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Al Faro

Электронная книга - «Al Faro». Краткое содержание книги:

Tal y como viene siendo habitual en la obra de Virginia Woolf, en?Al Faro? no se descubre nada nuevo para los incondicionales de la autora. Tanto en el argumento como en la t?cnica narrativa se pueden encontrar elementos comunes: personajes atormentados e insatisfechos consigo mismos y con la realidad que les ha tocado vivir, paisajes agrestes y desfavorables para la convivencia y habitabilidad humana, y la novedosa utilizaci?n de la tercera persona y del reproducci?n de los pensamientos de los protagonistas.
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Ésta era la vista que su marido amaba, dijo, deteniéndose, mientras sus ojos se volvían aún más grises.

Hizo una breve pausa. Pero ahora, esto estaba lleno de artistas. A decir verdad, a pocos pasos había uno de ellos, con sombrero de paja, zapatos amarillos, grave, tranquilo, absorto; diez niños lo contemplaban; la cara redonda y roja expresaba un íntimo contento, miraba fijamente, y, después de mirar, mojaba el pincel, introducía la punta en una blanda protuberancia verde o rosa. Desde que Mr. Paunceforte estuvo allí, hacía tres años, todos los dibujos eran así, dijo ella, verde y gris, con barcas de pesca de color limón, y con mujeres vestidas de rosa en la playa.

Pero los amigos de su abuela, dijo ella, mirando con discreción al pasar, tenían más dificultades: para empezar, tenían que mezclar ellos mismos los colores, y los molían, después los colocaban bajo paños húmedos, para mantenerlos frescos.

Supuso que quería que él se diera cuenta de que el dibujo de ese señor era convencional, ¿se decía así?; ¿que los colores no eran consistentes?, ¿es así como había que decirlo? Bajo la influencia de aquella extraordinaria emoción que había ido ganando fuerza durante el paseo, que había nacido cuando, todavía en el jardín, él le había pedido que le dejara llevar la bolsa, que había madurado en el pueblo, cuando quiso contarle toda su vida; bajo esa influencia estaba empezando a verse a sí mismo y a toda su sabiduría como si en el conjunto hubiera alguna leve imperfección. Era algo muy, muy extraño.

Se quedó ahí en el salón de la casucha a la que lo había llevado, esperándola, mientras ella subía un momento, a visitar a una señora. Oyó los rápidos pasos que daba por arriba, oyó la voz alegre; luego, más apagada; se quedó mirando las esteras, la bandeja del servicio del té, las pantallas de cristal; esperaba con impaciencia; estaba ansioso por volver a casa caminando con ella, estaba decidido a llevarle la bolsa; después le oyó salir, cerrar una puerta, decir que debían cerrar las puertas y dejar las ventanas abiertas, preguntarles si necesitaban algo (debía de estar hablando con una niña); cuando, de repente, entró, se quedó inmóvil un instante (como si arriba hubiera estado fingiendo, y ahora se permitiera ser ella misma), estaba frente a un retrato de la reina Victoria, que llevaba la banda azul de la Orden de la Jarretera; de repente se dio cuenta, se dio cuenta: era la persona más hermosa que había visto jamás.

Estrellas en los ojos, velos sobre el cabello, ciclamen y violetas silvestres: ¿en qué tonterías estaba pensando? Por lo menos tenía cincuenta años, tenía ocho hijos. Caminaba por campos llenos de flores, y recogía contra el pecho los capullos derribados, los corderos que no podían andar; estrellas en los ojos, el cabello al viento… Le cogió la bolsa.

«Adiós, Elsie», dijo; salieron a la calle; llevaba la sombrilla derecha, se movía como si esperara encontrarse con alguien a la vuelta de la esquina; por primera vez en toda su vida, Charles Tansley se sintió extraordinariamente orgulloso; un hombre que cavaba en una zanja dejó de trabajar, se quedó mirándola; dejó caer los brazos, siguió mirando. Charles Tansley se sentía extraordinariamente orgulloso; notaba el viento, se daba cuenta de los ciclámenes y las violetas, porque caminaba junto a una mujer hermosa por primera vez en su vida. Le llevaba la bolsa.

2

– No habrá viaje al Faro, James -dijo, en pie, junto a la ventana, pero intentando, como deferencia hacia Mrs. Ramsay, endulzar la voz, como si pretendiera hacer ver, al menos, que lo decía en broma.

Hombrecillo detestable, pensó Mrs. Ramsay, ¿es que no puede dejar de recordárselo?

3

– Cuando amanezca seguro que lucirá el sol y cantarán los pájaros -dijo, compasiva, alisando el cabello del niño, porque era consciente de que su marido, con el enojoso recordatorio de que no haría bueno, había matado la alegría del muchacho. Lo de ir al Faro era algo en lo que el niño había puesto mucha ilusión, y por si fuera poca la burla de su marido, lo de que no haría bueno, ahora venía este hombrecillo detestable a refregárselo de nuevo.

– Quizá sí que haga bueno -dijo, alisándole el cabello.

Lo único que podía hacer era admirar el refrigerador, y pasar las hojas del catálogo del economato para buscar algún rastrillo o alguna máquina de cortar el césped, con muchos dientes y mangos; algo que exigiese una gran atención para recortarlo. Todos estos jóvenes eran parodias de su mando, pensó: si él decía que iba a llover, ellos afirmaban a continuación que habría un huracán.

Pero no, al pasar la hoja, algo interrumpió la búsqueda de la ilustración del rastrillo o de la máquina de cortar el césped. Aquel huraño rumor, interrumpido de forma irregular por los resoplidos de las pipas al llevarlas a la boca, y al quitarlas de la boca, que no había dejado de asegurarle que los hombres pasaban el tiempo charlando alegremente, aunque la verdad es que no se distinguían las palabras (estaba sentada junto a la ventana); este rumor, que se había prolongado durante una media hora, y que había ocupado su lugar plácidamente entre el surtido de ruidos -ruidos a los que no podía sustraerse: tales como el chocar de las pelotas en los palos de críquet, o los ladridos ocasionales, «¡árbitro!, ¡árbitro!», de los niños-, había cesado; de forma que el monótono romper de las olas en la playa, que en general sonaba como una marcha militar que meciera sus pensamientos, y que parecía repetir de forma consoladora una y otra vez, cuando estaba sentada con los niños, aquella vieja canción de cuna, murmurada en esta ocasión por la naturaleza: «Soy quien te guarda, soy quien te cuida»; pero otras veces, repentina e inesperadamente, en especial cuando su mente se elevaba por encima de la tarea que tuviera entre manos, no tenía un sentido tan grato, sino que era como un siniestro redoble de tambores que señalara sin piedad la caducidad de la vida, e hiciera pensar en la destrucción de la isla, a la que tragaba el mar, y que la avisara de esta forma, cuando el día se le había escurrido de las manos en medio de un sinfin de tareas, de que todo era efimero como un arco iris; este ruido, pues, desfigurado y oculto bajo otros sonidos, de repente atronaba en el interior de su cabeza, y le hacía levantar la mirada víctima de un acceso de terror.

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