El ojo del mundo
- Автор: Джордан Роберт
- Серия: La Rueda del Tiempo #1
- Год: 2004
- Язык: испанский
- Переводчик: Maria Dolors Gallart
- Жанр: Эпическое фэнтези
Электронная книга - «El ojo del mundo». Краткое содержание книги:
La huida sólo será el comienzo de sus problemas, ya que Moraine, miembro de la antiquísima orden de las Aes Sedai, cree que Rand Al’Thor está destinado a desempeñar un papel protagonista en los acontecimientos que se avecinan y de los que dependerá la supervivencia del mundo.
—¡Maese Fain! —gritó—. Todos pensábamos que os…
El buhonero echó a correr con más rapidez que una centella, pero Rand lo siguió, ofreciendo disculpas a las personas con quienes topaba. En medio del gentío, divisó cómo Fain entraba disparado en un callejón, hacia el cual se desvió él mismo.
El buhonero se había detenido a unos pasos de la boca, ante una alta reja que convertía la vía en un callejón sin salida. Al pararse también Rand, Fain dio unos rodeos y retrocedió encorvado y temeroso, al tiempo que batía sus mugrientas manos para indicarle que no se acercara. Su chaqueta tenía más de un desgarrón y su capa estaba gastada y deslucida, como si hubiera padecido un uso más prolongado del habitual.
—Maese Fain —dijo, vacilante, Rand—, ¿qué ocurre? Soy yo, Rand al’Thor de Campo de Emond. Todos creíamos que los trollocs os habían apresado.
Fain gesticuló vivamente y, agachado todavía, avanzó con paso sinuoso hacia la boca del callejón, tratando de no pasar cerca de Rand.
—¡No! —jadeó. Agitaba constantemente la cabeza intentando ver más allá de donde se encontraba Rand—. No menciones a ésos. —Su voz se convirtió en un ronco susurro y volvió la cabeza a un lado, asestando a Rand breves miradas de soslayo—. Hay Capas Blancas en la ciudad.
—No tienen por qué importunarnos —replicó Rand—. Venid conmigo a la posada del Ciervo y el León. Me alojo allí con unos amigos, a los que conocéis en su mayoría. Se alegrarán de veros. Todos os dábamos por muerto.
—¿Muerto? —espetó, indignado, el buhonero—. No sucederá así con Padan Fain. Padan Fain sabe de qué lado saltar y dónde aterrizar. —Se alisó sus harapos, como si éstos fueran un elegante atuendo—. Siempre he actuado así y así seguiré haciéndolo. Viviré largo tiempo, más que… —Bruscamente, asumió una expresión tensa, clavando las uñas en la chaqueta—. Prendieron fuego a mi carro y a todas mis mercancías. No tenían ningún motivo para hacerlo, ¿no es cierto? No pude llevarme mis caballos. Eran mis caballos, pero ese gordinflón de posadero los había encerrado en su establo. Tuve que caminar velozmente para evitar que me degollaran, ¿y adónde me condujeron mis pasos? Todo cuanto me queda es lo que llevo puesto. ¿Es ello justo? ¿Lo es?
—Vuestros caballos están a resguardo en el establo de maese al’Vere y podréis recuperarlos cuando queráis. Si venís conmigo a la posada, estoy seguro de que Moraine os ayudará a regresar a Dos Ríos.
—¡Aaaaah! Es…, es la Aes Sedai, ¿no es cierto? —Una mirada recelosa ensombreció el semblante de Fain—. Quizá, no obstante… —Se detuvo, mordiéndose nervioso los labios—. ¿Cuánto tiempo estaréis en esa…? ¿Cómo era? ¿Cómo has dicho que se llamaba…? ¿La posada del Ciervo y el León?
—Partimos mañana —respondió Rand—. ¿Pero qué tiene que ver eso con…?
—Tú no puedes saberlo —gimoteó Fain—, paseando por ahí con el estómago lleno después de pasar la noche durmiendo confortablemente en una blanda cama. Yo apenas he dormido un minuto desde aquella noche. Tengo las botas gastadas de tanto correr, y, si te contara lo poco que he comido… —Su rostro se retorció—. No quiero estar ni aunque sea a varios kilómetros de distancia de una Aes Sedai. —Pronunció esta última palabra como si escupiera—. Ni a innumerables kilómetros, pero no puedo evitarlo, ¿verdad? La sola idea de que ponga sus ojos sobre mí, o de que sepa dónde estoy… —Alargó la mano hacia Rand como si quisiera agarrarle la chaqueta, pero se contuvo, agitándola, y en su lugar dio un paso atrás—. Prométeme que no se lo dirás. Me da miedo. No hay necesidad de que se lo cuentes, ningún motivo para que una Aes Sedai sepa ni siquiera que estoy vivo. Debes prometérmelo. ¡Debes hacerlo!
—Lo prometo —dijo Rand con tono tranquilizador—. Pero no tenéis por qué tenerle miedo. Venid conmigo. Como mínimo, podréis tomar una comida caliente.
—Tal vez. Tal vez. —Fain se acarició la barbilla, pensativo—. ¿Mañana, dices? Mientras tanto… ¿no olvidarás tu promesa? ¿Ni irás a decirle…?
—No permitiré que os haga ningún daño —aseguró Rand, preguntándose cómo podría interponerse a los designios de una Aes Sedai, fuese cual fuese su cariz.
—No me causará ningún daño —objetó Fain—. Oh, no. No se lo consentiré.
Después, salió disparado como una liebre y se perdió entre la multitud.
—¡Maese Fain! —gritó Rand—¡Esperad!
Salió precipitadamente del callejón, justo a tiempo de percibir una andrajosa capa que desaparecía en la siguiente esquina. Corrió tras él, llamándolo todavía. Sólo alcanzó a ver la espalda de un hombre antes de chocar contra ella y caer en el fango en compañía del desconocido.
—¿Es que no miras por dónde andas? —murmuró alguien bajo él.
Rand se levantó sorprendido.
—¡Mat!
Mat se sentó y lo taladró con la mirada al tiempo que limpiaba el barro de la capa con las manos.
—Realmente debes de estar convirtiéndote en un hombre de ciudad. Duermes la mañana entera y luego corres y avasallas a la gente. —Se puso en pie, se miró las manos enlodadas; luego murmuró entre dientes y las frotó en la tela de la capa—. Oye, nunca adivinarías a quién acabo de ver.
—A Padan Fain —repuso Rand.
—Padan Fa… ¿Cómo lo sabes?
—Estaba con él, pero se ha marchado corriendo.
—Así que los tro… —Mat calló y echó una mirada cautelosa en derredor, pero la muchedumbre que pasaba junto a ellos caminaba inmutable—. De modo que no lo cogieron. Me pregunto por qué se fue de aquel modo de Campo de Emond, sin decir nada a nadie. Probablemente echó a correr entonces y no paró hasta llegar aquí. ¿Pero por qué correría ahora?
Rand sacudió la cabeza y enseguida deseó no haberlo hecho; sentía como si fuera a caérsele al suelo.
—No lo sé, aparte del detalle de que M…, la señora Alys le inspira temor. —No era tan fácil comportarse con prudencia en todo momento—. No quiere que ella sepa que está aquí. Me hizo prometerle que no se lo diría.
—Por lo que a mí respecta, su secreto está a salvo —afirmó Mat—. A mí también me gustaría que ella no supiera dónde me encuentro.
—Mat… —La gente todavía fluía a su alrededor sin prestarles atención; Rand bajó la voz, de todos modos, acercándose a su amigo—. Mat, ¿has tenido una pesadilla esta noche? ¿Sobre un hombre que mataba una rata?
Mat lo miró sin pestañear.
—¿Tú también? —dijo—. Y Perrin, supongo. He estado a punto de preguntárselo esta mañana, pero… Seguro que también ha soñado lo mismo. ¡Rayos y truenos! Ahora alguien nos está provocando los mismos sueños. Rand, de veras me gustaría que nadie conociera mi paradero.
—Había ratas muertas por toda la posada esta mañana. —No se sentía tan atemorizado al contarlo como unas horas antes—. Con las espaldas quebradas.
Su voz resonaba en sus propios oídos. Si estaba por caer enfermo, debería pedir ayuda a Moraine. Le asombró comprobar cómo la perspectiva de ser receptor del Poder Único no le incomodaba en lo más mínimo.
Mat inspiró profundamente, se arrebujó en la capa y miró en torno a sí buscando un sitio adonde ir.
—¿Qué nos pasa, Rand? ¿Qué?
—No lo sé. Voy a pedirle consejo a Thom, para ver qué opina acerca de contárselo a… otra persona.
—¡No! A ella no. A él puede que sí, pero a ella no.
La firmeza de su protesta tomó por sorpresa a Rand.
—¿Entonces creíste lo que él dijo? —No era preciso especificar quién era «él», puesto que la mueca esbozada por Mat indicaba claramente que lo había comprendido.
—No —respondió lentamente Mat—. Sólo tengo en cuenta todas las posibilidades. Si se lo explicamos a ella y él estaba mintiendo, quizá no ocurra nada en ese caso. Quizá. Pero a lo mejor el mero hecho de que él se persone en nuestros sueños bastaría para… No lo sé. —Se detuvo para tragar saliva—. Si no se lo contamos, tal vez tengamos algunas pesadillas más. Con ratas o sin ellas, los sueños son preferibles a… ¿Recuerdas lo del trasbordador? Yo opino que es mejor mantener la boca cerrada.