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Al Faro

Электронная книга - «Al Faro». Краткое содержание книги:

Tal y como viene siendo habitual en la obra de Virginia Woolf, en?Al Faro? no se descubre nada nuevo para los incondicionales de la autora. Tanto en el argumento como en la t?cnica narrativa se pueden encontrar elementos comunes: personajes atormentados e insatisfechos consigo mismos y con la realidad que les ha tocado vivir, paisajes agrestes y desfavorables para la convivencia y habitabilidad humana, y la novedosa utilizaci?n de la tercera persona y del reproducci?n de los pensamientos de los protagonistas.
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– E incluso si mañana no hiciera bueno -dijo Mrs. Ramsay, levantando la mirada cuando pasaban ante ella William Bankes y Lily Briscoe-, habrá más días. Y ahora -dijo, mientras pensaba en que lo que tenía bonito Lily eran los ojos orientales, rasgados, en aquella carita arrugada y pálida, pero que sólo un hombre inteligente se fijaría en ellos- estáte quieto, que voy a medir el calcetín. -Porque, después de todo, quizá podrían ir al Faro, y tenía que ver si el calcetín necesitaba una pulgada o dos más de largo.

Sonriendo, porque en ese mismo momento acababa de ocurrírsele una idea extraordinaria -que William y Lily podrían casarse-, cogió el calcetín de lana color de brezo, con sus agujas cruzadas en la parte superior, y lo midió sobre la pierna de james.

– Cariño, estáte quieto -dijo, porque no quería hacer de maniquí para el niño del torrero, tenía celos, James no dejaba de moverse intencionadamente; y si no se estaba quieto, ¿cómo iba a medir?, ¿era corto?, ¿largo?, se preguntaba.

Levantó la mirada, ¿qué demonio se había apoderado de él, del benjamín, de su adorado?; se fijó en la habitación: las sillas, pensó que estaban francamente deterioradas. Las tripas, como había dicho Andrew unos días antes, estaban esparcidas por el suelo; pero ¿para qué, se preguntaba, comprar sillas buenas y dejarlas allí durante todo el invierno, al cargo de una anciana, cuando la casa entera rezumaba humedad? No importa, el alquiler era exactamente de dos peniques y medio; a los niños les encantaba; a su marido le venía muy bien estar a tres mil millas de distancia (trescientas millas, para ser precisa) de su biblioteca, de las clases y de los alumnos; y había sitio para los visitantes. Esteras, camas portátiles, inestables sillas fantasmales y mesas que ya habían cumplido una larga vida de servicio en Londres; todo esto podía volver a ser útil aquí; y una o dos fotografias, y los libros. Los libros, pensó, crecen solos. Nunca tenía tiempo para leer. ¡Ay!, incluso los libros que le habían regalado, y con dedicatoria autógrafa del poeta: «A aquella cuyos deseos son órdenes…» «A la feliz Helena de nuestros tiempos…» Era triste reconocer que no los había leído. Estaba el de Croom, su estudio sobre la Mente; y los estudios de Bates sobre las Costumbres Primitivas en Polinesia («Estáte quieto, cariño», dijo); no, no podía enviarlos al Faro. Llegará el momento, pensó, en que la casa se deterioraría tanto que habrá que hacer algo. Si por lo menos se limpiaran los pies, y no se trajeran con ellos toda la playa a casa, eso al menos ya sería algo. Los cangrejos estaba dispuesta a aceptarlos, si Andrew de verdad deseaba diseccionarlos; o si Jasper se empeñaba en hacer sopa con algas, eso ella no podía impedirlo; o los objetos de Rose: conchas, juncos, piedras; tenían talento, sus hijos, pero eran talentos diversos. El resultado era, suspiró, mientras incluía en el resultado toda la habitación, desde el techo hasta el suelo, sosteniendo el calcetín contra la pierna de James, que las cosas se deterioraban cada vez un poco más, un verano tras otro. La estera se descoloraba, el papel de las paredes se desprendía. Ya no se distinguía si el dibujo eran unas rosas. Más aún, si las puertas se quedaban siempre abiertas, y si no había ni un cerrajero en toda Escocia que supiera reparar una cerradura, entonces estaba claro que las cosas tenían que estropearse. ¿De qué servía poner un hermoso chal de lana de Cachemira por el borde de un marco? En dos semanas habría adquirido un color de sopa de guisantes. Pero lo que le fastidiaba eran las puertas, nadie cerraba una sola puerta. Prestó atención. La puerta del salón estaba abierta, se oía como si las puertas de las habitaciones estuvieran abiertas, y seguro que la ventana del rellano estaba abierta, porque ella misma la había abierto. Las ventanas tenían que estar abiertas; y las puertas, cerradas; era así de sencillo, ¿por qué no lo recordaría nadie? Por la noche entraba en las habitaciones de las criadas, y las encontraba cerradas a cal y canto como si fueran hornos, excepto la de Marie, la muchacha suiza, que antes prescindía del lavado que del aire fresco: en su patria, había dicho: «son tan hermosas las montañas». La noche anterior había dicho eso mientras miraba por la ventana con los ojos llenos de lágrimas. «Son tan hermosas las montañas.» Su padre agonizaba allí. Mrs. Ramsay lo sabía. Las dejaba huérfanas. Refunfuñando y enseñando a hacer las cosas (cómo hacer las camas, cómo abrir las ventanas, con manos que se abrían y cerraban con gestos de francesa), todo se había plegado en tomo a ella, cuando hablaba: como cuando tras un vuelo bajo el sol, las alas del pájaro se pliegan, y el azul de las plumas pasa del brillo del acero al púrpura claro. Se quedó callada, porque no había nada que decir. Tenía cáncer de garganta. Al recordarlo, cómo se había quedado allí, cómo la muchacha había dicho: «En mi patria, son tan hermosas las montañas», y que no había esperanza, ninguna, tuvo un gesto de irritación, y le dijo a James, con severidad:

– Quieto, deja de moverte -de forma que el niño se dio cuenta al momento de que estaba enfadada de verdad, y estiró la pierna, y pudo medir el calcetín.

Al calcetín le faltaba, por lo menos, media pulgada, teniendo en cuenta que el niño de Sorley no estaría tan desarrollado como james.

– Muy corto -dijo-, demasiado.

Nunca hubo otra cara con semejante expresión de tristeza. En la oscuridad, amarga y negra, a medio camino, en el rayo que cruzaba de la luz a la más profunda oscuridad, acaso brotó una lágrima, una lágrima cayó; las aguas, inestables, la recibieron, luego se calmaron. Nunca hubo una cara con semejante expresión de tristeza.

Pero ¿sólo era asunto del aspecto?, se preguntaba la gente. ¿Qué había detrás de ello, de su belleza, de su esplendor? ¿Se había volado la cabeza, había muerto una semana antes de casarse, aquel otro, aquel otro amante anterior, del que aún llegaban rumores? ¿O no era nada?, ¿nada excepto una belleza incomparable que había dejado atrás en una vida que ya no podía alterar? Porque aunque para ella habría sido muy fácil, cuando se hablaba ante ella en momentos de mucha intimidad de grandes amores, de amor no correspondido, de ambiciones frustradas, habría sido fácil decir que lo había conocido, que lo había sentido, pero invariablemente se callaba. Lo sabía, sabía todo sin haber estudiado. Su sencillez acertaba donde los inteligentes se confundían. La singularidad de su mente, que le hacía caer directa, a plomo, como una piedra, que le hacía aterrizar con la precisión de un ave, le otorgaba de forma natural esta caída, este descenso en picado del espíritu sobre la certeza; un descenso que complacía, tranquilizaba e inspiraba confianza, quizá falsamente.

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