el único responsable de sus palabras.
– Por supuesto, acepto la responsabilidad de todo lo que diga -respondió con un ligero tartamudeo-. Desde mi punto de vista, los incidentes del ajo que se produjeron en el Condado Paraíso han sido una señal de alarma: ¡cualquier partido político o gobierno que se olvide del bienestar de su pueblo está pidiendo a gritos ser derrocado por éste!
El silencio se rompió en la sala; el aire parecía vibrar de electricidad. La presión sobre los tímpanos de Gao Yang resultaba casi insoportable. El magistrado, con el rostro bañado en sudor, se agitaba literalmente. Cuando trató de alcanzar su taza de té, lo derramó, mojando el tapete blanco de un líquido de color oxidado y empapando el suelo.
– ¿Qué-qué cree que está haciendo? -gritó horrorizado el magistrado-. ¡Escribiente, asegúrese de que anota hasta la última letra!
No digas una palabra más, joven amigo, rezó Gao Yang en silencio. Una luz pasó por delante de su cabeza. Ahora lo recordaba: era el joven oficial que ayudaba a su padre a regar el maíz la noche en la que Cuarto Tío fue asesinado.
– Quiero expresar lo siguiente -prosiguió el joven oficial-. El pueblo tiene derecho a derrocar a cualquier partido o gobierno que no atienda a su bienestar. ¡Si un oficial asume el papel de tirano público en lugar de desempeñar el de funcionario público, el pueblo tiene derecho a expulsarle! En mi opinión, esto se ajusta en todos los sentidos a los Cuatro Principios Cardinales del Socialismo. Por supuesto, estoy hablando de posibilidades, si ése fuera el caso. En realidad, las cosas han mejorado mucho tras la rectificación del partido, y la mayoría de los miembros responsables del partido del Condado Paraíso está realizando un gran trabajo. Pero los excrementos de una sola rata pueden echar por tierra una olla entera de avena y la conducta poco escrupulosa de un solo miembro del partido afecta negativamente a la reputación del mismo y al prestigio del gobierno. El pueblo no siempre es justo ni tiene capacidad para discernir, y se vuelve olvidadizo si su insatisfacción con un oficial en particular se refleja en su actitud hacia todos los oficiales en general. ¿Pero acaso no debería hacer recordar a los oficiales que deben comportarse de la manera que mejor represente al partido y al gobierno? Creo firmemente que la actitud del administrador, Zhong Weimin, se puede considerar una dejación de sus deberes. A medida que los acontecimientos se han ido desarrollando, se ha negado a dar la cara, eligiendo por el contrario aumentar la altura de los muros y rematarlos con pedazos de cristal para proteger su propia integridad personal. Cuando surgieron los problemas, se negó a reunirse con las masas, a pesar de las súplicas de sus propios funcionarios civiles. Eso hizo que el caos subsiguiente fuera inevitable. ¡Si defendemos la declaración de que todas las personas son iguales ante la ley, entonces debemos exigir que la Procuraduría del Pueblo del Condado Paraíso acuse al administrador Zhong Weimin de los cargos de mala conducta profesional! No tengo nada más que decir.
El joven oficial permaneció de pie por un instante antes de tomar lentamente asiento detrás de la mesa de la defensa. Un aplauso estruendoso irrumpió en la sección de los espectadores que se encontraba a su espalda.
El magistrado se puso de pie y esperó pacientemente a que el aplauso se acabara.
– ¿Los demás demandados tienen algo que alegar en su defensa? ¿No? Entonces, este tribunal realizará un receso mientras el panel de jueces delibera el caso, basándose en las pruebas, en las declaraciones y en lo que contempla la ley. Regresaremos en treinta minutos para anunciar nuestro veredicto.
CAPÍTULO 20
Canto al mes de mayo del año 1987; a un proceso criminal acaecido en Paraíso: la policía vino de todas partes, arrestando a noventa y tres de sus conciudadanos. Algunos murieron, otros fueron a la cárcel… ¿Cuándo verá el pueblo llano el cielo azul de la justicia?
Extracto de una balada cantada por Zhang Kou en una calle del lado oeste del edificio de oficinas del gobierno.
Después de terminar el verso sintió cómo el suelo de la cantina retumbaba. Un trago de agua fresca humedeció su parcheada y abrasiva garganta. Todo lo que escuchó a su alrededor fue un aplauso y de vez en cuando algún grito lanzado por las jóvenes voces: «¡Bravo Zhang Kou! ¡Otra, otra, otra!». Mientras escuchaba sus voces, apenas podía ver los cuerpos polvorientos y los ojos resplandecientes que había ante él. Era finales de otoño y todo el revuelo que desataron los incidentes del ajo acaecidos en el Condado Paraíso se había aplacado. Más de veinte campesinos, entre los que se encontraba Gao Ma, que fue considerado su cabecilla, habían sido condenados a permanecer en un campo de trabajo para reformarse; el jefe del Condado, Zhong «Servidor del Pueblo» Weimin, y el secretario del partido del Condado, Ji Nancheng, habían sido trasladados a otro destino. Sus suplentes, después de entregar una serie de informes a los dignatarios locales, organizaron un programa obligatorio para los trabajadores del Condado con el fin de rastrillar el ajo podrido de las calles de la ciudad y arrojarlo al río Agua Blanca, que pasaba por la ciudad. Calcinado por el sol de mediados de verano, el ajo desprendía un hedor que se extendía por toda la ciudad hasta que un par de tormentas de verano aliviaron el martirio. Al principio, los incidentes fueron la comidilla de todo el mundo, pero las tareas del campo y la conciencia de que el tema se estaba estancando tuvieron el mismo efecto en las conversaciones que el de la lluvia sobre el olor del ajo. Zhang Kou, cuya ceguera le había servido para obtener la clemencia del jurado, resultó ser la excepción. Salvaguardado en una calle lateral que se extendía junto al edificio de oficinas del gobierno, tañía sin descanso su erhu y cantaba una balada sobre el ajo que se cultivaba en Paraíso, donde cada versión se construía sobre la base de la anterior.